La tendencia naturalista en ikebana

En este ikebana una sencilla rama de almendro ha sido ligeramente podada suprimiendo ramitas menores, para hacer más nítido el dibujo de la rama principal. El recipiente se subordina al carácter de la flor, al color y curvatura de sus pétalos. Creación e imagen: Victoria Encinas.

Nuestra experta en ikebana, Victoria Encinas, profundiza esta vez en la rama más pura, la más silvestre, de la técnica artística japonesa. Aquella que ensalza la belleza que desprenden las plantas en su propia sencillez, en cada detalle de su desarrollo en el mundo natural.

¿A qué llamaríamos naturalismo, si en ikebana todo es natural?

Es la tendencia más cercana a la vida silvestre, inclinada a descubrir la belleza de las plantas más humildes, evitando virtuosismos y artificios en la realización. El naturalismo opta por lo más común y cotidiano; su presentación es sencilla y franca. Aporta al ikebana más actitudes y sabiduría que técnica o estilo. El ikebana naturalista es orgánico, sereno, acepta lo imprevisible, lo singular, lo imperfecto, lo informal. Sin pretensiones de espectacularización; al contrario: muestra el amor por lo pequeño y es intimista.

En un ikebana naturalista la rama o la flor cortada ofrece un carácter muy efímero, con una frescura instantánea. Cede a la fuerza de la gravedad con delicadeza, sosteniéndose precariamente y sin embargo en armonía. Es una invitación a la constante renovación, expresa el amor por lo naciente, ya que estos arreglos livianos se sustituyen con frecuencia, pues su valor es la frescura de la planta recién cortada, muy viva y contienen una especie de originalidad inocente.

En una composición escueta y sobria, este ikebana evoca un momento del bosque a través de las ramas de carrasca cubiertas de liquen y la hierba espontánea que crece al pie del árbol. Creación e imagen: Victoria Encinas.

Dos tendencias complementarias: formalismo y naturalismo

Desde los inicios de la historia del ikebana han convivido dos conceptos en el modo de arreglar los vegetales, que podríamos considerar como la línea formal y la línea naturalista. En la primera, el ikebana se realiza bajo normas previamente fijadas, deducidas de la propia naturaleza. En la segunda, los vegetales son presentados “tal como son”, de forma naturalista, mostrando tanto lo que tienen en común con su especie como las singularidades de una determinada rama o flor. El diálogo entre ambas tendencias ha sido fructífero a lo largo de la historia del ikebana. Ambas posturas son necesarias y la alternancia entre ellas, fecunda.

En el arte del arreglo floral japonés la tensión entre la idea del autor y el carácter de las plantas se traduce en los distintos grados de oposición/reconciliación entre arte y naturaleza. Cuando predomina el artificio, la naturaleza retrocede y viceversa. Conseguir una armonía completa, manteniendo el espíritu creativo y subordinando el deseo personal a lo que la naturaleza propone, podría llamarse naturalismo en ikebana.

La rama del falso pimentero se descuelga de forma natural. Unos tallos de flor de cera, por su pequeñez y abundancia, congenian con las hojitas de la rama. Como contrapunto, unas hojas de tulipán dan un poco de densidad al pie del arreglo y ocultan la kenzan (soporte metálico). El recipiente se extiende bajo la rama, para reflejarla evocando el frescor del agua en el paisaje. Creación e imagen: Victoria Encinas.

La tendencia formal puede ir de lo canónico (shoka) a lo paisajístico (rikka). La normativización fue uno de los logros de los maestros antiguos. Consiguieron deducir reglas estéticas, extrayendo la norma que permanece bajo la variedad natural. Estas consistían en varios aspectos: el principal fue el establecimiento de medidas y proporciones entre las diferentes partes del ikebana; pero también la definición de las inclinaciones y los ángulos de las ramas, así como los tipos de plantas y recipientes que se podían combinar, y el modo adecuado de hacerlo.

El naturalismo que hoy pervive está ya en el origen del arte del ikebana. Su redefinición más vigente es del inicio del siglo XX, que vivió un momento de revolución tras un periodo de hastío formalista. Es interesante leer alguna frase del «Manifiesto Declaración del Nuevo Estilo Emergente de Arreglo Floral», firmado por maestros como Mirei Shigemori, Sofu Teshigahara, Bumpo Nakayama, entre otros. 19331

«Rebutgem els sentiments antics i la consolidació formal. Rebutgem la concepció moral i les restriccions botàniques. Abracem un ús lliure dels recipients. Som totalment revolucionaris i actuem sense formes fixes».

Otoño. Unos tallos de parra virgen, que han perdido ya las hojas, yacen junto a los escaramujos del rosal. Los crisantemos y la flor de paniculata son el contrapunto central que aporta estabilidad y contraste de color. Creación e imagen: Victoria Encinas.

Un planteamiento de este tipo podría correr el riesgo de convertir al ikebana en un arte excesivamente orgánico, difícil de conceptualizar como conocimiento estructurado. Pero en este punto es necesario aclarar que no se trata de optar por una especie de adanismo o de subjetividad individualista, consiste en concentrar la atención en el conocimiento profundo de la esencia de los vegetales.

La normativización formalista había llegado a un grado tan concreto que el diagrama no solo precedía al ikebana real, sino que lo hacía de modo tan preciso y lleno de minuciosas puntualizaciones, que constreñía la espontaneidad natural, el aspecto expresivo único de la planta viva.

Pardoglossum y liquen comparten el verde azulado y el paisaje. El arreglo, cuyo recipiente queda oculto, muestra los minúsculos detalles de una bellísima planta silvestre. Creación e imagen: Victoria Encinas.

¿Y en qué consiste en la práctica este naturalismo?

Esencialmente en que es la planta quien define sus formas, distintas en cada ocasión, y no las normas quienes someten a la planta a unos diagramas preconcebidos e idénticos a sí mismos.

El modo naturalista de proceder tiene como prioridad observar mucho y actuar poco; elegir cuidadosamente un material expresivo por sí mismo y modificarlo mínimamente, dejándolo “ser como es”. La actitud es la de un acompañamiento inteligente y sensible de la forma natural, en lugar de una voluntad de composición a partir de un esquema. Desde el punto de vista del kadō, la actitud naturalista es el máximo grado de la elegancia interior. Esta tendencia se identifica particularmente con los valores de la estética tradicional japonesa wabi y sabi: modestia, sencillez, autenticidad, honestidad…

La soledad del invierno que se avecina es evocada en este arreglo con las ramas desnudas de la carrasca, en las que ya sólo habitan los líquenes y las dos flores de cosmos casi por completo deshojadas. Creación e imagen: Victoria Encinas.

La forma particular de cada rama, tallo o flor, en ikebana, propone la orientación estética del arreglo. Es preciso observar y escuchar previamente lo que la planta indica, estudiarla, a veces a través de dibujos o fotografías… y también experimentar, probar, para llegar a conocerla no solo visual sino físicamente. Tocarla, manejarla, llegar a comprender su tensión interna, su ductilidad o resistencia, el grado de endurecimiento leñoso o de porosidad húmeda de su tallo, así como su peso o flexibilidad, entre otros detalles. Entender su entorno paisajístico y evocarlo.

De este modo, el arreglo se basaría en el conocimiento sensitivo de la especie vegetal como una base sobre la cual poder enfatizar la rama o flor concreta, que es de algún modo única. Esa singularización, que da sentido al arreglo, muestra un aspecto siempre nuevo que hace del ikebana una especie de descubrimiento continuo de la belleza natural. Aunque conozcamos muy bien la planta con la que lo realizamos, el arreglo muestra siempre una faceta sorprendente porque la naturaleza nunca es idéntica a sí misma.

Son innumerables las cualidades plásticas a apreciar en las plantas. Algunas aportan trazos lineales, otras masas compactas de color, otras dispersiones espaciales, etc. Del carácter de las flores, por ejemplo, qué diferente es la fragilidad del lisianto comparada con la nervadura resplandeciente de la superficie del anturio; o qué geométrica y nítida resulta la flor de lilium comparada con el recogimiento mullido de las capas de pétalos de una peonía. De las ramas pueden hacerse valoraciones estéticas similares observando, por ejemplo, en las ramas tempranas de los eucaliptos, la rítmica proliferación de círculos ascendentes de las hojas azuladas; o en las del avellano tortuoso, esas curvaturas nerviosas y caligráficas.

Es un lenguaje de una riqueza plástica infinita y los maestros de ikebana llegan muy lejos en la valoración de estas cualidades vegetales.

En pleno verano, las flores de la zanahoria silvestre se enredan consigo mismas y con las ramas caídas de árboles y arbustos. La peana subraya y refleja la delicadeza estética de este momento campestre. El recipiente con agua queda oculto para una mayor naturalidad. Unas briznas de limonium proporcionan ligereza al arreglo. Creación e imagen: Victoria Encinas.

Shussho

En ikebana, al caràcter que diferencia a una espècie de les altres es coneix com a shussho. És un concepte estètic completament basat en la botànica, que consisteix en l’apreciació de les plantes com a elements vius, plàsticament peculiars i valuosos. És molt necessari familiaritzar-se amb el shussho de l’espècie, conéixer profundament les seues qualitats sensibles abans d’utilitzar-la per a compondre amb ella un arranjament.

Cada especie tiene su shussho, que no es solo una forma o color determinados, sino una personalidad viva y cambiante: un peculiar modo de proliferar, crecer, expandirse, fortalecerse, ajarse, reverdecer. El punto de vista naturalista en ikebana pone de relieve valores dinámicos, como la energía, lenta o rápida que desprende la velocidad del crecimiento. En lo estacional, distingue el brotar impetuoso primaveral de la plenitud estática del verano, así como de la energía descendente del otoño y el hieratismo expectante del invierno.

Contrariar el shussho de una planta es hacer un arreglo anti-natural. Ignorarlo, un fracaso. Comprenderlo y conseguir sintonizarse con él, llegando a expresar emociones humanas, es haber alcanzado algún grado de conocimiento en ikebana. Como se trata de un dō, una vía de conocimiento, el grado alcanzado en este arte llega a impregnar otros aspectos de la vida. Fluir con lo natural y armonizarse con las plantas enseña a fluir en todos los aspectos.

Las dos camelias, maduras y algo oxidadas, se han desprendido del cáliz y han caído. Las raíces, erosionadas, hace tiempo que forman parte del suelo del paisaje. Creación e imagen: Victoria Encinas

Lo objetivo y lo cualitativo

Ikebana reúne, pues, un doble conocimiento de las plantas. Por un lado, consiste en reconocer mentalmente el orden subyacente del crecimiento; por ejemplo, el modo en que se suceden y se generan las hojas de un lirio, cada una desde el interior de la precedente. Por otro lado, es necesario abrirse ante las cualidades sensibles de las plantas, valorarlas estéticamente. Esas hojas del lirio tienen un satinado terso, están mordidas por un caracol o ligeramente ajadas en las puntas, etc. Este segundo aspecto es el más visible y sensual. Trata de textura, color, densidad, trazo de las líneas… la expresión del propio vegetal en su impulso vital para lograr mantenerse vivo, para crecer.

La esencia del ikebana naturalista se completa cuando estos dos modos de conocimiento se convierten en inseparables.

Estudios de plantas silvestres. El dibujo es un método de conocimiento óptimo para llegar a comprender el porqué de las formas, su variedad y peculiaridades; la atención activa y reflexiva necesaria para llegar a dibujar una planta es muy superior a la que se requiere al tomar una fotografía. El conocimiento obtenido, también lo es. Grafito sobre papel canson 50x35cm. (2019). Dibujos e imágenes: Victoria Encinas.

La Escuela Kozan-ryu, fundada en 1910 por su primer maestro, Kozan Okada, tuvo un comienzo abiertamente naturalista, siendo defensora del arreglo que no da importancia a las reglas concretas, sino a la conservación del espíritu de la naturaleza, estudiando las características de cada planta para enfatizar lo más genuino. Sus alumnos llegan a estudiar y conocer cientos de nombres y características de flores y plantas silvestres. En ese conocimiento se sustenta la sabia sutileza de sus creaciones, en las que la intuición está nutrida por la experiencia directa de lo natural.

En el próximo capítulo hablaré del estilo nageire: la formalización de lo informal; el estilo naturalista estudiado y actualizado. Me gustaría, hasta entonces, despedirme citando a la Escuela Kozan-ryu. Su precepto más conocido es muy directo y explícito:

«Arregla les pruneres com a pruneres, i les bresquilleres com a bresquilleres.»

En este ikebana, de tamaño muy pequeño, el recipiente horizontal y muy bajo, acompaña el carácter del crecimiento rastrero de la correhuela menor y la veza. Creación e imagen: Victoria Encinas.
1Rebel in the garden. Modern japanese landscape architecture by Mirei Shigemori. Christian Tschumi. Birkhäuser Verlag AG 2007

Bibliografia

-«Best of Ikebana. History of Ikebana» Minobu Ohi. Ed. Shufunomoto. Tokyo. 1962.
-«The Masters’ Book of Ikebana. Background & principles of japanese flower arrangement». Edited by Donald Richie & Meredith Weatherrby. Bijutsu Shuppan-Sha Publishers. Tokyo. 1966.

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Artista multidisciplinar, con estudios de Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid.
Interesada en la investigación de materiales y recursos tecnológicos y titulada en Ikebana por la Escuela Ikenobo y por la Asociación de Ikebana de España. Amante de la cultura tradicional japonesa y aficionada al cuidado de su jardín y al ikebana, donde une arte y naturaleza. Se resiste hasta el final a quitar las “malas hierbas”: todas le parecen parte del paisaje. www.victoriaencinas.com
extern Colaborador Externo
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