El lenguaje del ikebana: estética y tradición del arte floral japonés

ikebana
Rama de acacia espinosa, piracanta y flores de verbena en recipiente lacado. / V. Encinas

En un tercer artículo sobre ikebana para la Revista Espores, Victoria Encinas, con una larga trayectoria en la práctica de esta disciplina artística, nos describe algunos de los principales valores estéticos del lenguaje del ikebana, que definen el fondo sensible al cual pertenece culturalmente este arte. Comprendiendo el pensamiento y el sentimiento de la cultura en la cual surge, tendremos la clave para acceder a la esencia del ikebana.

La veneración por la Naturaleza está en el origen: el culto a la belleza de los vegetales, experimentada de manera espiritual. El ikebana se realiza para maravillarse una y otra vez ante la inagotable belleza de la vida. Ésa es la médula estética del ikebana. Y la transmisión de este luminoso mensaje se articula mediante un lenguaje artístico muy sutil.

Los arreglos no sólo emocionan por su belleza, también proporcionan al espectador quietud y paz interior. Bajo la forma, late el significado y la realidad interior. Es un arte que elude lo espectacular; al contrario, invita al recogimiento, al silencio y a la intimidad, estimulando las relaciones del alma con el orden oculto de la Naturaleza, con el enigma del universo. Por eso, los arreglos, cuando logran ser realmente artísticos, desprenden un halo de soledad, silencio y sentido de lo trascendente que expresa la profunda elegancia de espíritu de este arte.

Todos los valores contenidos en la práctica del ikebana son expresiones de la estética tradicional japonesa: autenticidad, nobleza, sencillez, modestia, recogimiento, vacuidad, misterio, profundidad, sobriedad, elegancia… son algunos de los principios de los que hablaremos a continuación, concentrando la atención en los valores clásicos que están en el origen del ikebana.

Autenticidad, nobleza (Sabi)

Uno de los valores fundamentales de los que participa el arte del ikebana es denominado sabi. Se trata de la autenticidad, lo verdadero. El ikebana muestra un tipo de belleza honesta y transparente. Un arreglo es una composición sencilla, con todos los artificios constructivos a la vista, tanto los vegetales como los recipientes, y su modo sincero de presentarse. La ‘imperfección’ es valiosa para el ikebana, y no se oculta; no se deshecha una hoja mordisqueada por un caracol o por un saltamontes, al contrario, se aprecia como parte de la vida, así como las ramas que el viento ha modelado de forma irregular o tortuosa. En los recipientes para ikebana se aprecia incluso lo áspero, desgastado, oscurecido por el uso, o bien poco acabado o sin pulir, lo que no falsea sus cualidades originales y las presenta en su sencillez más sincera; las calidades más nobles, incluso envejecidas, de lo sencillamente auténtico. Se valora especialmente lo macizo y natural de una madera o de una cerámica, así como el material que muestra cómo el paso del tiempo lo ha mejorado y enriquecido. La belleza directa y sin manipular de unas briznas de hierba, una rama leñosa o una flor, en cualquiera de las fases de su vida, naciente, en plenitud o en decadencia, son expresivas. Y necesarias.

Hojas de lirio y de pitósporo variegado y peonías de flor doble, en recipiente de cerámica y bandeja de bambú. / V. Encinas

Este arreglo, en la fotografía superior, compuesto con unas hojas de lirio, tiene dos tímidas flores abiertas y un solitario capullo; son la parte suave y fresca de un ikebana muy sobrio. La peana de bambú muestra la sencillez de su material y de su fabricación manual. Su simplicidad contiene el valor sabi. Sin ninguna pretensión espectacular, invita a la intimidad, al regocijo por el descubrimiento del florecer primaveral.

Hay algo estéticamente ‘incoloro’ o neutro en la aceptación de todas las fases de las plantas que el ikebana convierte en arte. El artista opta por la ‘no intervención’, la contención. El autor no ‘decide’ que una parte de la naturaleza es más bella que otra, sino que trata de encontrar la belleza en todas las formas naturales.

El ejercicio estético es educar la tendencia, —más primaria— a priorizar la parte floral muy coloreada o llamativa, para refinar el gusto orientándolo hacia la aceptación de la totalidad del mundo natural como expresión única de la belleza, en la que caben los brotes, las zonas ajadas o secas, las cortezas,… La Naturaleza está por encima de los calificativos. Elegir sólo lo inmediatamente ‘atractivo’ (fragante, suntuoso, vibrante) es una muestra de torpeza en ikebana. En los arreglos no se descarta la rama nudosa, truncada o cubierta de liquen: se aprecia más, cuanta más vida vivida y real revelen sus formas.

Izquierda: aligustre y lirio en recipiente de cerámica. Derecha: carrasca con liquen y caqui en recipiente de cerámica./ V. Encinas

Sencillez, modestia (Wabi)

El ikebana es un arte austero y sobrio; digno. Como casi toda forma cultural tradicional de Japón está impregnado de la filosofía y la poética zen, así como de la shintoísta.

La reducción del número de tipos de vegetales utilizados en un arreglo muestra aprecio por cada uno de ellos y amor por la simplicidad. Esta reducción a lo esencial dota a los arreglos de nobleza interior: de lo ausente consigue hacer poesía. En el origen del ikebana hay despojamiento. En lugar de un grupo de flores, se elige una única y expresiva flor, o un número muy pequeño.

El arreglo no tiene ningún valor material duradero –o precio, mejor dicho–, pues es perecedero. Su virtud es la de la belleza en evolución. Provoca la felicidad de lo aparentemente insignificante pero lleno de sentido. La propia carencia de recursos artificiosos se convierte en un bien estético, en una actitud moral. Esta aceptación de lo ‘pobre’ es lo que se ha llamado wabi, un concepto de la estética japonesa que se mantiene vivo en sus artes tradicionales. No hay ninguna tosquedad en esta elección, fundada en un invisible refinamiento, el que se percibe, más que con los sentidos, con el espíritu.

Tallos de parra virgen y tulipanes en recipiente de piedra artificial. / V. Encinas

Recogimiento, intimidad (Hie)

La realización de un ikebana implica soledad, relajación, concentración, olvido de uno mismo y compenetración con las plantas utilizadas. Es un momento, en cierto modo, panteísta, animista, de fusión con la naturaleza de las plantas.

En el arte del ikebana la idea de la caducidad está muy presente. Es un arte sosegado que recrea lo efímero mostrando ante ello la máxima serenidad. Hie, otro de los valores tradicionales de la estética japonesa presente en el ikebana, alude a esa forma de belleza que conmueve porque es frágil, precaria, inestable… y caduca. Es una cualidad que posee aquello que se halla expuesto, —con una especie de entereza—, a la intemperie, a la adversidad. Muestra, mediante la estética, la conciencia acerca de la parte terrible de la naturaleza de lo vivo y de la desolación ante la finitud de la vida. Y sobre todo, la fuerza interior de la vida, la confianza en su gran tenacidad.

Es habitual en ikebana la presentación de una rama de árbol en la que hay partes leñosas, erosionadas o de líneas sarmentosas quebradas y en la que comienzan a apuntar incipientes brotes tiernos. Las fases de nacimiento, florecimiento y decadencia conviven en los arreglos y aluden al paso del tiempo.

La cualidad hie se manifiesta en múltiples expresiones del arte tradicional de Japón. Es una forma sutil de dolor íntimo, en cierto modo melancólico, pero también lleno de fortaleza, porque la aceptación de lo caduco tiñe el arte de sobrio sentido poético. Esa soledad del alma que se reconoce sensible y vulnerable, y se mantiene firme, sin lamentaciones, es hie.

Tronco de vid y rama de almendro con frutos en recipiente de cerámica. / V. Encinas

Vacuidad (Yohaku)

La luz es esencial para contemplar un ikebana, porque revela las dimensiones visuales del vacío. El espacio. La vacuidad. Algo que se percibe también cuando se estudian diferentes puntos de vista de un arreglo, moviéndonos lentamente alrededor del mismo.

Un ikebana sostiene entre sus ramas ese espacio tridimensional y lo modela sin cerrarlo en una forma delimitada; lo dibuja en sus matices con las líneas inclinadas o rectas de sus tallos separados en asimetrías que dejan respirar la atmósfera; entre los trazos que delinean las ramas y que optan por lo inacabado, lo incompleto, lo abierto. Ese mismo vacío que se dibuja entre las pinceladas de tinta china de la caligrafía y que invoca un silencio trascendente, el que revela la neblina entre las copas de los pinos… Yohaku. Es algo más allá de la tridimensionalidad, es la percepción de lo etéreo sin forma, del sentido del vacío.

Rama y flores de rosal silvestre en recipiente de pizarra y peana sintética. / V. Encinas

En el arreglo de la fotografía (arriba) de ramas y flor de rosal silvestre, se percibe esa desnudez (yohaku). El ikebana está hecho con ‘casi nada’: un material muy despojado que dibuja con líneas diagonales el espacio vacío.

Elegancia sobria (Furyu)

La elegancia, en ikebana, es del cuidado exquisito de las medidas y de los matices. Su búsqueda artística es una estética de la asimetría. Es el culto a la belleza que se mantiene en un equilibrio inestable y exacto, respetando la medida de las leyes inmutables de lo mutable. El aprendizaje es infinito, pues proviene de la observación inagotable de la Naturaleza. A diferencia de los arreglos occidentales, (generalmente basados en una concentración más o menos masiva de flores o en asociaciones impactantes de variedades llamativas), en ikebana, el equilibrio es paisajístico.

El ikebana es un arte que nació en el periodo Muromachi, en un momento de conflictos bélicos, y que no gozó de un entorno de prosperidad o comodidad. En el fondo, es un arte ‘urgente’, una expresión inmediata de la inquietud del alma que busca consuelo en la Naturaleza. Y ésta puede ayudar a recobrar la esperanza a quien ha aprendido a apreciar el sentido poético de una sola hierba o de una rama desnuda que vuelve a brotar.

Esquerra: hoja de fornio, peonía y madreselva, en recipiente de cerámica. Derecha: bambú, cuerno de alce y flores de verbena en recipiente de cerámica. / V. Encinas

El ikebana es un arte interior, que reconforta, que se hace en primer lugar para uno mismo, para re-armonizarse. Por eso no se recrea con las formas ornamentales o decorativas, ni con la riqueza o sofisticación de los materiales. El ikebana no hace concesiones sentimentalistas ni muestra deseos de llamar la atención. Es sobrio y callado.

Uno de los principios estéticos fundamentales en ikebana recibe el nombre de furyu. Puede traducirse como esa clase de refinamiento del que hablamos, una elegancia que viene del interior, espiritual. Se trata del cultivo de una belleza escueta, simple, rotunda, que subyace como un pilar antiguo y fuerte hasta nuestros días.

Opuesta al concepto actual muy extendido en occidente, se trata de la elegancia que está en las antípodas de la ostentación de riqueza o de originalidad. Puede hallarse fácilmente en cualquier objeto cotidiano tradicional japonés, en la arquitectura, en los tejidos, en el modo de vestir y de preparar los alimentos, en el modo de envolver un objeto, o de ordenar unos utensilios. Es la belleza integrada en la raíz de la vida, en todas y cada una de sus expresiones como una forma silenciosa de veneración y de respeto.

Ikebana de plantas silvestres. Flores de dedalera y judías de retama, en recipiente de cerámica y bandeja lacada. / V. Encinas

Misterio, profundidad (Yūgen)

La omisión, lo no dicho, no dibujado, no construido o compuesto, añade un raro valor porque se percibe el cuidado con que se ha eludido señalar lo que ya estaba contenido de algún modo en un ikebana. No es necesario subrayar el giro de una hoja sobre sí misma que envuelve una sombra hacia el interior del arreglo, y que sugiere intimidad. Tampoco es necesario insistir en el significado de la rama que apunta hacia la parte externa y alta, y que encarna en sí misma el vigor de la certeza. Un brote naciente desde la base del arreglo, no simboliza, sino propiamente ‘es’ el retorno de la vida. En ikebana, más que alegoría o simbología, o conceptos literarios, el lenguaje mudo de las plantas habla al espíritu desde su propia sustancia viva y común.

La profundidad más inaprehensible en un ikebana es algo conmovedor que resulta difícil de describir. El concepto yūgen implica ese misterio ambiguo, que se funde con el conocimiento filosófico, con la profundidad de pensamiento que se sitúa en el límite del ser. Es una corriente que atraviesa transversalmente todas las formas de (vía, camino), como un adentramiento en lo sublime.

Rama de olivo y flores de membrillero de Japón, sobre bandeja lacada. / V. Encinas

Bibliografia

Teshigahara, H. 1996, Art of ikebana. Shufunotomo.

Lanzaco Salafranca, F. 2000, Introducción a la cultura japonesa, pensamiento y religión.Universidad de Valladolid.

Arnold, P. 1979, El zen y la tradición japonesa. Mensajero.

García Gutiérrez, F. 1990, Japón y Occdidente. Guadalquivir, 1990.

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Artista multidisciplinar, con estudios de Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid.
Interesada en la investigación de materiales y recursos tecnológicos y titulada en Ikebana por la Escuela Ikenobo. Amante de la cultura tradicional japonesa y aficionada al cuidado de su jardín y al ikebana, donde une arte y naturaleza. Se resiste hasta el final a quitar las “malas hierbas”: todas le parecen parte del paisaje. www.victoriaencinas.com

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