Educar para sembrar futuro: agroecología, comunidad y resiliencia territorial
No hay cambio sin mirar hacia el futuro y sin establecer conexiones. En CERAI, el Centro de Estudios Rurales y de Agricultura Internacional, lo tienen muy claro, y por eso trabajan sus proyectos con una perspectiva global que siempre va de la mano de la educación. En este sentido, la agroecología, con sus propuestas de producción y consumo, se convierte en un modelo agrícola que tener en cuenta, y una parte del foco debe ponerse en las aulas. El proyecto‘Sembrando Resiliencia y Soberanía Alimentaria tras la DANA’, en un buen ejemplo de cómo se cultiva, en todos los sentidos.
No tenemos tiempo, ante las múltiples crisis que estamos atravesando a nivel geopolítico, económico, alimentario y medioambiental, es imprescindible una transformación social basada en la justicia, la sostenibilidad y la soberanía alimentaria. Debemos estar preparadas para afrontar los desafíos que encaramos como sociedad, como puso de manifiesto la DANA de 2024. Este fenómeno afectó a miles de personas y nos recordó nuestra vulnerabilidad frente a una naturaleza cada vez más impredecible y marcada por los efectos del cambio climático.
Tejer redes entre las personas del territorio y fortalecer la comunidad que lo habita facilita la respuesta frente a la emergencia climática. En especial, atender a la crisis alimentaria conlleva trabajar con todo el entramado del sistema agroalimentario, no solo con el eslabón de la producción, prestando especial atención a las relaciones sociales, económicas y ambientales que lo sostienen.
Por ello, en este contexto de urgencia, la agroecología es una alternativa viable que no se limita a una técnica de producción, sino que plantea un modo diferente de organizar el sistema alimentario, una manera más ligada al territorio y más respetuosa con los límites ecológicos del planeta. La agroecología propone formas más sostenibles de producir alimentos, ayudando a entender las limitaciones y deficiencias que presenta el actual sistema agroalimentario. Estas limitaciones del modelo agrícola convencional ponen de manifiesto la necesidad de avanzar hacia sistemas más respetuosos, equilibrados y adaptados a los territorios.
¿Alimentarse o nutrirse?
Y aquí es donde cobra especial importancia saber diferenciar entre alimentarse y nutrirse. Puedes saciar el hambre pero sin aportar a tu cuerpo los elementos que necesita, como proteínas, vitaminas, minerales o fibra, entre otros, para funcionar correctamente. En el último siglo, la diversidad agrícola mundial se ha reducido drásticamente hasta el punto de que el 80 % de la alimentación global depende de solo doce especies de plantas, siendo el arroz, el trigo, el maíz y la patata los cultivos que aportan más de la mitad de las necesidades energéticas mundiales. Como consecuencia, nuestra alimentación es cada vez menos variada y, en muchos casos, menos nutritiva.
Así surgen algunas de las enfermedades no transmisibles, como la diabetes o las enfermedades cardiovasculares, que causan el 74% de las muertes globales. En los países más ricos, los productos ultraprocesados suponen el 50% de los alimentos que entran a los hogares, y su consumo está aumentando rápidamente en los países de renta baja y media. En Europa, aproximadamente una de cada tres niñas y niños de entre 6 y 9 años sufre sobrepeso u obesidad. Si nos centramos en España, los datos empeoran afectando a un 35% de la población infantil, dado que el consumo de productos ultraprocesados supone alrededor del 32% de las calorías que comemos al día en nuestro país.
La otra cara de la moneda la sufren las personas del sur global, donde el 9% de la población mundial sufre hambre crónica, con un total de casi 800 millones de personas en 2022. Mientras tanto, cada año se desperdician alrededor de 1.200 millones de toneladas de alimentos en el campo, lo que corresponde a más del 15% de la producción global. Concretamente, en España se desecharon aproximadamente 1.097 millones de kilos de comida entre más de 12 millones de hogares durante el 2024.
El poder en las aulas
Frente a este escenario, la educación se presenta como una de las principales y más potentes herramientas de adaptación y mitigación frente al cambio climático. Para que la sociedad tenga la capacidad de entender cuáles son los efectos e impactos que su alimentación produce sobre su salud y la del planeta, es necesaria una alfabetización ecológica. Esta educación básica implica desarrollar habilidades, valores y actitudes que fortalezcan nuestra sensibilización y comprensión de los desafíos globales. Solo así podremos tomar decisiones informadas, responsables y respetuosas con nuestra salud y con el medioambiente, actuar en consecuencia y convertirnos en agentes de cambio.
Dentro de esta labor educativa para la ciudadanía global se enmarca el proyecto que estamos desarrollando desde CERAI:‘Sembrando Resiliencia y Soberanía Alimentaria tras la DANA’. Se trata de una actuación financiada por la Generalitat Valenciana con la que trabajamos para sensibilizar a la comunidad educativa y a la ciudadanía valenciana sobre la necesidad de transitar hacia un sistema alimentario sostenible, basado en la soberanía alimentaria y alineado con los ODS. Y también para promover valores, actitudes y conocimientos orientados a la resiliencia climática y a la mitigación de los impactos del actual modelo agroalimentario, en el contexto de recuperación post DANA de los municipios afectados.

En esta situación extraordinaria, el comedor escolar se presenta como un espacio clave donde promover esta transformación del sistema agroalimentario tratando de vincular el consumo de productos de proximidad y temporada en la restauración colectiva y la compra pública alimentaria (CPA). Articulando los productores locales con las escuelas conseguimos dinamizar el territorio y reducir los impactos generados durante la producción de los alimentos. La CPA en restauración colectiva – comedores escolares, residencias, hospitales – es un sustento a largo plazo para el sector agrario y una apuesta por el relevo generacional en el campo.
La actuación se centra en varias comunidades educativas de los municipios de Paiporta, Picanya, Aldaia, Chiva, Montroi, Montserrat, Alzira y València (pedanía Castellar-l’Oliveral) todos ellos afectados por la DANA. Estas comunidades cuentan con un enorme potencial para impulsar el cambio. A través de procesos de capacitación y sensibilización, pueden convertirse en agentes de cambio e inspirar a otros centros educativos a sumarse a la transición hacia un sistema alimentario más sostenible y resiliente.
En este escenario de emergencia climática, la unión entre huertas locales y comedores escolares crea un ecosistema educativo y alimentario robusto, capaz de mitigar el cambio climático, fortalecer la soberanía alimentaria, mejorar la salud y el bienestar infantil y generar comunidad. Porque cuando hablamos de reconstrucción, no solo pensamos en muros y carreteras. Hablamos también de recuperar suelos, dignificar la producción local y fortalecer un modelo alimentario que cuide tanto a quienes producen los alimentos como a quienes los consumen.

Por eso trabajamos con las escuelas, convirtiendo las aulas y los comedores en espacios de aprendizaje y transformación. Allí, niñas y niños descubren el origen de los alimentos y comprenden la relación entre el cambio climático, las decisiones cotidianas y el territorio que habitan. Al mismo tiempo, acompañamos a las empresas de restauración colectiva que gestionan estos comedores para facilitar la incorporación de productos frescos, de proximidad y cultivados de forma sostenible. Y, al final de todo este ciclo, el protagonismo recae en los agricultores y agricultoras familiares del territorio, muchas de ellas afectadas por la DANA, que encuentran en este modelo una oportunidad para dar valor a su producción y garantizar un medio de vida digno.
Frente a un contexto de crisis, la educación, la agroecología y el trabajo en comunidad nos recuerdan que es posible construir caminos alternativos: cuidar el planeta, compartir saberes y fortalecer los vínculos que nos unen son formas de sembrar posibles futuros. Muchas escuelas ya han empezado a recorrer este camino, apostando por productos frescos, ecológicos, de proximidad y de temporada que reducen intermediarios y promueven un modelo agroalimentario más justo. Sin embargo, estas prácticas deberían dejar de ser una excepción para convertirse en la norma, porque impulsar comedores escolares sostenibles y arraigados al territorio fortalece nuestra capacidad de actuación y resiliencia ante las posibles futuras crisis.
«Esta publicación se ha realizado con el apoyo financiero de la Vicepresidencia Primera y Consellería de Servicios Sociales, Familia e Infancia. El contenido de esta publicación es responsabilidad exclusiva de CERAI y no refleja necesariamente la opinión de la Generalitat».


Bibliografia
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