10 PREGUNTAS VERDES A… ANDREU ESCRIVÀ
Hablar con Andreu es hacerlo con un ambientólogo y divulgador atípico. No solo porque lo que más le gusta es definirse como un «pesado climático» —quizá actualmente no haya otra forma eficaz de hablar del tema que siendo un pesado—, sino también porque, cada vez que lo escuchas en una charla, mesa redonda o entrevista —un pesado lo es a tiempo completo—, acabas viendo desmontada alguna certeza o afirmación de la que estabas completamente convencida. Ganó el XXII Premio Europeo de Divulgación Científica Estudi General con la obra Aún no es tarde y, desde entonces, no ha dejado de perder horas de sueño para que en nuestras estanterías tengamos ¿Y ahora yo qué hago?, Contra la sostenibilidad y La Tierra no es tu planeta. Unas páginas necesarias para reflexionar y repensar todo aquello que nos rodea, tratar de ver el camino con mayor claridad y evitar caer en el pesimismo más absoluto. No es fácil, lo sabemos, pero con pesados como Andreu contamos con un poco de ayuda. Buscadlo y escuchadlo y, cuando no lo veáis, tened por seguro que estará refugiado entre el verde y los poemas. Porque ¿qué será de nuestro futuro sin una buena sombra y sin un buen verso?
Abres los ojos por la mañana y lo primero verde que ves es…
La falsa acacia y el palmito que crecen como pueden en las grietas del solar abandonado que hay enfrente de mi casa.
¿Cuál es tu primer recuerdo de la naturaleza?
¿El primero? ¡Uf! Diría que cuando hicimos germinar lentejas y garbanzos en la escuela, dentro de un tarro con algodón húmedo. Quizá tendría cuatro o cinco años y me fascinó profundamente ver cómo se desarrollaba una pequeña planta a partir de una simple lenteja. Todavía recuerdo el olor que desprendía aquel tarro…
¿Y la última planta que has matado?
Mato pocas porque en casa las cuida mi pareja —por suerte para las plantas—, pero creo que sería una de esas plantitas que crecen al poner en remojo un papel con semillas. Eso que se ha puesto ahora tan de moda en determinados encuentros y congresos como una forma de demostrar cierto «compromiso» con la «sostenibilidad» —greenwashing, vaya—.
Un sabor vegetal que odies y otro que te fascine.
No odio ningún sabor, ni vegetal, ni animal ni tampoco mineral. Como mucho, algunos me producen indiferencia. El caqui —el de verdad, no eso que venden ahora en muchos supermercados— no me genera ningún interés. En cambio, me fascinan un buen puñado de sabores. ¿Sería demasiado típico decir un buen tomate bien maduro?
¿Sabes subir a un árbol?
Sí, pero es mejor para el árbol que yo no suba.
Un paisaje que podría inspirar tu próximo libro.
Cualquier páramo desolado, ya sea un desierto de nieve, de roca o de arena. Me interesan los lugares donde aparentemente hay poca vida porque es allí donde se comprende realmente qué es la vida.
Confiésanos tu pecado insostenible.
¡Tengo unos cuantos! Te diría que, como soy una persona que pasa mucho calor, el aire acondicionado se me hace imprescindible durante buena parte del verano. Eso sí, lo peor de todo es un pecado vicario: las dos gatas que tenemos en casa solo comen carne y pescado y, además, toda su comida viene envuelta en plástico. Y como no saben leerme, ¡no pasa nada por sacudirme la culpa y echársela a ellas!
Elige una planta para hacerte un selfi.
Un roble valenciano o un alcornoque, sin duda.
El verano es tiempo de…
Sufrir y exigir una acción climática contundente, directa y útil.
Buscador de setas, cuidador de bonsáis, florista, recolector de semillas, explorador… ¿qué te gustaría ser de mayor?
¡Explorador! Aunque soy demasiado cobarde, lo admito. En casa tengo unos cuantos libros sobre el tema y me fascina especialmente toda aquella gente que, hace siglos y con un equipamiento que hoy nos haría reír, recorrió medio mundo recolectando plantas y animales, tomando notas y documentándolo todo… ¡Quién hubiera podido estar allí, acompañándolos!



