Arte y naturaleza Jardinería

23 May 2025

Ikebana: una práctica meditativa

Estudio de tres variaciones sobre un solo tipo de planta, el lirio ensata, compuesto en recipientes para la forma moribana. Las tres partes o ramas del ikebana (shin, soe, tai) tanto las hojas como las flores son de la misma planta, sin ningún ashirai (complemento), siguiendo el modelo de shoka issuike. Creaciones y fotografía: V. Encinas.

En Espores nos gusta detenernos, respirar y dejar que la naturaleza nos hable en voz baja, dejando entrever los secretos que habitan en los detalles más sutiles. De eso sabe mucho la artista Victoria Encinas, que nos invita de nuevo a adentrarnos en el mundo del ikebana, el arte floral japonés que transforma la contemplación vegetal en una práctica meditativa. Con una mirada íntima y profunda, Victoria nos revela qué supone realmente esta disciplina: un ejercicio de atención, de respeto por los vegetales y de aprecio por el vacío. A partir de vivencias personales, referencias magistrales y reflexiones sosegadas, la autora nos acerca a una cultura que encuentra en la simplicidad una forma elevada de sabiduría.

Realizar un Ikebana

El objetivo de mis artículos en este blog no es enseñar cómo hacer ikebana. A alguien que desease iniciarse en la práctica de este arte le recomendaría buscar un maestro o maestra cercanos para mantener un contacto directo. Sin embargo, como la intención y el deseo de este blog sí es fomentar el conocimiento sobre el arte del ikebana, en el presente artículo quisiera compartir algunos aspectos sobre la iniciación, el aprendizaje y la práctica.

En primer lugar, tengo que decir que se trata de un reto más difícil de lo que parece a simple vista. El o la estudiante de ikebana aprende numerosos conceptos y técnicas para poder manejar las formas de los vegetales, respetando su naturaleza, y componiendo con ellos los arreglos; pero sobre todo adquiere una cultura de las formas, un sentido del orden inherente a este tipo de arreglos que le permite discernir entre un ikebana logrado, es decir, profundo, sereno, sentido, meditado, de un simple arreglo floral más o menos bello o atractivo. Hay que saber que la aspiración profunda del ikebana es más la búsqueda de valores estéticos serios y espirituales que la de lo “agradable” en un sentido superficial.

Conseguir expresar, a través de los cánones y proporciones del ikebana, sentimientos universales, movimientos del alma, conseguir compartir pensamientos poéticos a partir de los vegetales, es haber culminado el conocimiento de este difícil arte. Adquirir esta cultura requiere, como en cualquier profundización artística, muchos años de dedicación humilde. Requiere “cultivo”: paciencia, estudio, observación, tiempo, familiaridad con la práctica, y ante todo, amor. Amor por la naturaleza.

 
Estudio de una rama o línea para la composición de un arreglo. Las flores están sostenidas por un kenzan, (soporte pesado y con fuertes púas metálicas), utilizado en la forma moribana (apoyada para la fotografía en otra kenzan para darle altura). El estudio de la rama ha sido hecho como aproximación, para poder ver el efecto del conjunto antes de emplazarlo en el ikebana definitivo. Creación y fotografía: V. Encinas

Hacer Ikebana es meditar

A lo largo del tiempo, a pesar de haber realizado cientos de arreglos, y de llevar practicando el ikebana desde hace más de 30 años, cada vez vuelvo a experimentar el sentido profundo que llega a tener el acto de componer unos vegetales en formas armónicas, pues podría decir que el interior propio de quien realiza un ikebana se armoniza, de algún modo, a medida que se va desarrollando el arreglo. Hay algo misterioso en este proceso; algo absorbente que nos hace olvidarnos de nosotros mismos, entrando en un tiempo diferente, detenido, de conexión con el mundo vegetal.

Iniciarse en el ikebana es escoger una vía de meditación que nos mantendrá cerca de la naturaleza. Puede llegar convertirse en una grata compañía para el resto de su vida. A lo largo del tiempo, se comprueba que el ikebana es tan inagotable como la propia naturaleza. De hecho, hacer ikebana es, en gran medida, profundizar en el estudio y conocimiento de las formas naturales; y a través de las formas, en su esencia.

Mi taller de ikebana. A la izquierda, materiales vegetales, recipientes. Al fondo arreglos y pequeño “plató” fotográfico. Fotografía: V. Encinas

El aprendizaje del Ikebana

Para aprender la práctica del ikebana es imprescindible asistir a cursos especializados. El aprendizaje es lento. Y precioso. Las clases son experiencias llenas de aromas vegetales, verdor, flores, agua, respeto y silencio sólo matizado por el leve tic-tic de las tijeras (hasami) que acompañan la meditación. Se podrá decir que actualmente puede aprenderse casi cualquier cosa on line. Yo creo que no: ikebana, no. Al menos una primera iniciación debería hacerse en directo. La asistencia presencial a las demostraciones magistrales aporta mucho contenido sensible, pues los maestros comentan las acciones que van llevando a cabo ante la mirada de los alumnos, interpretando los elementos vegetales como algo único y aportando infinitos matices y nociones cualitativas.

Por ejemplo, una de las facetas que más difícil resulta a los alumnos occidentales, cuando se inician en el conocimiento del ikebana, es romper con su idea preconcebida de equilibrio simétrico, la tendencia a “arreglar flores en un jarrón” como la disposición de una masa uniforme y más o menos homogénea y vertical. En ikebana, al contrario que en la forma occidental de reunir flores en un recipiente, la expresión viene del contraste de tamaño e inclinación entre las ramas, del dibujo de una estructura tersa.

También es un capítulo muy necesario para la mente occidental aprender a dejar tan amplios espacios vacíos en el interior de los arreglos, y dotar de sentido a estos vacíos, que son precisamente los que proporcionan la tensión y el aire necesarios al ikebana.

Dos dibujos como estudios de composiciones verticales. Sólo incluyen la boca del recipiente, y las plantas. Son estudios parciales, de composiciones con hojas, tallos, flores.  Dibujos: V. Encinas

En el día a día, cada clase puede constar del estudio de uno o dos esquemas bidimensionales presentados y explicados por el maestro o la maestra y llevados a la realidad ante los alumnos con vegetales reales, en tres dimensiones, mediante una demostración práctica. Posteriormente, estos esquemas son recreados por cada estudiante; no se trata de imitar o copiar la noción de los esquemas ni la obra del maestro o maestra, sino de comprender el sentido de las proporciones, inclinaciones, espacialidad, etc. y dotar de sentido al propio arreglo. A menudo se dibujan o se fotografían estos experimentos, en sus distintas fases, para su estudio posterior. Cada cual vuelve a su casa con el material vegetal y sigue su estudio en privado.

El trabajo del estudiante en el proceso de realización de un arreglo consiste en varias fases: 1) conocimiento del esquema compositivo del que parte el arreglo (shoka, moribana, nageire, rikka, jiyuka, etc.); 2) elección de las ramas, flores, tallos, etc. 3) elección del recipiente según la proporción de los vegetales, su textura, tamaño, adaptación al tipo de esquema que va ser realizado; 4) limpieza previa de las ramas para pre-dibujar el arreglo, a veces modificando o consolidando su forma; 5) tratamiento de los vegetales para que su conservación sea buena y su duración sea mayor; 6) construcción de la sujeción de una base sólida para anclar el arreglo; 7) composición del arreglo propiamente, rama a rama, hasta llegar a su forma definitiva.

Las visitas que la maestra o maestro hace para supervisar el trabajo de cada estudiante es una parte esencial. A veces, corregidos uno por uno, a veces en pequeños grupos que se van sumando al recorrido que hace el docente, les permite escuchar los comentarios y observar detalles siempre diferentes sobre los arreglos.

Demostración magistral de la maestra Sra. Nobu Kurashige (en primer plano) ayudada por la maestra Sra. Rikako Yano, ambas destacadas profesoras de la escuela Ikenobo, realizando un arreglo de tipo shoka en recipiente tradicional. Publicamos la fotografía, agradecidos por la autorización y cortesía de la maestra Sra. Nobu Kurashige, y también en recuerdo agradecido a la maestra Sra. Rikako Yano. Fotografía: V. Encinas

En cierta ocasión, asistiendo a un seminario de la escuela Ikenobo, yo había terminado mi arreglo y mientras esperaba que una reconocida maestra invitada, la señora Nobu Kurashige, llegase, en su recorrido a través de los trabajos de otros estudiantes, hasta mi mesa, limpié de hojas y ramitas caídas las inmediaciones del arreglo para dejarlo despejado y después me entretuve haciendo un paquetito con esas partes sobrantes de las plantas recién utilizadas, anudándolas con algunas hierbas que había decidido no incluir en el ikebana. Aquel ovillo irregular quedó depositado en un extremo de la mesa a una buena distancia del arreglo con el que yo no deseaba que interfiriese. No me deshice de él, porque me gustó. Cuando la maestra se sentó ante mi trabajo, la señora Nobu Kurashige observó mi arreglo durante un buen rato, se concentró en él, modificó cuidadosamente la inclinación de una de las ramas y haciendo un juego de palabras con mi nombre, me dijo muy amablemente que consideraba que el arreglo era “a victory”. Después, nuevamente concentrada, inclinándose con encantadora y cómplice comicidad hacia el pequeño ovillo que yo había hecho para dejar la mesa completamente diáfana alrededor del arreglo, le sonrió como si fuese un pequeño ratoncillo, y añadió que éste también lo era: “a small victory”. Pero inmediatamente se corrigió, e invirtió la calificación.

El mayor logro “a big victory” era en realidad ese acto final, ese hatillo de restos cuidadosamente compuestos, que mostraba la importancia estética y simbólica del espacio vacío alrededor del arreglo, así como el respeto hacia esos vegetales considerados ‘inservibles’ para la composición y sin embargo no menos dignos y bellos. Ese material vegetal que yo me resistí a considerar un deshecho y del que cuidé también con estético respeto fue reconocido por la maestra como un valor. Siempre he recordado esa amistosa apreciación, como una encantadora lección inesperada.

Podría contar muchas experiencias de este tipo, encuentros con una cultura que profesa un profundo respeto por las plantas, la cultura tradicional japonesa.

Ilustración de la anécdota de la clase de ikebana relatada en el artículo. Imagen de los restos vegetales recogidos después de la realización de un ikebana, junto a la tijera hasami. Según comentario informal de la maestra Nobu Kurashige, despejar el espacio alrededor del arreglo y tratar con respeto los vegetales que no fueron utilizados en el mismo, es una muestra de respeto hacia esas plantas. Creación y fotografía: V. Encinas

Estilo

La práctica del ikebana educa el sentido estético y la sutileza del espíritu. Es el mundo vegetal el que va imprimiendo en el espíritu de quien se propone hacer ikebana una estética y un mundo de matices que va revelándose paulatinamente. No es tanto una práctica activa, en la que llevar a cabo la voluntad personal; es más bien receptiva, fomenta una actitud de apertura a la lección de la naturaleza. Los practicantes del ikebana, habitualmente, nos iniciamos asistiendo durante años a las clases de los maestros, pero muchos de nosotros habíamos comenzado antes, experimentado en privado, (incluso antes de saber que lo que hacíamos era algo parecido al ikebana…) informándonos de manera amateur o comprando libros divulgativos (muy distintos a los de las escuelas serias, por cierto). Para hacer accesible el ikebana a todo tipo de público, la Escuela Ohara creó la forma moribana, que en la actualidad han adoptado como forma para principiantes casi todas las escuelas.

Elegir una u otra escuela de ikebana en la cual iniciarse, es ya un posicionamiento estético. Cada una de las más reconocidas (Ikenobo, Sogetsu, Kozan, Ichiyo, Ryussei-ha, Saga Goriu, etc.) recibe la impronta de sus fundadores y maestros definiendo tendencias formalistas, naturalistas, expresionistas, cosmopolitas….

Si bien iniciarse en ikebana supone en un principio mantenerse muy fieles a las formas canónicas, un cierto estilo propio surge poco a poco casi sin pretenderlo. En la actualidad el estilo jiyuka, muy libre, es el territorio de la experimentación y de la búsqueda personal más accesible a los estudiantes y practicantes habituales. En un nivel muy alto, maestros geniales como Sen’eiI kenobo han innovado sin necesidad de salir de los cánones tradicionales, creando en su caso el estilo shimputai.

Exposición de ikebana en IED Instituto Europeo de Diseño, con arreglos de la maestra Sra. Rikako Yano y caligrafías del calígrafo japonés Satoshi Yano. El ikebana de la fotografía de la izquierda es shoka shimputai y el de la derecha, nageire. Exposición organizada por Victoria Encinas. Foto: V. Encinas

La exteriorización consciente de la personalidad de quien realiza el arreglo no es un objetivo prioritario en ikebana, aunque de algún modo, la sensibilidad de quien hace estos arreglos va también emergiendo, sutilmente, a lo largo de la práctica y en nuestra época, individualista, puede considerarse un valor reconocido y reconocible. Se percibe la cultura del autor como un trasfondo en los arreglos. Por ejemplo, alguien que ha vivido siempre en un entorno urbano no ha podido interiorizar una poética del paisaje y recibe sin embargo muchas nociones sofisticadas que vienen del comercio internacional de la flor cortada.

Creo que el autor o autora, inevitablemente, se posiciona en algún punto en el diálogo entre lo real y lo idealizado; entre la contención y la expresividad. De algún modo vierte su propia vivencia del mundo vegetal, igual que un arquitecto del paisaje, manifiesta su modo de entender la belleza natural. Pero la visión personal es proporcionalmente muy poca cosa comparada con el sustrato de “pensamiento paisajero” que nos precede, esos milenios de cultura adaptativa del ser humano en su entorno natural o artificial. Una interesante maestra, la Sra. Lusy Wahyudi refleja en el cromatismo y vitalidad de sus ikebanas el paisaje de Indonesia, donde trabaja e imparte sus clases.

En ikebana, como en otras artes, llegar al dominio es un camino lento y difícil, pero este virtuosismo no debe exhibirse, menos como algo propio; está al servicio de algo más importante: mostrar la belleza de la naturaleza, esa cualidad indescriptible que emociona y consigue hacernos olvidar que el ikebana se sustenta en una técnica minuciosa y un profundo conocimiento.

Artículo dedicado a la maestra Sra. Rikako Yano, in memoriam.
Agradecimiento especial a la maestra Sra. Nobu Kurashigue.

Bibliografia

“Ikebana, arte floral japonés” Rikako Yano. Edición Arte y cultura de Japón 2009
“El pensamiento paisajero” Agustin Berque. Edición de Javier Maderuelo. Paisaje y teoría. Biblioteca nueva.

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Artista multidisciplinar, con estudios de Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid.
Interesada en la investigación de materiales y recursos tecnológicos y titulada en Ikebana por la Escuela Ikenobo y por la Asociación de Ikebana de España. Amante de la cultura tradicional japonesa y aficionada al cuidado de su jardín y al ikebana, donde une arte y naturaleza. Se resiste hasta el final a quitar las “malas hierbas”: todas le parecen parte del paisaje. www.victoriaencinas.com
extern Colaborador Externo
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