Entrevista a Angelo Salsi

Entrevista a Angelo Salsi

Angelo Salsi es la persona responsable del Programa LIFE y Eco-Innovation de la Comisión Europea. Este ingeniero agrónomo, que se incorporó a mediados de los años 90 a la Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión, es un hombre risueño que rápidamentese gana  las simpatías de los que le rodean. Su carrera, afirma, está vinculada casi desde el principio al programa de conservación medioambiental LIFE.

Participó en la celebración del 25 aniversario de las microreservas de flora que tuvo lugar el pasado 17 de octubre  en el Jardín Botánico de la Universitat de València y pasó también por la Revista Espores. Realizamos la entrevista en “itañol”, como él mismo comenta con humor, pero lo cierto es que se comunica perfectamente en castellano, lengua que decidió estudiar después de su primera reunión en España, donde tuvo que negociar con quince personas sin conocer bien el idioma. Aunque, como asegura, ganó aquel debate.

Este año se celebran los 25 años de la creación de las microrreservas de flora en Valencia. ¿Cómo ha contribuido esta figura a la conservación de la biodiversidad en este tiempo?

La invención del concepto de microrreservas, a principios de los años 90, fue algo muy innovador. En conservación de la naturaleza raramente se desarrollan conceptos muy innovadores pero, en este caso, el camino que tomaron Emilio [Emili Laguna, impulsor de las microrreservas] y el resto del equipo fue totalmente diferente y muy sencillo a la vez porque, al final, se refiere a la protección de especies que están muy aisladas, poblaciones de especies vegetales que están sobre una roca, en un pequeño trozo de tierra que nadie ha tocado. Desde un punto de vista del tamaño en hectáreas podría parecer una contribución pequeña al objetivo de conseguir la protección de la biodiversidad, pero si empezamos a contar la protección de endemismos, la singularidad de las especies que se salvan de la extinción, gracias a inversiones no muy elevadas, el resultado es estupendo.

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Angelo Salsi durante su intervención en la Jornada de celebración del 25 aniversario de la creación de las microrreservas de flora. / Tato Baeza

Desde Europa y el programa LIFE se ha apoyado este programa. ¿Cómo ha evolucionado y se ha extendido esta figura en otros territorios europeos?

Ese es el éxito más importante de esta iniciativa porque LIFE, como casi todos los proyectos europeos, pide a los beneficiarios que se preocupen no solo de todo lo que tienen que hacer, sino también de garantizar la sostenibilidad de la inversión y de replicar lo que han hecho en otros territorios. En el caso de las microrreservas, hablamos de un proyecto que cuando acabó había puesto en marcha 150 microrreservas en una área de España, y rápidamente pasó a otras zonas. También fue muy rápida la replicación de la experiencia en otros países europeos y de fuera de Europa. No tenemos muchos proyectos que hayan conseguido un nivel de éxito tan impresionante en términos de replicación y sostenibilidad.

¿Cuáles son los retos, las acciones prioritarias, ahora?

Todas estas pequeñas áreas donde se protege una planta, tienen muchas veces –para su funcionamiento ecológico– una conexión directa o indirecta con especies animales que, o dependen de la existencia de este tipo de vegetación, o la influencian, o ambas. Normalmente son animales no muy visibles como el caso de invertebrados, moluscos, etc. Si tomamos el programa LIFE, que financia proyectos de conservación de la naturaleza desde hace veintisiete años, vemos que hay un montón de proyectos para animales como el oso, la tortuga, el lince… por nombrar solo algunos. No digo que no sean necesarios o que se deban parar, sino que hay muchas inversiones que se han hecho. Pero si tomamos la parte menos visible de la biodiversidad que, además, es la más importante en número de especies, que es típicamente todo el mundo de los invertebrados, hay muy poco. Y si hay muy poco en LIFE, creemos que no hay mucho más que se esté haciendo en este campo. Entonces, es posible que esta concepción de microrreserva de plantas permita desarrollar también trabajos específicos sobre las especies de animales poco conocidas.

¿En qué medida pueden verse afectadas estas áreas por el cambio climático?

Personalmente no tengo un conocimiento técnico científico suficiente para contestar de manera muy sólida pero cuando tienes una red de zonas protegidas, que no es una red, sino que son «islitas» separadas completamente unas de otras, estás en una situación delicada. Si se da un tipo de presión ambiental como, no sé, la desertificación o la falta de agua, que empieza a operar de sur hacia el norte, las plantas, los animales, en una condición natural del medio donde viven, se pueden trasladar en elevación o longitud. Si no existe esta posibilidad porque tu isla está físicamente separada por kilómetros de territorios muy antropizados que no permiten esta translocación natural, tienes un riesgo. Y si este riesgo ya existe con redes muy grandes como la Red Natura 2000, con las microrreservas creo que el riesgo es mayor porque, por su naturaleza, muchas veces son áreas muy pequeñas y aisladas. Otro gran reto sobre el que trabajar sería la conectividad de estas “islas” no solo de microrerreservas, que es un trabajo muy fino a nivel territorial, sino también de la red Natura 2000. Porque si el apellido es red, es porque hay puntos que están conectados. Si no, no es una red.

¿Cómo ve la participación de los jardines botánicos en estos proyectos?

La veo bien. El problema es que el nivel de participación no es tan óptimo al final. Hay casos magníficos de colaboración como este, pero nos gustaría ver más museos, jardines, zoos, acuarios, todo este mundo que trabaja para mostrar la naturaleza que tenemos y que también desarrolla conocimiento científico y capacidad técnica para hacer conservación ex situ. Eso sería magnífico. A veces hay una cierta desconexión entre el trabajo físico de campo, el de conservación de la naturaleza y el de la administración pública, y con donde está el conocimiento y las técnicas, la tecnología, que está en los museos, los zoos, jardines botánicos. Típicamente el papel del jardín botánico lo vemos cuando se habla de proyectos que son de protección de especies endémicas porque necesitas que alguien se ocupe de su reproducción ex situ y, automáticamente, se piensa en una universidad, en un jardín botánico.

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En la imagen, de izquierda a derecha: el biólogo y conservacionista Joan Mayol, Angelo Salsi, y Vernon H. Heywood, botánico y profesor emérito de la Universidad de Reading (Reino Unido). / Tato Baeza

¿Cree que estas pequeñas áreas protegidas, estas microrreservas, y la tarea de conservación de la biodiversidad que se lleva a cabo en ellas, son suficiente conocidas por la sociedad?

En España, no sé. Podría pensar que sí en el sentido de que con el nivel de éxito que han obtenido en este país puede ser que la ciudadanía las conozca un poco mejor. A nivel europeo, no. En Europa tenemos encuestas que muestran que menos de 1 ciudadano de cada 10 conoce el concepto de la Red Natura 2000, que constituye el 18 % del territorio de la Unión Europea, el conjunto de espacios protegidos más grande del mundo. Y si tenemos este nivel de conocimiento para un proyecto de este tamaño, las microrreservas [ríe]… Tal vez, como el nombre es bastante autoexplicativo, la gente se puede imaginar lo que es. Pero de ahí a decir que los ciudadanos sean conscientes del hecho de que existen este tipo de espacios [duda un momento y continua]… Nosotros nos preguntamos si la población en general tiene conocimiento de estos espacios, pero estoy seguro de que las microrreservas a nivel local, los ciudadanos las conocen bastante bien. Y eso para mí es casi más importante que la gente que vive en las ciudades sepa lo que es una microrreserva porque la conservación de la naturaleza empieza haciéndose con la gente que vive en el campo.

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Angelo Salsi. / Tato Baeza

Hablando de las ciudades, una opción para desarrollar la conservación de la biodiversidad puede ser esta idea de reverdecer las zonas urbanas con iniciativas como parques en las azoteas, jardines verticales, etc. ¿Qué le parecen estas propuestas?

Sí, se pueden alcanzar algunos resultados en términos de biodiversidad. Pero para mí, el resultado principal es que las ciudades serán mucho más habitables desde un punto de vista también antrópico, como paisaje, como adaptación al cambio climático… Lo he visto en mi propia experiencia: puse una terraza verde sobre mi casa, en lo que antes era un techo de cemento, y ahora cada vez que estoy allí, está lleno de himenópteros, mariposas… Los bichos están contentos, pero es más importante la capacidad que tiene esta pequeña inversión de reconectar a un humano con su ambiente natural, poder pararte un momento y mirar a la naturaleza, como lo hacían los naturalistas del Ochocientos… Pasar diez minutos mirando a un animal, viendo lo que hace, preguntándonos por qué se comporta así, observándolo… Normalmente en nuestra vida como personas que habitamos en las ciudades no tenemos ese reflejo. No es que no exista la posibilidad porque hay microlugares con un poco de naturaleza en cada ángulo de nuestras ciudades, pero no nos surge. Tenemos el móvil [ríe].

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Colaboradora de Cultura y Comunicación del Jardí Botànic UV
Periodista especializada en ciencia y salud. En general, me gustan las frases y las personas claras y sencillas. Siempre pienso que con más tiempo podría hacer mejor las cosas pero es una idea que nunca puedo confirmar. (Foto: Tato Baeza).

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