Humboldt: las colecciones que nunca llegaron… a España

La artista Nuria Rodríguez se pregunta ¿Por qué coleccionar todas las montañas, todas las islas, todas las piedras, todas las plantas, todas las palabras, todas las cosas, una y otra vez? Le contestaría, porque es la única forma de recordar, de comparar, de medir y, en consecuencia, de aprender.

Las colecciones científicas son el principal resultado y testimonio de la exploración científica de los recursos naturales. Los museos de Historia Natural y los centros de investigación dedicados a la Botánica, Zoología o Geología conservan en todo el mundo miles de millones de especímenes resultado del trabajo de viajeros, colectores y científicos a lo largo de la historia. Aún hoy, el testimonio de la descripción de nuevas especies o del trabajo morfológico, molecular o corológico con ellas está referido a una muestra, un espécimen, depositado en una colección científica. Gracias a ese testimonio, ciencias como la taxonomía, la sistemática, la biogeografía o la filogenia pueden contrastarse y ser sometidas al método científico.

Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland ante el volcan del Chimborazo, Ecuador. Cuadro de Friedrich Georg Weitsch, pintado en 1810. / Wikimedia

En ocasiones los expedicionarios ponen un gran celo en que sus muestras no sean vistas por otros científicos antes de ser estudiadas por ellos mismos. Esto puede servir para satisfacer los egos individuales, pero no contribuye al aumento del conocimiento ni al avance de la ciencia. Grandes botánicos como Carl von Linné (1707-1778), Antonio José Cavanilles (1745-1804) o Carl Sigismund Kunth (1788-1850), al que nos referiremos al final de este texto, trabajaron, estudiaron y describieron plantas colectadas por otros botánicos en lugares remotos. Ninguno de ellos salió apenas de su gabinete de estudio, no recorrieron el mundo, pero supieron descubrir los caracteres que hacían diferentes a las plantas.

El viaje de Alexander von Humboldt por España y su posterior aventura equinoccial en las postrimerías del siglo XVIII y principios del XIX fue una mezcla de aventura y azar, seguramente como tantos de los viajes que emprendieron en esa época muchos científicos europeos para visitar los confines del continente que no se situaban en otro lugar que en la Península Ibérica.

Sin embargo, y pese a su formación botánica inicial, Alexander von Humboldt (1769-1859) demostró estar más interesado por la astronomía, la meteorología, la mineralogía, la geología y la geografía. Eso lo llevó a ser más ecólogo que botánico y más biogeógrafo que taxónomo. Por esto ha pasado a la historia, lugar que quizás no ocuparía si se hubiera dedicado al estudio concienzudo de las plantas que aparecieron en su camino y hubiera querido transcender con ellas dándoles un nombre para la ciencia.

Exposición de Nuria Rodríguez, «Sistema Humboldt. Pensar/Pintar», en el Centro Cultural La Nau de la Universitat de València. / Eduardo Alapont – La Nau

Nuria Rodríguez me pidió que aportara un texto sobre la contribución botánica de Humboldt al catálogo de su exposición “Pintar y medir”. Para mi sorpresa, poco ha sido estudiada esta faceta de su monumental obra y de su largo periplo por América. Una primera pista me la dio Aedo (2018) y ella nos ha servido para ahondar en las colecciones botánicas del viaje americano de Humboldt y buscar explicaciones a su ausencia en las instituciones españolas. Pero seguramente, aún quedan muchos documentos humboldtianos sin analizar y quizás en ellos podamos encontrar argumentos para explicar o corregir la visión que exponemos ahora.

Humboldt y el pasaporte de Carlos IV

Sin haber cumplido aún los treinta años, Alexander von Humboldt llegó a España el día 3 de enero de 1799, acompañado del naturalista, médico y botánico francés Aimé Bonpland (1773-1858) que ha sido considerado amigo, acompañante, ayudante o secretario del noble prusiano. Ambos llegan con la idea de alcanzar de forma segura a Marruecos, para recorrer el Atlas, después de ver fracasados sus intentos de embarcar para acompañar al capitán Baudin en su viaje alrededor del mundo, y de viajar a Argelia para desde allí llegar a El Cairo y La Meca (Puig-Samper & Rebok, 2007). Finalmente, los viajeros tampoco alcanzaron la costa africana, pero después de un breve periplo por la Península Ibérica, iniciaron un viaje por América, con el que se cumplía el sueño de Humboldt de “emprender una gran expedición para el estudio de la historia natural”, quizás para ampliar su visión del mundo fraguada en los bosques Tegel, en las afueras de Berlín, donde desde niño comenzó a coleccionar piedras, plantas, mariposas y pasaba largas horas contemplando la naturaleza (Wulf, 2016).

A la izquierda, retrato de Alexander von Humboldt pintado en 1806 por Friedrich Georg Weitsch. / Wikimedia. A la derecha, pasaporte emitido por Carlos IV a Humboldt y Bonpland para poder realizar su expedición por América. / Colección del Banco Central de Ecuador, por cortesía de Carmen Ulloa, Missouri Botanical Garden

Después de su periplo español y tras su llegada a Madrid, el 23 de febrero de 1799, Alexander von Humboldt logró, a principios de marzo, acceder a la Corte de Carlos IV en Aranjuez y visitar al propio rey al que presentó sus credenciales y explicó sus intenciones. Esta presentación, fundamental para la nueva orientación de sus planes de viaje hacia los territorios americanos de la Corona española, fue propiciada por Mariano Luis de Urquijo, Secretario de Estado, quien atendió la petición del barón Phillip de Forell, embajador de Sajonia (Rebok, 2009).

Humboldt, acreditado por sus trabajos botánicos y su nombramiento como Consejero Superior de Minas por el rey de Prusia, expuso sus méritos, sus proyectos y su idea de realizar un viaje útil para el conocimiento de las ciencias y los recursos naturales de los territorios americanos bajo dominio español. Especial atención prestaron los ministros del rey a la obtención de recursos minerales, pero no desdeñaron otros recursos naturales, particularmente las plantas, cuando ordenaron autorizar y dar todo tipo de facilidades para la tarea que Humboldt iba a comenzar. Facilidades que no encontró en la Corona británica que le denegó un pasaporte similar para su planeada expedición a la India. El Secretario de Estado firmó el 7 de mayo de 1799 el pasaporte definitivo que abría a Humboldt y a Bonpland las puertas del Nuevo Mundo (Rebok, 2009). El contenido del pasaporte es extremadamente generoso con el prusiano y su deseo de exploración. Sin embargo, establece algunas condiciones y compromisos con la Corona. La que más nos interesa ahora se refería a cómo debían hacerse llegar a las instituciones españolas las muestras recolectadas durante las campañas de campo:

Por quanto ha resuelto el Rey, …, conceder pasaporte a Don Alexandro Federico Barón de Humboldt, …, para que acompañado de su Ayudante o Secretario Don Alexandro (sic) Bonpland, pase a las Américas, … a fin de continuar el estudio de las minas, y hacer colecciones, observaciones, y descubrimientos útiles para el progreso de las ciencias naturales; por tanto ordena S.M.…no pongan embarazo alguno en su viage … ni le impidan por ningún motivo… colectar libremente plantas, animales, semillas, y minerales…, y además ordena y manda S.M. a todas las personas … reciban y hagan embarcar … con destino al Real Gabinete de Historia natural, todos los caxones que contengan objetos naturales pertenecientes a esta Historia, y que les fueren entregados por Don Alexandro Federico Barón de Humboldt a quien se ha encargado que recoja y colecte las expresadas producciones para enriquecer el Real Gabinete de Historia natural, y los Jardines Reales, …

A partir de la transcripción del pasaporte en Rebok (2009, página 138)

Humboldt, en compañía de Aimé Bonpland, abandonarían la Península Ibérica, rumbo a América, el 5 de junio de 1799 desde el puerto de La Coruña. Llevaba en su maleta el pasaporte real que, además de facilitarles el tránsito por los territorios americanos, les iba a permitir viajar y alojarse a costa de la Corona española, y tener guías y apoyo a cargo de las autoridades locales. La independencia financiera de Humboldt encontró así un apoyo económico, no menor. Los expedicionarios ya no regresarían a España, pues su vuelta a Europa se produjo el 3 de agosto de 1804 a través del puerto de Burdeos. Cinco años de viaje americano que no dejaron muestras en los herbarios españoles.

Humboldt planta
Geranium humboldtii Spreng. Humboldt y Bonpland cogieron esta planta, tal vez en el Chimborazo, pero nunca llegaron a describirla para la ciencia. Curt P. J. Sprengel (1766-1833) encontró los pliegos en el herbario de Berlín y dedicó la especie al científico prusiano. / Carlos Aedo, Real Jardín Botánico, CSIC.

Es cierto que la Corona no era responsable ni científica ni financiera de esa expedición. Es cierto que Humboldt corrió con todos los gastos y también con los posteriores de la publicación de sus estudios. Pero también es cierto que, sin ese pasaporte, no habría podido recorrer, estudiar, inventariar, medir, describir ni descubrir los territorios americanos, ni habría podido, seguramente, convertirse en uno de los científicos más notables del siglo XIX y de la historia de las Ciencias Naturales.

La única carta conocida enviada por Humboldt a Cavanilles fue publicada por este en los Anales de Ciencias Naturales (6: 281-287, 1803). En ella, Humboldt, el 22 de abril de 1803 y desde ciudad de México, comienza haciendo referencia a cartas previamente enviadas y de las que no ha recibido respuesta. Esta queja está muy presente en la correspondencia de Humboldt con los científicos y políticos españoles o acreditados en España, y en ella hace referencia habitual al envío de minerales al Real Gabinete de Historia natural, pero solo en alguna ocasión de semillas para el Real Jardín Botánico (cf. Rebok, 2009)

Extracto de la carta que Alexander von Humboldt envió a Antonio José Cavanilles el 22 de abril de 1803.

La carta relata el viaje, al menos desde la salida de Lima el 25 de diciembre de 1802, con referencias al recorrido de la ribera del Amazonas o las nieves heladas de los Andes, pasando por Acapulco, Guayaquil o Loxa. No parece tratarse de la continuación de otra anterior ni que contenga referencias a posibles noticias que necesitaban respuesta y se habían perdido en misivas no contestadas.

Tiene una detallada información botánica, en la que relata las colecciones realizadas con su “amigo y compañero” Aimé Bonpland, con referencias a géneros y especies colectados, a dibujos del natural realizados y a la más que probable descripción de nuevos táxones, que esperarán a su vuelta a Europa para cotejarlos con las publicaciones de “los sabios”. Precisa que su colección “pasa de 4.200 plantas”, de las que ha elaborado una descripción y hace referencia a palmeras, melastomatáceas o gramíneas, pero ninguna al envío pasado o previsto. Antes, al contrario, Humboldt deja bien claro que “Hemos destinado algunos exemplares para vm., que llevaremos á nuestro regreso”.

Cavanilles escribió inmediatamente a Pedro Cevallos, por entonces Secretario de Estado de Carlos IV, pidiéndole el envío de “las semillas, esqueletos de plantas y cartas” que Humboldt hubiera podido enviar al Real Gabinete de Historia Natural. El Secretario de Estado trasladó la petición que fue respondida por Eugenio Izquierdo, director del Real Gabinete, informando que Humboldt solo había remitido al Real Gabinete “producciones volcánicas” (Gónzález Bueno, 2002).

A los pies de los Andes Humboldt tomó notas para dibujar más tarde, en Europa, su ‘Naturgemälde’: una representación de la sección transversal del Chimborazo, sobre la que anotó las diferentes especies vegetales repartidas en función de la altitud. / Wikimedia

Lo cierto es que a las instituciones científicas españolas no llegó ninguna muestra de plantas secas de las que pudieron colectar Humboldt y Bonpland en su periplo americano, y solo se tiene noticia del envío al Real Jardín Botánico de un lote de semillas, que fue sembrado en 1801. Aunque el prusiano y el francés sí dejaron testimonios de sus colecciones en los herbarios del Muséum National d’Histoire Naturelle en Francia, y Botanischer Garten und Botanisches Museum Berlin-Dahlem, Zentraleinrichtung der Freien Universität Berlin, en Alemania. En París se conservan 5.586 pliegos y en Berlín 3.306, seguramente duplicados de la colección principal, unos números que podrían ajustarse a los manifestados por Humboldt en su carta de 1803 a Cavanilles, teniendo en cuenta que aún estuvieron casi dos años los expedicionarios en América.

¿Cómo justificar esta ausencia de colecciones humboldtianas en las instituciones botánicas españolas? Cabe preguntarse si las plantas y cartas de Humboldt pudieron perderse en algún naufragio, aunque no tenemos noticias de que ello ocurriera. Otra posibilidad es que Cavanilles y los otros destinatarios de la correspondencia de Humboldt se hubieran deshecho de ellas, algo poco probable en el caso del botánico valenciano quien, como cuenta González Bueno (2002) guardaba hasta la más mínima nota de gasto.

Esto nos lleva a considerar que quizás Humboldt entendió que sus compromisos con Carlos IV se limitaban al envío al Real Gabinete de Historia Natural de muestras de minerales, lo que sí hizo, y que con las plantas tenía más libertad. Lo que le permitía, como cuenta a Cavanilles en la carta desde ciudad de México el envío “al Instituto nacional de Francia”, sin la autorización de la Corona, de “una curiosa colección de quinas de Nueva Granada, que consistía en cortezas bien escogidas, en bellos exemplares en flor y fruto, y en magníficos dibuxos iluminados en gran folio” regalo de José Celestino Mutis (1732-1808). Quizás, pudo conocer, por Casimiro Gómez Ortega, las disputas entre Cavanilles y los expedicionarios americanos, especialmente con Hipólito Ruiz (1754-1816) por el manejo y estudio que el abate hacía de las plantas enviadas desde América al Real Jardín Botánico, dibujando, describiendo y publicando todo aquello que consideraba nuevo para la ciencia sin contar con los colectores de los que llegó a decir “no es lo mismo ser viajante que Botánico, ni ver plantas que ser juez competente para determinar la fructificación, género y especie. No es autor el que coge plantas y semillas y las envía sin previo examen” (Quintanilla, 1999).

Viola cheiranthifolia Bonpl., endemismo de la cumbre del Teide descrito por Aimé Bonpland a partir de los materiales colectados con Humboldt durante su estancia en la isla de Tenerife en 1799. Voyage de Humboldt et Bonpland. Sixième partie, Botanique. Plantes Équinoxiales, table 32, (1807). / Biblioteca Digital del Real Jardín Botánico, CSIC.

Antonio José Cavanilles murió el 5 de mayo de 1804 sin poder ver en el Real Jardín Botánico las colecciones de Humboldt, que nunca llegaron. Humboldt y Bonpland volvieron poco después a Europa, por Francia, y se afincaron en París donde escribieron y publicaron el resultado de su viaje. Bonpland estudió las plantas y, en doce años, apenas describió 175 táxones (géneros y especies) nuevos para la ciencia. Todos fueron publicados, entre 1805 y 1817, en las sucesivas entregas de su obra conjunta Plantes Équinoxiales, publicada en 17 entregas reunidas en dos volúmenes, donde toda la aportación a la sistemática de las plantas se debe a Aimé Bonpland. El lento avance del estudio de las plantas americanas desesperaba a Humboldt quien buscó a Carl Sigismund Kunth (1788-1850) para que las estudiara. Kunth, un ordenado y sistemático botánico de gabinete, discípulo como el propio Humboldt, de Carl Ludwig Willdenow (1765-1812), fue capaz de estudiar sistemáticamente los pliegos y los dibujos, y publicó entre 1816 y 1825, en París, los siete volúmenes de Nova Genera et Species Plantarum Quas in Peregrinatione ad Plagam Aequinoctialem Orbis Novi Collegerunt Bonpland et Humboldt donde se describen 3.472 táxones nuevos para la ciencia, la principal contribución botánica de la expedición de Humboldt y Bonpland por las regiones equinocciales entre 1799 y 1804.

El científico prusiano comprendió, finalmente, lo que Cavanilles intentaba explicar a Gómez Ortega y gracias al trabajo sistemático de Kunth, que no había participado en la expedición americana, consiguió que vieran la luz numerosas especies nuevas, que de otro modo habrían esperado su momento en los anaqueles del herbario de París, o en los espacios naturales que recorrieron Alexander von Humboldt y su amigo Aimé Bonpland.

Nota: Este texto, levemente más breve, fue publicado en el catálogo de la exposición «Sistema Humboldt. Pensar/Pintar», creada y comisariada por Nuria Rodríguez y que se inauguró en el Centre Cultural La Nau, de la Universitat de València, el 20 de febrero de 2020.

Bibliografia

Aedo, C. 2018, El pasaporte de Humboldt a América, Quercus 391: 12-15.

González Bueno, A. 2002, Antonio José Cavanilles (1745-1804). La pasión por la Ciencia, Ediciones Doce Calles, Madrid.

Puig-Samper, M. A. i Rebok, S. 2007, Sentir y medir. Alexander von Humboldt en España, Ediciones Doce Calles, Madrid.

Quintanilla, J. F. 1999, Naturalistas para una Corte Ilustrada, Ediciones Doce Calles, Madrid.

Rebok, S. 2009, Una doble mirada. Alexander von Humboldt y España en el siglo XIX, CSIC, Madrid.

Wulf, A. 2016, La invención de la naturaleza: El Nuevo Mundo de Alexander von Humboldt, Taurus ediciones, Barcelona.

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Director y Conservador del Jardín Botánico y profesor de la Universidad de Valencia. Doctor en Ciencias Biológicas

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