Etnobotánica

16 Jun 2020

El calendario y las plantas: más flores en el mes de mayo

Linum tenuifolium
En laimagen, Linum tenuifolium. La tradición popular asegura que la flor quería ser más blanca que la Virgen María, así que el cielo la castigó no proporcionándole olor ni sabor. / Yuliya Krasylenko - Wikipedia

Segunda entrega dedicada a la etnobotánica festiva y en el mes primaveral por excelencia. ¿Qué ocurre cuando las plantas están relacionadas con el choque entre diferentes culturas y religiones? Incluso llaman la atención también los simbolismos: las flores son vida, las cruces son muerte. Diosas, altares, devoción floral, poemarios, flores castigadas y nuevos calendarios, no imagináis cuántas cosas esconde un sencillo pétalo que flota en el aire en primavera.

Conquistar un territorio puede resultar más fácil que la aculturación de los dominados. Un proceso complejo que incluye dinámicas de destrucción, resistencia, modificación y adaptación; pero que también puede ser reversible, hasta el punto que los conquistadores asimilan aspectos culturales relevantes como por ejemplo los nombres de las divinidades, las fiestas o los rituales, que facilitan la aceptación de los recién llegados. En Europa, los cultos florales y *dendrolàtrics –de veneración arbórea– han estado tan firmemente arraigados en el alma de la gente que cuando diferentes ideologías han querido triunfar han tenido que hacer suyas algunas de las formas arcaicas de relación con la natura.

En cuanto al inicio del buen tiempo, los intentos de aculturación del primero de mayo arbóreo y floral se han expresado de diferentes maneras, tanto en la religión como en las ideologías laicas de los siglos XVIII al XX.

La versión cristiana: la Santa Cruz

En el intento para hacer pasar como propios los rituales dendrolátricos, el cristianismo instituyó la Fiesta de la Santa Cruz o de las Cruces de mayo para ensalzar el estandarte arbóreo y totémico del cristianismo y cubriéndolo de flores. Una doble y aparentemente antinómica celebración: por un lado la exaltación floral y vital y de otra la veneración a una Cruz, un símbolo de martirio y de muerte.

En las imágenes se ven dos ejemplos característicos de la festividad de las cruces de mayo en varias localidades de Alicante. / Daniel Climent

La fiesta al árbol pasaba a ser una conmemoración de la presumible fecha (un 3 de mayo) del descubrimiento en Jerusalén de Vera Cruz por Santa Helena, madre del emperador Constantino (s. IV). Una celebración que en el País Valenciano todavía se mantiene muy viva en barrios y ermitas que llevan el nombre de la Santa Cruz, como por ejemplo en Alicante, Alboraya, l’Alfàs del Pi, Bigastro, Burriana, Callosa del Segura, el Campello, Granja de Rocamora, Sant Joan d’Alacant, Mutxamel, Paterna, Sagunto, València, Jávea, etc.

La exaltación de la diosa floral, Maya

Mayo es también el mes que los antiguos romanos dedicaban a la diosa encargada de cuidar las flores, Maya. Un nombre que los cristianos hibridaron con Miryām, nombre hebreo de la madre de Jesús, dando como resultado el de María, un nombre particularmente enaltecido en este mes. De hecho, a los que tenemos cierta edad, la canción Venid y vamos  todos con flores a María nos evoca el mes en el que con tanta ilusión preparábamos –en el patio de las casas o a las aulas– altares presididos por una estampita o una figura de la Virgen María. Eso sí, siempre rodeada de jarrones con flores primaverales con su olor peculiar y que servían para consolidar el conocimiento etnobotánico de la flora autóctona.

Unos altares muy cromáticos a pesar de que con cierta predominancia del color blanco de las azucenas o lirios blancos (Lilium candidum), para resaltar la pureza de María; de los lirios de agua (Zantedeschia aethiopica); de las margaritas blancas; de las celindas (Philadelphus coronarius). En un listado de las plantas que se utilizaban en las escuelas de Moraira (la Marina Alta) en la década de los sesenta, aportado por la profesora de la Universidad de Alicante, Concepción Bru, figuran también las siguientes: lirio azul (Iris germanica), clavelina de pluma (Dianthus broteri), narciso (Narcissus cf. assoanus), jacinto (Hyacinthus), romero (Rosmarinus officinalis), esparreguera (Asparagus acutifolius), junco churrero (Scirpus holoschoenus), etc.

Las azucenas (Lilium candidum), a la izquierda, o los lirios de agua (Zantedeschia aethiopica) predominan en los altares para resaltar, a través del color blanco, la pureza de María. / Zachi Evenor – Wikipedia / Mandred Heyde – Wikipedia

Y, también, en particular, las rosas, una de las plantas marianas por excelencia, un vínculo desarrollado, sobre todo, a partir del siglo XIII. Serían ejemplos la Rosa das rosas, cantiga 10 del rey castellano Alfonso X el Sabio, escrita en galaico portugués; o la apoteosis poética de la Candida Rosa, el centro del Paraíso donde se encuentra la Vergine Maria, en el XXXII Canto del Paradiso, en la Divina Commedia de Dante Alighieri. Y, más tarde, en las letanías lauretanas (siglo XVII), súplicas (litaneia, en latín) a la Virgen María, la Rosa Mystica.

Capítulo especial en esta vinculación merece la práctica del rosario (siglo XIII), secuencia de avemarías de las cuales se lleva la cuenta con una ristra de bolas cada una de las cuales representa una rosa y, el conjunto, una rosaleda (rosarium, en latín).

La tradición de los altares marianos fue promovida en el siglo XIX por el  piamontés Giovanni Melchiorre Bosco, fundador de la sociedad  cívico-religiosa de San Francisco de Sales, los Salesianos. Don Bosco difundió  Il mese di maggio consacrato a Maria SS.  Immacolata ad  uso  del  popolo  (1858), donde promovía para el mes de mayo la devoción floral, popular e infantil que aún perdura. Cuatro años más tarde, el catalán Francesc Palau, fundador de los Carmelitas descalzos, se añadió y editó en Barcelona el Mes de María: flores del mes de mayo, un notable tratado de simbología espiritual botánica, una especie de hiperdulía intermediada por plantas. 

Esta expansión de botánica mariana asociada al mes de mayo tuvo un excepcional difusor en Jacint Verdaguer. Buen conocedor de la flora catalana, publicó el poemario religioso-botánico Flors [del mes] de Maria (1902): una compilación de cincuenta poesías que podríamos calificar de etnobotánicas en la medida en que cantaba los conocimientos populares sobre las plantas; eso sí, asociadas a la Virgen María.

Jacint Verdaguer, en un retrato realizado por Ramon Casas en 1901 y que está conservado en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, en Barcelona. / MNAC – Wikimedia

De hecho, si tenían propiedades favorables para los humanos era porque en su momento habían resultado gratas a la Virgen María. El autor intentaba conjugar en el poemario la didáctica y promoción de las virtudes arquetípicas humanas con las características positivas de las plantas; y lo hacía mediante poemas marianos de carácter etnobotánico (usos, símbolos, leyendas relacionadas con las plantas) y en la compilación esmerada de palabras y paremias aportadas por sus interlocutores y que a menudo transformaba en metáforas finas y luminosas. Unos interlocutores, todo se tiene que decir, que no eran solo de su Cataluña más próxima, puesto que el padre había visitado también Alicante (1889), València (1881 y 1889) y Mallorca (1883, 1887 y 1894).

Es el caso del poema dedicado a la violeta (Viola odorata), la única especie de la familia de las violáceas que emite olor, un olor dulce y agradable, un perfume:

“Quina flor trià? [Maria] / Trià la viola / sa flaire al sentir, / perquè no li ha dit / encara ella sola: / Veniu-me a collir”.

Poema publicado en el opúsculo  XII Diada de Verdaguer Excursionista (2015) por la etnobotánica Mari Carme Barceló, estudiosa de los aspectoss vegetófilos de la obra de Verdaguer.

Pero el poeta también usaba, como ejemplos, aquellas plantas que no tenían virtudes o que, incluso, tenían características reprobables. Era el caso de un lino, el Linum tenuifolium, pequeña mata de pastos y brotas sobre sustrato calcáreo que florece de mayo a agosto y que la tradición popular asegura que como que la flor quería ser más blanca que la Virgen María, el cielo la castigó no dándole olor ni sabor, por lo que desde entonces es rechazada por todo el mundo y ni siquiera los conejos se la comen. Una planta que por estas características recibe nombres tan descriptivos como maleïda (maldita) o, atendida su blancura, manto de la Virgen María y otras.

Imágenes de detalle de Linum tenuifolium. / Archenzo – Wikipedia / Bernd Haynold – Wikipedia

Verdaguer también le dedicó un poema, Glop de neu (Trago de nieve), a esta flor de mayo supuestamente vanidosa, antimariana, por decirlo así:

“I aquesta pobra flor / perdé l’olor / La rosa fugí d’ella / lo repunxó també / I l’ardenta rosella / Li digué:/ − M’estim més per veïna / la pota cavallina”.

(Verdaguer, 1902)

De las plantas mencionadas en el poema, el nombre de pota cavallina (uña de caballo) (Tussilago farfara) alude al hecho de que las hojas, cuando están en el suelo, parecen las pezuñas de un caballo. En Suecia se la conoce como hästhov (caballo-pezuña) y se la considera la flor que marca el inicio de la primavera (vårtecken); de hecho, científicos y aficionados se lanzan al campo a descubrir la primera pezuña de caballo del año, cuyo anuncio se considera todo un honor.

No fue la cristiana, sin embargo, la única apropiación ideológico-religiosa destinada a contrarrestar la influencia de los cultos ancestrales en el imaginario colectivo.

La versión revolucionaria

El calendario festivo tradicional es el fruto de una construcción cultural extraordinariamente compleja y muy valiosa en la que han participado diferentes maneras de interpretar fenómenos naturales como los astronómicos, fenológicos, climáticos, ecológicos, etc. o de adaptación a la naturaleza como los agropecuarios, dietéticos, etc.

Un calendario en que el año empezaba el 22 de septiembre de 1792, pomposamente descrito como el primer día de la «era de los franceses”, y en el que se abolían todas las fiestas tradicionales, se dividía el año de una manera diferente. Se cambiaban los nombres de los meses, que harían alusión a las manifestaciones de la naturaleza (la de París, ¡Claro!), se eliminaba el santoral y los días se dedicaban a plantas, animales y herramientas del campo, asumiendo la propuesta hecha por el poeta y revolucionario occitano Fabre de Églantine. De poco le sirvió esto, puesto que fue víctima de una de las purgas a las que se dedicaron los jacobinos durante “El Terror”, y que también se llevó por  delante personalidades como la precursora del feminismo, la occitana Olympe  de  Gouges (autora de la “Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana”), o el “padre de la Química”, el parisiense Antoine Lavoisier. Églantine fue guillotinado el 5 de abril de 1794, día de San Vicente Ferrer o, según el nuevo calendario que él había impulsado, el 16 de Germinal, día de la laitue (lechuga).

Fabre d’Églantine (1793), retratado por Pierre Augustin Thomire. La obra forma parte de la colección del Musée des Beaux-Arts de Carcassona. En la mano izquierda muestra un pequeño ramo plateado de englantina (Rosa sempervirens), otorgado por la Académie des jeux floraux de Tolosa. / Wikipedia

De lo contrario, el 23 de abril, San Jorge, pasaba a ser 4 de Floréal, y por supuesto no se le dedicaba la rosa, sino el aubépine (espino albar, Crataegus monogyna), el arbusto que en época céltica representaba el 1 de mayo. En el nuevo calendario, al 1 de mayo se le cambiaba el nombre por el 12 de Floréal, se le quitaba todo protagonismo y se asociaba a una hierba de forraje, la sainfoin, esparceta o pipirigallo, Onobrychis viciifolia. La marginación deliberada de aquello considerado “antiguo”, “religioso” o “poco revolucionario” también se aplicaba al muguet (Convallaria majalis), la otra planta tan característica del 1 de mayo, que fue deportada al 7 de Floréal (26 de abril). Eso sí, el poeta dedicó un día a su apellido: el églantier (églantine, Rosa canina), que situó en el 21 de Fructidor, equivalente al 7 de septiembre.

Rosa eglanteria (Rosa rubiginosa). / Wikipedia

Afortunadamente, el calendario revolucionario francés fue abolido por Napoleón el último día de 1805. El anacronismo implícito en esa terminología también se había manifestado artísticamente en el cuadro de José Pinazo Martínez Floreal (1915), donde las flores quedan eclipsadas por un muestrario de fruta tan exuberante como desacoplado en el tiempo.

Un anacronismo tan poco apropiado como los anteriores se posó de manifiesto siglo y medio más tarde, durante la guerra civil española de 1936-1939, con el cambio toponímico del semiárido Sant Vicent del Raspeig por Floreal del Raspeig. Este pueblo valenciano, que se caracteriza per la aridez (Sequet però sanet, «Seco pero sano» es su lema) y por el terreno relativamente salobre, tiene una vegetación formada básicamente por espartos (Stipa tenacissima), albardines (Lygeum spartum), barrillas (Salsola soda) y sosas (Suaeda vera), de floración poco vistosa; ¡y solo la espectacularidad de los almendros floridos destaca en el paisaje de febrero! Sin embargo, el nombre que impusieron los anarquistas locales fue el de Floreal (del Raspeig), un nombre que corresponde, revolucionariamente hablando, a abril-mayo, cuando ya los almendros han perdido la flor.

Como hemos visto, en los cambios impuestos manu militari para desnaturalizar el calendario gregoriano, se mezclaban un tipo de naturismo París-centrista, la arrogancia revolucionaria, la anti religiosidad obsesiva, el desconocimiento del sentido del calendario tradicional y la ideología totalitaria.

La versión obrera

El cristianismo había sabido adaptar muchos de los rasgos de los calendarios “paganos” asumiendo las fechas, los dioses (a menudo transformados en “santos”) o las liturgias ancestrales. Y, en lo que respecta al 1 de mayo, la fiesta que marcaba el inicio del buen tiempo, las nuevas “religiones laicas” de los siglos XIX y XX (socialismo, comunismo, fascismo y nazismo), optaron por un camino similar.

Y lo hicieron aprovechando un acontecimiento luctuoso, dramático. Porque el 4 de mayo de 1886 la policía de Chicago mató a unos obreros durante unos disturbios que habían empezado con una huelga el día 1 en favor de la jornada de 8 horas. Además, cinco de los detenidos, anarquistas, fueron condenados a muerte y colgados el 11 de noviembre después de un juicio sin garantías. Tres años más tarde, la reciente fundada Segunda Internacional, origen del socialismo y posteriormente del comunismo (Tercera Internacional), quiso honorar a los “mártires de Chicago” y propuso que en la habitual fiesta del 1 de mayo se hicieran manifestaciones y que se considerara Día Internacional de los Trabajadores.

En el año 1891, durante una de esas manifestaciones en Fourmies (Francia) el ejército hizo una carnicería entre los asistentes. Y la fecha quedó arraigada en la memoria obrera, hasta el punto que el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), el partido nazi, en cuanto llegó al poder en 1933 instituyó el 1 de mayo como Día Nacional de los Trabajadores y lo declaró festivo; como también haría el 1941 el gobierno colaboracionista y pro-nazi de Vichy.

Rosa silvestre (Rosa canina). / Manfred Werner – Wikipedia

A pesar de ese proceso de aculturación, todavía quedan reminiscencias florales en algunas celebraciones de ese día. Particularmente en Francia, donde en las primeras manifestaciones obreras del 1 de mayo los participantes solían llevar al ojal de la chaqueta una rosa silvestre o eglantina (Rosa canina). Y, a partir de 1907 esa flor sería sustituida por un ramillito del más tradicional muguet de mayo (Convallaria majalis), odeado por una cinta roja.

En respuesta a los intentos de apropiación del 1 de mayo por el movimiento obrero “ateo”, el movimiento obrero “confesional” reaccionó, y en 1955 el papa Pío XII declaró el 1 de mayo festividad de San José Obrero, patrón de los trabajadores. En la España ultracatólica del franquismo, la celebración recibió el nombre de “San José Artesano” (para evitar “obrero”), un contrapunto político confesional a las celebraciones de izquierdas que intentaban monopolizar el día del Trabajador. Y también la iglesia luterana de Finlandia celebra ese día con marchas y salidas colectivas en el campo.

Detalle del cuadro La primavera, (ca. 1480) de Sandro Boticelli, en la Galería Uffizi. A la izquierda, mirando hacia el espectador de la obra, aparece la diosa Flora repartiendo flores y anunciando la llegada del buen tiempo. / Wikipedia

A pesar de los avatares históricos e ideológicos, la fiesta del 1 de mayo ha tenido un carácter marcadamente naturalista, primaveral, floral, hasta el punto de que en el mundo romano este día estaba dedicado a la diosa Flora, alrededor de la cual se celebraban las Floralia. Pero de nuevo, como diría el inspirado novelista británico Rudyard Kipling, “esto ya sería el motivo de otra historia” que, si los dioses nos lo permiten, trataremos en el próximo capítulo.

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Profesor de Ciencias de la Naturaleza. Investigador y divulgador etnobotánico.
Profesor titular del Departamento de Ecología de la Universidad de Alicante.

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