10 preguntas verdes a… José María Lozano
Hace poco el Consell Valencià de Cultura organizaba un encuentro sobre el turismo cultural en el que se reflexionaba sobre la situación que vive actualmente en nuestra Comunitat y si es posible que conviva con el llamado “de sol y playa”. Desde el Jardín Botánico somos también un espacio turístico pero que ofrece una experiencia científica que va más allá del ocio, por eso nos interesa tanto el tema y le hemos lanzado nuestras preguntas verdes al arquitecto José María Lozano, actual presidente del CVC. Le preguntamos por su pasado, por sus querencias botánicas, porque quizá sea nuestra experiencia en el entorno natural la que marque qué tipo de turista somos cuando dejamos atrás nuestra casa y nos lanzamos a ver mundo.
¿Cuál es tu primer recuerdo de naturaleza?
La nieve. Nací en Burgos y la nieve me parecía literalmente natural incluso en la calle, al lado de la Catedral. También quiero recordar un episodio en la carretera, en medio de la estepa, y la estampa de un lobo. Aunque a veces dudo si lo viví o, simplemente, lo oí contar tantas veces. Es memoria de una u otra forma. Y las vacas, esas las recuerdo muy bien, trillando el trigo o en el establo al lado de casa. Aprendí a ordeñar.
¿Cuál de las cuatro R practicas más: reducir, reutilizar, reciclar o recuperar?
Están estrictamente relacionadas. La primera regla del reciclaje es la reducción de volumen o tamaño, para la optimización del transporte y almacenamiento. Reutilizar es una fase -no siempre factible- pero claramente deseable. Segunda oportunidad, segunda vida, son expresiones que van más allá de la utilidad incluso. Recuperar es un término que me gusta especialmente por lo que tiene de cercano a mi profesión de arquitecto. Antes -y no pretendo nostalgia alguna- los hermanos heredaban la ropa de los más mayores (yo ahora “heredo” la de mis nietos jovencitos) y las croquetas o la ropa vieja se hacían con los restos ya previstos del puchero. Así que, con toda modestia, creo practicar las cuatro, porque así me lo enseñaron desde niño.
Una especie vegetal favorita y un lugar donde encontrarla
¡Ufff! La pregunta es muy amplia. Yo estoy loco por las hortensias y con el calor no se dan bien. La buganvilla me encanta en todas sus coloraciones. Es muy caprichosa, pero cuando le gusta un sitio se apodera de todo visualmente. En mi balcón tengo vincas blancas, que nacieron en La Iruela, en la Sierra de Cazorla, y llevan aquí ya un año. Tengo un amigo jardinero que cuida la rosaleda del Jardín del Turia mejor que si fuera suya. Y la tiene hecha un pincel. Todas las flores son hermosas, aunque sea una vulgaridad decirlo.
De arbustos me gusta el endrino y la zarzamora, también el boj. Todos de climas más fríos. Como el helecho (aunque he conseguido aclimatar uno). Y en arbóreas el enebro, el tejo, el olivo y la palmera. Penetrante la jamila de los aceituneros altivos de Hernández y Jaén. Y el eucaliptus monumental del Barranco del Poyo de Paiporta, digno merecedor del galardón por el que apuesta. También la jacaranda que adoraba Rita Barberá. Como guía soy muy malo, pero es cuestión de buscarlas.
El otoño es tiempo de…
Elegir entre las estaciones me cuesta tanto trabajo como buscar favoritos en cualquier tema. Es cuestión de ambición. Lo que nunca me pasa es añorar una estación cuando estamos en otra. En mi pueblo, en verano y a pleno sol, es frecuente saludarse con un complaciente “no hace nada de frío”. Es como tener “buen rollo” con la naturaleza. Que a veces cuesta y parece que ella se esté vengando cruelmente de algo que hacemos mal. Tiene una larga tradición el enfado de los dioses y el exterminio de su creación humana. Pero bueno, el otoño, y en nuestra latitud más, es precioso. El paisaje es una fiesta de ocres y glaucos que los mejores impresionistas han sabido inmortalizar. Y es como una tregua, entre el verano y el invierno. Entre el sol de la playa y el de la Navidad. Claro que también me gusta el otoño. Es tiempo de todo en otoño.
Un jardín para perderse
Cuando respondo a esta pregunta, que no es infrecuente entre mis invitados, siempre empiezo por el que ahora dejaré para el último lugar. Y a riesgo de ponerme cursi o pedante (o las dos cosas a la vez) diré, como el clásico, que Valencia es un vergel y, en términos más sofisticados, que el ecosistema verde que forman La Albufera, la huerta periurbana y el Jardín del Turia con su Parque de Cabecera, no tiene parangón en Europa.
Y si los Viveros, Jardines del Real que aún merecen mayor mimo, los de Monforte o Ayora, el de Polífilo entre los más recientes, están en la agenda obligada de los amantes de los jardines, la primavera testifica cada año esa capitalidad verde que Valencia mantiene. Y un rosario de jardines menores, públicos y privados, como lo es el jardín romántico del Palau de Forcalló que disfrutamos en el CVC y enmarca mi despacho.
Perderse, lo que se dice perderse, no es lo que pasa en el Jardín Botánico de la Universidad de Valencia. Visitarlo es una vivencia tan hermosa como didáctica. Una delicia para el aficionado y un banco de datos para el experto. Su historia y la probada competencia de su gestión hacen de él lugar para encontrarse en eventos culturales y científicos. Pero sí, es compatible con “perderse” en buena compañía o leyendo en solitario (lo hice con la poesía de María Beneyto recientemente) y soñar con un mundo mejor.
Un aroma que siempre te recuerde al campo
¡Cómo son los aromas! Me viene a la cabeza aquella novela de Patrick Suskind que luego se llevó al cine. Me emboba el olor a hierba recién cortada. En los pinares densos el olor de la resina llega a embriagar. Y el azahar, cuando Valencia huele a azahar -yo creo que todavía ocurre- se te olvidan los coches. Tiene algo de perverso, pero también me priva el olor de la madera recién cortada. Debería haber catas a ciegas de madera recién cortada. Y me fascina la tierra mojada. La buena tierra, de cultivo, productiva, bien cuidada y roturada, que huele a nobleza como el agricultor o el labrador que la cultiva. Y los rebaños de vacas o de ovejas, que tienen un olor característico, cálido, como de portal de Belén, un perro que las protege y un pastor sabio que las cuida.
Un libro importante para ti en el que la naturaleza sea la protagonista
Supongo que debo eludir la cita de tanto libro de paisaje, entre ellos los de Pilar de Insausti, con ánimo profesional o de investigación. Y si hablamos de novela o de ensayo, sin hacerme a mí mismo la trampa de repasar mi modesta biblioteca, y entendiendo ese protagonismo de manera amplia, se me ocurre pensar en Delibes o en Cela mientras recuerdo el famoso librito de Tanizaki sobre una naturaleza muy íntima y doméstica, la sombra. Y muy mágica a la vez. Se hizo muy popular en su día aquella novela de Mendiluce, Pura vida con la naturaleza de Costa Rica como fondo.
Y si incluyo el paisaje urbano, reconozco mi debilidad por la descripción poética de las ciudades y los edificios. Leer a Paco Brines sobre ELCA es estremecedor por hermoso.
El cambio climático ya nos ha llamado a la puerta, ¿llegamos tarde?
Siempre he sido partidario del “mejor tarde que nunca”. Cuando escribo son días muy tristes de recordar y las simplificaciones no son buenas. El cambio climático es una realidad constatable. Sé que es provocador, pero no tiene mayor interés práctico el desacuerdo -incluso entre los científicos- sobre sus causas más directas. Paliarlo y prevenirlo es la única reacción posible tanto por parte de la administración como por el administrado. Admitiendo los costes sociales y económicos que conlleva. La banalización del fenómeno o el fanatismo en el extremo contrario hacen una pinza perversa de confusión entre la opinión pública, que no debe percibirlo como inevitable. Soy defensor de una cultura del riesgo, de una ordenación preventiva del territorio y de arquitecturas de anticipación. En ello vengo trabajando junto a mis colegas de investigación en la UPV.
Buscador de setas, cuidador de bonsáis, explorador, florista, recolector de semillas… ¿qué te gustaría ser de mayor?
A mi edad ya he ido practicando, sin mucho éxito -y sin encontrar un Rolex- cada una ellas. De setas desde pequeño en la Peña de Bercedo, más mayorcito de “guíscanos” y setas de cardo en la Sierra de Cazorla. Con lo bonsáis no me fue bien, son muy delicados. Pero explorar, recoger semillas o esquejes, elegir y cuidar las flores da mucho gusto. Soy de los que hablo a mis macetas. Las animo cuando las siembro y vigilo su crecimiento. Aunque a menudo fracaso. Estudié Jardinería y Paisaje durante la carrera. He aprendido de Carmen Añón y de Kathryn Gustafson y guardo el Deodendron de botánica valenciana como un tesoro. El agro, el campo español merece un permanente homenaje. Y también más recursos de todo tipo.
3 cosas que te llevarías a un Jardín Botánico
¿Cosas? A ver, ya lo he hecho. En el nuestro y en otros lejanos como el Tropical Botanical Garden de Trivandrum, o en los Jardines de Giverny donde Monet pintó sus nenúfares y en los que he estado recientemente siempre con seres muy queridos. Y, ya lo he dicho, un libro si estoy solo me acompaña. Ahora, con los smartphones no me hace falta tener cámara. Y en plan pragmático es aconsejable llevar agua. Y gorra en sitios soleados. Pero lo principal es llevarse a sí mismo. Y dejarse llevar como si todo lugar en el mundo fuera tan plácido. Ya lo he dicho, aprovechar para soñar con un mundo mejor.



