Investigación

20 Sep 2026

El Jardí Botànic como refugio de microbiodiversidad: el caso de Trebouxia valentina

Un jardín botánico es mucho más que una colección de plantas y puede esconder mucha más diversidad de la que vemos a simple vista. Además de plantas, al pasear por sus senderos podemos encontrar pequeños insectos, aves curiosas y otras especies que viven en este refugio de biodiversidad o lo utilizan como lugar de paso. Hoy os traemos la historia de un organismo mucho más discreto, invisible a simple vista, pero igualmente interesante: la microalga Trebouxia valentina. Su inesperado descubrimiento en el Jardín ha cambiado algunas de nuestras ideas sobre estas algas, plantea nuevas preguntas sobre su biodiversidad y nos invita a mirar con curiosidad aquello que normalmente pasa desapercibido.

Hasta ahora, todas las especies conocidas de Trebouxia, un género de microalgas verdes, habían sido descritas exclusivamente en simbiosis con hongos, formando líquenes. Sin embargo, las rocas del Jardí Botànic de València escondían una excepción sorprendente: Trebouxia valentina, la primera especie del grupo descrita a partir de una cepa de vida libre.  Este descubrimiento rompe con una idea establecida desde hace décadas y plantea nuevas preguntas sobre la ecología y evolución de estas algas.

¿Qué son los líquenes y por qué es tan especial esta Trebouxia?

Los líquenes son asociaciones simbióticas entre un hongo y organismos fotosintéticos, habitualmente microalgas del género Trebouxia o cianobacterias. Una relación mutualista que permite que los líquenes colonicen ambientes extremos como desiertos, acantilados o zonas polares. Dentro del liquen, las microalgas proporcionan nutrientes al hongo a través de la fotosíntesis, mientras que el hongo protege al alga de la desecación y la radiación solar. Es una relación tan eficiente que los líquenes representan algunos de los organismos más resistentes a condiciones ambientales extremas del planeta.

En este contexto, Trebouxia es el género más frecuente de microalgas asociadas a líquenes. Aunque hasta ahora se han descrito formalmente 34 especies, los estudios moleculares revelan que su diversidad real podría ser mucho mayor. La razón es simple, para describir estas especies es necesario extraerlas del liquen y aislar estas microalgas es extremadamente difícil. Al estar integradas en el tejido del liquen, se requiere de técnicas de cultivo avanzadas, análisis de ADN, y estudios ultraestructurales mediante microscopía electrónica para describirlas correctamente.

Precisamente por ello, el descubrimiento de Trebouxia valentina fue tan sorprendente. Mientras que todas las especies del género descritas hasta la fecha se habían identificado formando parte de un liquen, esta apareció creciendo libremente sobre una roca del Jardí Botànic de la Universitat de València.

Un hallazgo inusual en un lugar inesperado

La historia de Trebouxia valentina comienza en 1997, durante una visita al Jardín con motivo del XII Simposio de Botánica Criptogámica, la que estudia musgos, algas, hongos y helechos. Allí, una investigadora portuguesa recolectó un poco de un biofilm verde, una capa repleta de microorganismos, sobre una roca. Esta muestra fue procesada, y de ella se obtuvo un cultivo de una microalga   conservada durante más de dos décadas en la Colección de Algas de Coimbra (ACOI), donde permaneció catalogada como una Trebouxia sin clasificar.

El XXIII Simposio Internacional de Botánica Criptogámica volvió a Valencia, del 20 al 22 de julio de 2022.

La historia da entonces un salto de más de veinte años. Ya como investigador en la Universitat de València, mientras consultaba el catálogo de cepas de Trebouxia conservadas en ACOI, encontré una cepa que todavía no había sido descrita científicamente. Tras ponerme en contacto con la colección portuguesa, ambas instituciones, ACOI y ASUV (la colección de Algas Simbiónticas de la Universitat de València), iniciamos una colaboración científica para estudiar aquel enigmático aislamiento. Gracias a la combinación de análisis moleculares, estudios morfológicos y el trabajo conjunto de ambos equipos, se demostró que no se trataba de una especie conocida, sino de una nueva especie para la ciencia, cuya descripción formal se publicó en 2025. El hallazgo resultó aún más sorprendente porque esta nueva especie no vive asociada a un liquen, como ocurre con la inmensa mayoría de las especies del género, sino de forma libre, y además fue descubierta por primera vez en un entorno urbano.

¿Sigue existiendo en el jardín?

Actualmente, la especie solo se conoce a partir de las cepas conservadas en cultivo en ACOI y ASUV. Desde su aislamiento original no ha vuelto a encontrarse en la naturaleza, ni siquiera en el lugar donde fue descubierta. Este hecho nos plantea preguntas importantes: ¿sigue viviendo en el Jardí Botànic? ¿Ha desaparecido de su hábitat original sin dejar rastro? Para intentar responder a estas cuestiones, tenemos previsto realizar nuevos muestreos en distintas zonas del jardín con condiciones ambientales similares a las del lugar donde se encontró por primera vez.

Además, este caso también invita a reflexionar sobre un tipo de biodiversidad que pasa desapercibida. La llamada microbiodiversidad incluye microorganismos que habitan en lugares comunes como piedras, cortezas, fachadas o tejados, y que rara vez son observados o estudiados. Como apunta el ecólogo británico Richard Smith, los jardines urbanos, especialmente los botánicos, son importantes refugios de criptógamas —como líquenes, briófitos y algas—, muchos de ellos inadvertidos para el público general y, a menudo, también para la ciencia.

Roca del Jardí Botànic de la Universitat de València cubierta por un biofilm verde. Trebouxia valentina fue aislada originalmente en 1997 a partir de un biofilm similar, recolectado sobre una roca del propio jardín.

¿Y si no era de aquí?

Tampoco podemos descartar que Trebouxia valentina llegara al jardín acompañando a alguna planta exótica. El Jardí Botànic alberga especies vegetales de los cinco continentes, por tanto, es posible que esta microalga viniera adherida al sustrato o a la corteza de una planta procedente de un ecosistema poco explorado. Tal vez no sea rara, sino simplemente desconocida. Como muchas regiones del mundo aún no han sido estudiadas a nivel microbiano, esta especie podría ser común en algún rincón recóndito del planeta. Como plantea la investigadora i liquenóloga Zuzana Fačkovcová, los jardines botánicos pueden actuar como «islas de biodiversidad» en plena ciudad, siendo refugios para especies raras o aún desconocidas.

Durante mucho tiempo, la microbiología estuvo marcada por la idea de que “todo está en todas partes”, concepto introducido por Baas Becking en 1934, según el cual los microorganismos tendrían una distribución prácticamente global y serían las condiciones ambientales las que determinarían cuales prosperan en cada lugar. Sin embargo, esta visión ha sido cuestionada en el caso de las microalgas y, en particular, de los simbiontes liquénicos. Lo aclara la experta en macroalgas e investigadora del Museo de Historia Natural de Londres, Juliet Brodie, que afirma que existen evidencias de que algunas algas están en peligro y que otras se han extinguido en los últimos años debido al impacto de las actividades humanas. Para lograr una protección realista de estas algas, es necesario aplicar estrategias ex situ, como el uso de colecciones de cultivo, y también estrategias in situ, como la aplicación de leyes ya existentes para proteger especies y hábitats.

Una localidad tipo urbana… e insólita

Una localidad tipo es el lugar donde se recogió el ejemplar empleado para describir una especie por primera vez. Mucho más que un simple punto geográfico, constituye el punto de referencia científico permanente para esa especie. Cuando aparecen dudas sobre su identidad, se descubren nuevas poblaciones o las técnicas de estudio permiten obtener información que antes era inaccesible, quienes investigan vuelven siempre a la localidad tipo en busca de nuevos ejemplares. Por ello, recientemente se ha propuesto que las localidades tipo sean consideradas un elemento prioritario en las estrategias de conservación, ya que representan un patrimonio científico irreemplazable y constituyen el punto de referencia para el estudio y la protección de la biodiversida

Que la localidad tipo de Trebouxia valentina se encuentre en pleno centro de València resulta, por tanto, extraordinario. Cuando pensamos en el descubrimiento de nuevas especies, solemos imaginar selvas, montañas, desiertos o regiones remotas todavía poco exploradas. Sin embargo, esta microalga apareció sobre una roca del Jardí Botànic de la Universitat de València, un espacio verde inmerso en una gran ciudad. Este carácter excepcional inspiró también su nombre específico, valentina, un homenaje tanto a la ciudad actual como a su nombre romano, Valentia.

Si en el futuro esta microalga vuelve a encontrarse en el Botànic, su localidad tipo adquirirá un valor científico excepcional. Redescubrir una población natural permitiría disponer de un reservorio de la especie, esencial en caso de que las cepas conservadas en ACOI y ASUV se perdieran por cualquier motivo. Además, ofrecería una oportunidad única para estudiar cómo vive esta microalga en estado libre, cuáles son las condiciones ambientales que necesita y cómo se mantiene sin la asociación con un hongo liquenizado. Su descubrimiento demuestra que incluso los espacios verdes situados en el corazón de las ciudades pueden albergar organismos desconocidos para la ciencia, y pone de manifiesto la importancia de conservar estos enclaves, no solo por las plantas que contienen, sino también por la extraordinaria biodiversidad microscópica que albergan y que, en gran medida, sigue siendo desconocida.

Más allá del ojo humano

El caso de Trebouxia valentina nos recuerda que aún queda mucho por descubrir. La ciencia no solo avanza en los laboratorios más sofisticados, sino también observando lo cotidiano con ojos curiosos. Esta microalga urbana nos habla de la riqueza de lo invisible, de la importancia de los jardines botánicos como espacios de conservación y del papel fundamental que desempeñan los microorganismos en el funcionamiento de los ecosistemas.

Un descubrimiento que también pone de relieve el valor de la colaboración internacional y de la conservación de muestras biológicas durante largos periodos. Sin el trabajo conjunto entre ACOI y ASUV, y sin el mantenimiento de las colecciones de cultivo durante casi tres décadas, Trebouxia valentina probablemente habría permanecido como una cepa anónima o incluso se habría perdido para siempre. Las colecciones biológicas no son simples archivos: constituyen auténticas bibliotecas de biodiversidad que preservan un patrimonio científico de valor incalculable para las generaciones futuras.

Imágenes de microscopía electrónica de transmisión (TEM) de Trebouxia valentina, mostrando detalles de la ultraestructura celular de la especie.

En un mundo que se enfrenta a una acelerada pérdida de biodiversidad, reconocer la existencia de esta «vida invisible» resulta esencial. Conservar los ecosistemas urbanos no significa únicamente proteger árboles, aves o mamíferos; también implica preservar el hábitat de miles de microorganismos que sostienen el funcionamiento de los ecosistemas y que, en muchos casos, siguen siendo desconocidos para la ciencia. Una pequeña roca cubierta por un discreto biofilm verde puede albergar una especie única. Quizá la próxima gran especie nueva para la ciencia no se encuentre en una selva tropical ni en una isla remota, sino sobre una roca cualquiera, en el corazón de una ciudad. La historia de Trebouxia valentina nos recuerda que aún quedan mundos enteros por descubrir, incluso en los lugares que creemos conocer mejor. Porque la biodiversidad no entiende de tamaños y, a veces, lo más extraordinario está justo frente a nuestros ojos, aunque no podamos verlo.

Bibliografia

  • Azevedo-Santos, V. M., & Ottoni, F. P. (2025). Conserving the type locality hotspots. BioScience, 75(8), 609–611.
  • Baas Becking, L. G. M. (1934). Geobiologie of Inleiding tot de Milieukunde. The Hague: W. P. Van Stockum & Zoon.
  • Brodie, J., Williamson, C. J., Smale, D. A., Kamenos, N. A., Mieszkowska, N., Santos, R., Cunliffe, M., Steinke, M., Yesson, C., & Anderson, K. M. (2009). Are all algae protected? Phycologia, 48(5), 459–466.
  • Chiva, S., Bordenave, C. D., Assunção, M. F., Craveiro, S. C., Calado, A. J., Barreno, E., & Santos, L. M. (2025). Revisiting the free-living Trebouxia strains of the Coimbra Collection of Algae (ACOI): Trebouxia valentina sp. nov. (Trebouxiophyceae, Chlorophyta). European Journal of Phycology, 60(1), 53–66.
  • Façkovcová, Z., Benesperi, R., Vondrák, J., Ravera, S., & Malíček, J. (2024). Islands of lichen diversity in urban environments: A hidden richness in botanical gardens. Italian Botanist, 18, 245–258.
  • Smith, R. M., Thompson, K., Hodgson, J. G., Warren, P. H., & Gaston, K. J. (2010). Urban domestic gardens (XIII): Composition of the bryophyte and lichen floras, and determinants of species richness. Biological Conservation, 143(4), 873–882.
Doctor en Biología por la Universitat de València e investigador especializado en la biología, diversidad y ecología de los líquenes y sus algas simbiontes.
Con niños pequeños en casa, mi principal afición ahora mismo es descansar. Cuando puedo, disfruto quedando con amigos o viendo una película. En casa tengo un pequeño zoológico: un perro, una tortuga, hormigas e insectos palo. Al poner gasolina, el importe debe acabar en impar, pero nunca en 5. Y el olor a coco me da grima.
extern Colaborador Externo
Send this to a friend