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20 Oct 2026

De malas hierbas a Bones Herbes

¿Qué hace que una planta sea considerada una mala hierba? Podemos consultar abundante literatura científica y encontraremos que se les atribuyen capacidades de dispersión, invasión, persistencia y competitividad, términos que pueden interpretarse como negativos. Sin embargo, si reflexionamos un poco, nos damos cuenta de su importante papel en la alimentación, en la medicina y, en definitiva, en nuestra vida. Para eliminar esta etiqueta, el Jardí Botànic, junto con las compañeras de Gastrobotánicas, ha creado este año el Festival Bones Herbes, una fiesta botánica en la que nada ha sido lo que parecía.

Durante generaciones, muchas de las plantas que hoy arrancamos de huertos y caminos formaron parte de nuestra alimentación, de la medicina popular y de la cultura cotidiana. El Festival Bones Herbes del Jardí Botànic nació para recuperar estos saberes, cambiar la mirada sobre las denominadas «malas hierbas» e imaginar qué lugar pueden ocupar en el presente y en el futuro.

Les xarrades i activitats del Festival Bones Herbes van reunir públic de totes les edats al Jardí Botànic de València.

¿Qué convierte a una planta en una «mala hierba»?

El concepto de «mala hierba» es un término despectivo con el que los seres humanos hemos denominado erróneamente a aquellas plantas que normalmente crecen de forma espontánea entre los cultivos, en los márgenes de los caminos, en solares, jardines e incluso entre las grietas de los edificios y en los tejados (como nuestra querida uva de pastor, Sedum sediforme). Son plantas adventicias que tienen la mala suerte, una mala suerte muy relativa, de que sus semillas hayan sido dispersadas por el viento, las personas, el agua o los animales y hayan acabado germinando y creciendo en un lugar donde no las quieren. Pero ellas, libres, fuertes, adaptables y luchadoras, crecen en estos espacios gestionados por los seres humanos, donde, la mayoría de las veces, acabarán arrancadas, segadas o, en el mejor de los casos, simplemente «invisibilizadas» o rechazadas.

Pero ¿qué pasaría si cambiáramos nuestra mirada y, en lugar de verlas como enemigas, las viéramos como un tesoro para la biodiversidad y revalorizáramos su potencial etnobotánico, que forma parte de nuestra cultura desde tiempos ancestrales? Porque algunas de estas mismas plantas que hoy llamamos malas hierbas alimentaron durante generaciones a las personas que habitaron nuestra tierra antes que nosotros. Conocían sus nombres, sabían cuándo recolectarlas, qué partes utilizar y cómo llevarlas a la cocina.

Las plantas silvestres han acompañado a la humanidad desde sus orígenes. Antes de la agricultura, la recolección de frutos, hojas, raíces, semillas y brotes formaba parte esencial de la alimentación y exigía un conocimiento profundo del territorio y de sus ciclos. A su alrededor se construyeron saberes gastronómicos, medicinales, artesanales y culturales que, durante mucho tiempo, se transmitieron de persona a persona. Pero en pocas generaciones una parte importante de este conocimiento se ha ido diluyendo. La transformación del sistema alimentario, la homogeneización de la dieta y la progresiva desvinculación de la vida rural han contribuido a que muchas plantas que antes tenían nombre, usos y recetas sean hoy desconocidas. Sin embargo, las plantas siguen creciendo a nuestro alrededor; a menudo, simplemente lo que hemos perdido es la capacidad de reconocerlas y saber cómo utilizarlas.

Una demostració de treball amb fibres vegetals recupera tècniques i coneixements tradicionals.

El germen de unas Bones Herbes muy concretas

El Festival Bones Herbes nació, en cierto modo, de una sorpresa. Eva Pastor, del Jardí Botànic de la Universitat de València, después de leer un artículo sobre Gastrobotánicas en la Guía Hedonista de Valencia Plaza, convocó a Amanda, una de sus creadoras, a una reunión en el propio Botànic. Desde Gastrobotánicas pensábamos que la propuesta sería colaborar realizando alguna actividad en el Jardín, y ya estábamos muy ilusionadas con esta idea. Pero sobre la mesa apareció una propuesta mucho más ambiciosa: ¿y si organizáramos juntas un festival dedicado a las plantas silvestres?

La propuesta conectaba plenamente con una inquietud que está en el origen de Gastrobotánicas: recuperar los conocimientos asociados a las plantas silvestres y encontrar nuevas formas de mantenerlos vivos. No se trataba solo de hablar de plantas comestibles, sino de reunir todo el universo que se ha construido históricamente a su alrededor: gastronomía, etnobotánica, medicina popular, artesanía, memoria, arte, música y cultura. Era un reto, pero lo afrontamos con entusiasmo y fijamos la primera edición del festival para los días 23 y 24 de mayo.

De ahí surgió también el nombre, inspiradas en parte por Maria Roselló, compañera divulgadora etnobotánica del proyecto Endèmica Natura. Frente a la denominación despectiva de las malas hierbas, queríamos despertar el interés y revalorizar nuestras queridas plantas silvestres, por lo que decidimos llamar a nuestro festival Bones Herbes. No para idealizarlas, sino para cuestionar una etiqueta que dice mucho más de nuestra mirada que de las propias plantas. Cuando aprendemos el nombre de una planta, a identificarla, a saber cuándo aparece, cómo se ha utilizado o qué sabor tiene, deja de ser simplemente algo que hay que arrancar. Cambiar la mirada es el primer paso para cambiar la relación que tenemos con una planta. Y nosotras llevamos este propósito muy presente en la misión del proyecto Gastrobotánicas.

Les propostes de Gastrobotánicas van acostar al públic diferents maneres de relacionar-se amb les plantes silvestres.

Un legado que solo existe si se transmite

Recuperar las plantas silvestres no significa únicamente no arrancarlas cuando aparecen donde no queremos. Supone conocer la gran biodiversidad cultural que contienen: saber qué se recolecta, dónde y cuándo; qué partes se aprovechan; cómo se preparan; qué recetas pertenecen a cada territorio; y qué historias, palabras y prácticas las acompañan. Durante la mesa redonda del festival Bones Herbes, «Pasado, presente y futuro de las plantas silvestres», esta transmisión ocupó un lugar central. Casimir Romero, divulgador de la cocina tradicional valenciana y autor de numerosos libros, entre ellos Herbes Mengívoles, compartió una forma de aprender que durante siglos fue habitual: de la mano de su madre y de su abuela, recolectando y cocinando hierbas comestibles, preparando cocas y pastelitos e incorporando este conocimiento a la vida cotidiana.

Y es que cuando esta cadena se rompe, no desaparece solo una receta, desaparece una manera de reconocer el paisaje. Por eso, mantener vivo este legado no puede limitarse a guardarlo en libros, herbarios o vitrinas, necesita volver a experimentarse, compartirse, cocinarse y reinterpretarse. Y aquí es donde entra el papel de proyectos como el Col·lectiu Eixarcolant, en Cataluña, y Gastrobotánicas, Vanesa Bustos, Ausiàs de Ruralment y Endèmica Natura, aquí en la Comunitat Valenciana, que están centrando sus esfuerzos, pasión y dedicación en revalorizar, mantener y sembrar nuevas posibilidades para incorporar las plantas silvestres a nuestra vida moderna.

La taula redona «Passat, present i futur de les plantes silvestres» va posar el focus en la transmissió dels sabers etnobotànics.

Tradición que mira hacia el futuro

Una de las ideas que atravesó la reflexión del festival es que la tradición no debería ser una pieza inmóvil: el reto es transmitir los saberes recibidos y, al mismo tiempo, permitir que dialoguen con el presente. Recuperar las plantas silvestres no tiene por qué significar necesariamente volver a comer exactamente como lo hacían nuestras abuelas, sino conservar el conocimiento que nos dejaron y darle nuevas posibilidades adaptadas a nuestra realidad contemporánea.

La degustació de creacions culinàries va mostrar noves maneres d’incorporar les plantes a la gastronomia actual.

Las plantas también nos recuerdan otra manera de habitar el tiempo. Frente a la velocidad que atraviesa buena parte de la vida contemporánea, la naturaleza mantiene sus propios ritmos: cada semilla germina cuando se dan las condiciones, cada planta florece en su momento y cada fruto necesita su tiempo para madurar. No todo se puede acelerar, forzar o adelantar. Aprender a observar las plantas es también aprender a esperar, a reconocer los ciclos y a entender que cada cosa tiene su lugar exacto en el tiempo.

Con la industrialización, sin embargo, no solo cambió la manera de producir, sino también nuestra relación con muchos de estos saberes y con el tiempo que necesitaban. Los nuevos materiales y la producción industrial fueron desplazando objetos artesanales elaborados con fibras vegetales; la medicina moderna relegó y, a menudo, restó valor a muchos conocimientos tradicionales sobre las plantas; y el desarrollo tecnológico nos acostumbró progresivamente a la inmediatez y a ritmos cada vez más acelerados. Recuperar los saberes vinculados a las plantas silvestres puede ser, por tanto, algo más que recuperar usos o recetas: puede ayudarnos a recuperar una manera más atenta de observar, esperar y relacionarnos con los ritmos del territorio.

Mostres de pigments i il·lustracions botàniques mostren les possibilitats creatives dels colors naturals.

Esta es también una de las líneas de trabajo de proyectos como Gastrobotánicas: reconectar biodiversidad, gastronomía y cultura popular, y explorar cómo estos ingredientes pueden volver a formar parte de nuestra alimentación cotidiana desde una mirada contemporánea, creativa, pausada y arraigada al territorio y a los ciclos naturales. Por eso Bones Herbes no se planteó como un congreso de etnobotánica, ni como un festival gastronómico, ni como una feria de artesanía; queríamos crear un lugar donde todas estas dimensiones pudieran encontrarse. Un espacio en el que el conocimiento tradicional pudiera conversar con la cocina contemporánea, el arte, la música, la artesanía, la investigación, la infancia y las nuevas formas de habitar y entender el territorio.

Un jardín lleno de Bones Herbes

Los días 23 y 24 de mayo de 2026, aquella idea se convirtió en una primera edición del festival en el Jardí Botànic de la Universitat de València. Durante el fin de semana, cientos de personas participaron en talleres, visitas guiadas, charlas, degustaciones, actividades infantiles, propuestas artesanales, mercado y música. Y, a pesar de la incertidumbre sobre cómo funcionaría esta primera edición, muchas de las actividades habían agotado sus plazas antes de comenzar.

La programación permitía acercarse a las plantas silvestres desde perspectivas muy diferentes. Se podía descubrir su potencial gastronómico en una degustación de creaciones culinarias silvestres de Gastrobotánicas, reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro de la gastronomía con plantas silvestres en la mesa redonda, y también conocer cómo se elabora el herbero (bebida tradicional de plantas) o la uva de pastor (encurtido tradicional valenciano), o participar en actividades que conectaban plantas, memoria y creación.

L’aquarel·la va ser una de les propostes artístiques per a explorar la relació entre natura i creativitat.

Algunas escenas condensaban especialmente bien el espíritu de encuentro del festival: decenas de personas reunidas alrededor de la fuente del Jardín trenzando esparto con la Associació Arrelaires; el mural colectivo de «Flors contra l’oblit»; niños y niñas experimentando con cocina silvestre, acuarelas vegetales, corcho natural o estampación botánica; y, al final del fin de semana, la música de raíz de Raquel Cruces convirtiendo la plaza Carles Pau en un gran corro de danza comunitaria.

Els tallers d’estampació botànica van acostar les formes i els colors de les plantes als més menuts.

Volver a mirar

La respuesta del público a esta primera edición confirmó lo que intuíamos: existe un interés creciente por recuperar una relación más cercana con el territorio, la biodiversidad y los conocimientos que durante generaciones han formado parte de nuestra cultura etnobotánica. Quizá el futuro de las plantas silvestres no consista en volver atrás, sino en conseguir que el hilo no se rompa, transmitir el fuego en lugar de adorar las cenizas. Que las nuevas generaciones puedan volver a conocer aquello que crece en los márgenes. Que conozcamos las historias que hay detrás de una hierba, pero que también tengamos libertad para inventar nuevos usos, nuevas recetas y nuevas formas de relacionarnos con ellas.

Quizá dejar de llamarlas «malas hierbas» sea solo el principio. Nombrarlas, reconocerlas, cocinarlas y transmitir lo que sabemos sobre ellas es una manera de mantener vivo un legado. Bones Herbes nació precisamente para eso: para mirar hacia atrás sin dejar de imaginar hacia adelante.

Gastrobotánicas es un proyecto impulsado por Amanda Bataller i Cristina Escobar que recupera y pone en valor los saberes tradicionales alrededor de las plantas silvestres comestibles, conectando la etnobotánica con una mirada gastronómica contemporánea, creativa y cuidada.
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