Conservación Jardín Botánico UV

22 Abr 2026

El Botànic, el lugar donde un almez te da la bienvenida

Estrenar colaborador siempre es una buena noticia para Espores, pero esta vez, además, lo hacemos hablando de un lugar muy especial del Jardín, su entrada, que a buen seguro, si habéis venido (no lo dudamos) os habrá llamado la atención. Pero no os dejéis engañar, no analizaremos aquí el árbol desde un punto de vista botánico, sino metafórico. Porque la visita al Jardín no está solo para aprender, también sirve para hacernos preguntas. Algunas incómodas, otras reveladoras. Entra. Hazte preguntas. Y no te olvides de mirar hacia arriba, verás las ramas del almez (llidoner).

Dietario 21 de enero de 2026.

Sobre “un árbol” a la entrada del Jardín Botánico de la Universidad de Valencia.

Antes que nada, quisiera pedir disculpas por el atrevimiento que puede suponer dirigir esta reflexión cariñosa al Jardín Botánico de la Universidad de Valencia.

Soy consciente de que hablo desde fuera del ámbito académico y técnico, y que el conocimiento científico tiene sus espacios, sus tiempos y sus exigencias. Justamente por eso, creo necesario añadir que el mundo académico —a menudo condicionado por estructuras, presupuestos y dinámicas propias— corre el riesgo de quedarse, sin quererlo, dentro de una cierta torre de marfil. Alzar la mirada y reconocer el entorno vivo que lo rodea, y la participación ciudadana que les puede aportar experiencia y sentido, no debería ser una amenaza, sino un complemento necesario.

Almez (Celtis australis) sobresaliendo por el techo del edificio de investigación del Jardí Botànic UV, a través del patio circular diseñado a su alrededor. / Imagen: JBUV

Entrar al Jardín Botánico siempre impone. Por el valor del lugar, por lo que representa y por el respeto que merece. En el interior, las plantas y los árboles se expresan con una libertad admirable: se deja que cada especie crezca según su propia lógica, con una intervención mínima, respetuosa, casi invisible. Esta naturalidad es, sin duda, una de las grandes virtudes del Botánico a mi parecer. Precisamente por eso, el contraste es tan impactante cuando, en la misma puerta de entrada, el visitante se encuentra con “un árbol” extraordinario que vive una situación radicalmente diferente.

No se trata de un problema reciente ni circunstancial. El árbol está inclinado de nacimiento y ya lo estaba desde el mismo momento en que el edificio se reconstruyó a su lado. El lugar era suyo. La arquitectura que ahora lo contiene llegó después, y aquella convivencia no se resolvió bien, creo.

La visita al Jardín Botánico la hicimos como alumnos de La Nau Gran de la UV en el campus de Ontinyent, dentro de la asignatura Cambio Climático y Sostenibilidad, guiados por las profesoras: Raquel de Rivas y Olga Mayoral (extraordinarias). No fue una visita turística ni decorativa, sino una aproximación consciente a un espacio donde conviven investigación científica, gestión del patrimonio vegetal y responsabilidad pública, con todas las tensiones que ello conlleva. El Botánico es un jardín histórico, pero también un lugar vivo, transformado en las últimas décadas con la incorporación de edificios de investigación, bancos de germoplasma y nuevos usos, no siempre sin conflicto con los árboles y estructuras preexistentes.

En este marco, el árbol de bienvenida —un almez según la ficha— se convierte en una clave de lectura esencial. Tal como se describe en el texto publicado en la revista Espores: «Un almez de bienvenida y tres muros más, el edificio de investigación se construyó alrededor de este árbol gigante, tan característico de las antiguas alquerías valencianas, de donde tradicionalmente se ha obtenido madera para la fabricación de herramientas agrícolas». La alusión a la vida campesina y a los usos sostenibles de las plantas es clara, pero el gesto contiene también una carga simbólica más profunda, a mi entender.

El almez en la entrada del Jardí Botànic UV / Imagen: Elisa Caballer

El almez, con más de doscientos años, inclinado hacia el sur y hoy sujeto con tirantes que transmiten una sensación de fragilidad, actúa como una metáfora evidente de la situación del mundo rural actual. Es un mundo valorado en el discurso, protegido con buenas intenciones, paseado y estudiado por numerosos técnicos, pero a menudo cercado por estructuras ajenas a su propia lógica, obligado a adaptarse para poder sobrevivir.

El árbol queda integrado en el vestíbulo, sí, pero también condicionado. Esta imagen resume el espíritu —y las contradicciones— del Jardín Botánico: preservar, investigar y avanzar sin terminar de escapar de la tensión entre el respeto por lo que ya estaba allí y las necesidades del presente.

En este mismo sentido, quiero destacar también la colección de viñas, un espacio de gran valor patrimonial y simbólico, donde he tenido la oportunidad de colaborar puntualmente aportando plantas de Malvasía, Verdil y Faranna, variedades que desde Microvinya hemos recuperado y hecho llegar gracias al trabajo compartido con personas como Carles Jiménez, Julio García, Carmina Gisbert o Pepe Guillem. Este espacio, como el conjunto del jardín, resume muy bien una manera de entender la relación entre conocimiento, territorio y responsabilidad: preservar, observar y dejar expresar.

Colección de viñas del Jardí Botànic UV, centrada en la conservación de las variedades tradicionalmente cultivadas en la Comunidad Valenciana / Imagen: Elisa Caballer

Como alumnos de La Nau Gran, la visita nos sitúa en un lugar incómodo pero necesario: observar con atención, entender los equilibrios frágiles y asumir que la sostenibilidad no es un relato amable, sino un ejercicio constante de límites. El almez no es solo patrimonio vegetal; es una advertencia silenciosa que habla del campo, del territorio y del futuro que estamos dispuestos —o no— a garantizar. Mientras dentro del recinto los árboles son dejados expresarse con dignidad, fuera nos recibe un árbol prisionero. Un árbol condicionado, como si fuera un reclamo triste, como un león encadenado a la entrada de un circo.

Esta imagen, tan poderosa como incómoda, desmonta de un solo golpe el relato que se explica en el interior, no por incoherencia teórica, sino por una realidad física que habla por sí sola. Para quien está acostumbrado a observar el territorio, el patrimonio vegetal y el mundo rural —ahora que estamos en tiempo de poda— este árbol no es solo un árbol: es una voz. Habla con el cuerpo, con los brazos forzados, con una inclinación que no es natural sino impuesta. No pide gestas ni soluciones espectaculares. Pide ser liberado del conflicto que lo mantiene sometido.

Almez (Celtis australis) sobresaliendo por el techo del edificio de investigación del Jardí Botànic UV, a través del patio circular diseñado a su alrededor. / Imagen: Coque Güemes

Desde el mundo del minifundio, desde la relación directa con la tierra, con las cepas, con los árboles que cuidamos y recuperamos, sabemos que intervenir no es dominar, sino acompañar. La poda es un equilibrio frágil entre la tijera y la caricia. Es una manera de hacer que combina conocimiento, intuición, respeto y tiempo. Una mirada quizás más poética, pero profundamente humana, que ha sostenido el territorio mucho antes de que fuera clasificado, ordenado o estudiado.

Este árbol, a la entrada del Botánico, ahora ya mi amigo, se convierte inevitablemente en una metáfora del modelo de edificación y urbanismo que ha marcado el País Valenciano: un modelo que habla de sostenibilidad mientras fuerza al medio a adaptarse a decisiones ya tomadas. El hecho de que esta metáfora sea reversible es, precisamente, lo que da sentido a este escrito.

Retrato del almez emblemàtic, per Joan Cascant.

Esta reflexión no pretende cuestionar criterios profesionales ni autoridades. Pretende, simplemente, aportar una mirada complementaria y recordar que, a veces, escuchar lo que un árbol muestra —y lo que simboliza— también forma parte del conocimiento botánico y de la responsabilidad colectiva hacia el territorio. El almez que da la bienvenida no es solo un árbol singular. Es una presencia que habla en voz baja de tiempos largos, de cuidados sostenidos y de una sabiduría colectiva que no se improvisa. A su alrededor, como ocurre en toda institución viva, hay muchas manos y muchas miradas que lo hacen posible: las que plantan, las que mantienen, las que estudian, las que explican, las que abren la puerta cada mañana sin hacer ruido. El respeto al Jardín nace de aquí, del reconocimiento a esta comunidad diversa de personas que lo sostienen y le dan sentido, como un sistema de raíces que no se ve pero que aguanta todo lo que crece por encima en medio de la gran ciudad. Ojalá ese mismo respeto se tuviera por las ya pocas manos, garantes del territorio, que sostienen el increíble «jardín botánico» exterior que se está abandonando.

El almez, firme y discreto, termina siendo así también una metáfora amable y reivindicativa de aquello que funciona cuando el trabajo colectivo se pone al servicio del bien común. Visitar el Botánico de Valencia es un momento que hay que vivir, gracias a las personas que lo sostienen.

Delineante Proyectista, Vinatero en el Celler del Minifundi, Labrador minifundista y microviñero
Se declara un inconformista innato y apasionado reivindicador del mundo rural, promoviendo actividades para vincularnos a nuestra tierra. Las excursiones, el voluntariado, la lectura y el dibujo definen su día a día, cuando no está rodeado de viñas. Lleva entre manos el proyecto Microvinya, de recuperación de patrimonio natural e implantación de una viticultura sostenible. elviart.org cellerminifundi.com
extern Colaborador Externo
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