De Cloris al florecimiento de la vida: flores, coevolución y prosperidad
Las flores revelan secretos fascinantes sobre reproducción vegetal, coevolución de especies y conservación ambiental. Acompañadnos en un recorrido por la botánica, la ecología, la historia y la cultura que nos invita a reflexionar sobre cómo nos relacionamos con ellas y, además, cómo favorecer la biodiversidad, la sostenibilidad y, por qué no, la belleza.
Hoy quiero hablar de las flores, y como me gustan las historias de la mitología, especialmente la griega, comenzaré con una historia que me viene perfecta para el tema: el mito de Cloris y Céfiro. Cloris era una ninfa terrestre que vivía en las praderas y cuidaba las plantas. Céfiro, el dios-viento del oeste, la raptó, y le otorgó el poder de la floración. Así se transformó en la diosa de las flores y la vegetación primaveral. Tuvieron dos hijas: la Primavera, y Karpos, la diosa de los frutos y las cosechas.

Aunque es discutible que la primavera sea hija de la diosa de las flores y no al revés, el mito refleja cómo los griegos entendían la conexión entre las estaciones, la meteorología, y la botánica, así como la relación de los frutos respecto a las flores. Para comprenderlo mejor, debemos entender cada componente desde un punto de vista científico.
¿Qué es una flor?
Las flores son los órganos sexuales donde se producen los gametos, células que al unirse forman un nuevo individuo, y pueden ser masculinos (polen) o femeninos (óvulos). La mayoría de plantas (70-90%) son hermafroditas, con los dos tipos de gametos en la misma flor. Las plantas monoicas (5-7%) producen un tipo en cada flor, y las dioicas (6-7%) solo un tipo en cada individuo. Los términos monoico y dioico vienen del griego, mono o di, uno y dos, y oikos, casa.
No todas las plantas tienen flores; solo las espermatófitas (con semillas), que son de hecho la inmensa mayoría (cerca del 90%), salvo los helechos y los musgos, entre otros. Pueden ser de dos tipos: las gimnospermas («semillas desnudas»), que solo comprenden el 0,3%, entre las que encontramos el pino, el ciprés, el cedro, el abeto y el ginkgo; y las angiospermas («semillas en recipiente»), que las tienen en un fruto, son posteriores y comprenden la gran mayoría restante.
La polinización, la floración y la primavera
Ahora bien, todas las flores realizan la polinización: la llegada del polen al óvulo. Como tienen una movilidad muy reducida, emplean diversos mecanismos para hacerlo: el viento (anemofilia), los animales (zoofilia), el agua (hidrofilia) o medios propios (autogamia). El sufijo -filo significa «con afinidad por». Normalmente las gimnospermas son anemófilas y las angiospermas son zoófilas.
Por otra parte, muchas angiospermas también se pueden reproducir vegetativamente, es decir, de manera asexual, mediante estolones, bulbos o esquejes, entre otros, sin involucrar las flores. Pero en este caso la descendencia es idéntica, limitando la variabilidad genética.
La mayoría de plantas producen flores en primavera porque es cuando las condiciones son más óptimas para su reproducción: temperaturas más cálidas pero moderadas, más horas de luz (fotoperiodo), humedad, lluvias, mucha actividad biológica… Es cuando más sopla en el Mediterráneo el viento del oeste, que es suave y favorable.

Es por eso que hay más alergias al polen en esta estación: las anemófilas lo liberan masivamente al aire, entra por el sistema respiratorio, el inmunitario lo detecta como extraño y trata de protegerse y expulsarlo. Y las consecuencias ya las sabemos: congestión, estornudos, lágrimas…
No obstante, la estrategia más usada por las plantas para la polinización es la zoófila. Por eso emplean flores atractivas, grandes, coloreadas, con buen olor, y casi siempre acompañadas de néctar, un alimento líquido dulce y muy rico en azúcares. En general las polinizan los insectos como abejas, moscas, escarabajos y mariposas, entre otros, los más abundantes en la Tierra, pero también pueden hacerlo vertebrados, como el colibrí, los murciélagos y, ¡incluso, las salamanquesas!

Por esta razón la vegetación espontánea es tan importante: además de mejorar el suelo y prevenir la erosión, también suele aumentar la biodiversidad. Y es que crean microhábitats y corredores ecológicos, y nutren a los polinizadores locales que sirven a su vez de alimento a aves, otros insectos, murciélagos, lagartijas, arañas, ranas etc. Como excepción tenemos las especies invasoras, que la disminuyen. Puedes identificar estas especies tan nocivas con la App gratuita PlantNet y comprobar si aparecen en la Base de Datos Global de Especies Invasoras de la UICN (GISD).

Las semillas
Cuando se produce la polinización, el polen fecunda el óvulo y se forma un zigoto (célula nueva formada por la mezcla de los gametos), que se divide en más y más células hasta que, al madurar, se forma una semilla (el embrión de una planta nueva).
Estas son diversas, en tamaño, color o peso… Tienen mucha energía porque la necesita la planta al comenzar, ya que al inicio no tiene hojas para hacer la fotosíntesis. Muchas son comestibles y de hecho comemos muchas de ellas: cereales (trigo, arroz, centeno, maíz, avena), legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, judías, guisantes), frutos secos (nueces, almendras, pipas, avellanas, pistachos), piñones o bellotas…

Los frutos
En las angiospermas, después de la fecundación el ovario se desarrolla y se convierte en un fruto que protege la semilla, como sucede con la nuez o el coco. Como las semillas tampoco se mueven, las plantas utilizan diferentes recursos para dispersarlas: así tenemos las plantas anemócoras, zoócoras, hidrócoras y autócoras (estas a menudo explotan, se retuercen, o se propulsan como una catapulta). El sufijo -coria significa moverse o dispersarse.

Festón de frutas y flores (c. 1660), de Jan Davidsz de Heem. Hay también insectos polinizadores. Fuente: Rijksmuseum, Amsterdam
En el caso de las endozoócoras, el fruto es nutritivo para los animales. Cuando lo comen, incorporan también las semillas y después las expulsan con los excrementos. Así la planta se dispersa y tiene materia orgánica cerca que fertiliza el suelo. ¡Pero debe de ser resistente a su estómago!
Ejemplos son la manzana, la naranja, el melocotón, la pera…, pero también la oliva, el tomate, el pepino, el calabacín, la berenjena o el pimiento. De hecho, ¡hemos coevolucionado tanto con ellas que los nutricionistas recomiendan comer varias piezas de fruta al día!

Niño con cesto de frutas (1593), de Michelangelo Caravaggio. Muchas veces los bodegones eran un símbolo de riqueza y de prosperidad. Fuente: Galeria Borghese, Roma
Las cosechas de las plantas con flores
Y es que las plantas con flores han sido la base de la alimentación humana en general desde hace miles de años. Con la agricultura domesticamos algunas especies del entorno, y nos adaptamos a sus ciclos biológicos para la recolección y el procesamiento. La disponibilidad de alimentos era más fácil, lo que aumentó exponencialmente la población y permitió que algunos se dedicaran a otras tareas, como la administración, el arte o la ciencia. Es por eso que la agricultura se considera el inicio de la civilización.

Pero también nosotros modificamos las especies domesticadas por selección artificial, la elección humana de los rasgos deseables, escogiendo el fenotipo (características) de los cultivos que queríamos, basándonos en su sabor, el tamaño, su aspecto, cómo se adaptaban al ambiente, la facilidad para comerlas, etc. Así, se cambia de manera indirecta el genotipo (conjunto de genes) responsable de estos rasgos, y por eso muchas especies que comemos ahora no se parecen casi nada a las originarias. Un ejercicio muy interesante es investigar cómo eran antes.
Como curiosidad, el plátano comercial es una excepción entre las frutas en este tipo de selección, porque en este caso eligieron individuos sexualmente estériles que no tienen semillas para que fueran más fáciles de comer. Solo se reproducen de manera vegetativa. Los plátanos salvajes (Musa acuminata, M. balbisiana) sí tienen semillas, y realizan la polinización, pero esto los hace más difíciles de consumir.
De acuerdo con la FAO, aproximadamente tres de cada cuatro plantas agrícolas requieren polinización animal, principalmente las hortalizas, las verduras y los árboles frutales. Esto representa solo un tercio del volumen de producción final, porque muchos de los principales cultivos, como el trigo, el arroz, y el maíz, son autógamos y/o anemófilos. Por ello sus flores son poco llamativas.

En cocina, se llaman verduras a las partes comestibles de la planta que normalmente no son frutos dulces: como las hojas (espinacas, acelgas, lechuga), los tallos (espárragos, apio), las raíces (zanahoria, remolacha, mandioca, nabo), los bulbos (cebolla, ajo), e incluso las flores (coliflor, alcachofa, brócoli). Los tubérculos son partes engrosadas de tallos subterráneos para almacenar energía (patata, chufa, ñame), y las hortalizas son las verduras que se cultivan en el huerto.

Las especies zoócoras y la jardinería
El interés por la agricultura es razonable, estamos diseñados para sobrevivir y el alimento es indispensable. Pero es curioso desde un punto de vista evolutivo que nos gusten las flores de las zoófilas si no las polinizamos.
Plantas autóctonas mediterráneas que pueden servir bien para jardinería son el romero, la retama, la estepa, el tomillo y la ajedrea. Otras que florecen en estaciones diferentes para beneficiar más a los polinizadores son la siempreviva, la margarita silvestre y la hierba de San Juan, durante el verano, y el áster, el ciclamen silvestre y el brezo, en el otoño.

¡Pero cuidado con elegir una planta exótica invasora, que las tienen en algunos lugares, a pesar de ser ilegal su comercio en España si aparece en el Catálogo Español (ver fichas de flora) o en la Comunidad Autónoma si lo hace en el autonómico (Decreto 213/2009 en la Comunidad Valenciana)!
La figura de Flora
El culto a Cloris se magnificó en el panteón romano con la figura de Flora, su equivalente. La veneraron como diosa ancestral de las flores, la primavera, y la fertilidad de los campos, probablemente desde la época monárquica (siglos VIII-VI a.C.), y contaba con un flamen floralis (sacerdote específico), menor, responsable de sus ritos y festividades.

Su culto celebra el ciclo de la vida —las estaciones, las nuevas generaciones—, el amor, la sensualidad, y la abundancia de la naturaleza en paz, frente a la destrucción de la guerra y la violencia. Y es que la economía romana era principalmente rural y agrícola, el trabajo en el campo era la aspiración máxima del ciudadano y la propiedad de la tierra sustentaba su estatus social.

En su honor, en el 238 a.C., durante la República, se establecieron en Roma los Ludi Florae (Juegos Florales), que consistían en actividades festivas y lúdicas del 28 de abril al 3 de mayo compuestas de espectáculos, bailes, carreras, y representaciones teatrales. Eran de carácter plebeyo, con un ambiente licencioso y epicúreo que contrastaba con la severidad de la moral romana. Las prostitutas consideraban el día como propio, y actuaban desnudas en el teatro.

A finales de la Edad Media, los Juegos Florales se reanudaron en Toulouse (1324-1484), pero como certámenes literarios para recuperar la poesía trovadoresca en lengua occitana. Los ganadores recibían flores como reconocimientos simbólicos. Durante el Renacimiento se celebraron en Barcelona (1859) y en Valencia (1879), con la tríada temática clásica «Patria, fides, amor» (Fides era de religión). Los premios respectivos eran l’englantina d’or (rosa silvestre), la viola d’or i argent (violeta) i la flor natural, de elección libre. En la actualidad aún se mantienen en muchos lugares de habla catalana y occitana, pero los reconocimientos son diplomas o premios en metálico.
Las flores vivas como presente
Personalmente, no estoy de acuerdo con dejar de regalar flores, ni tampoco con la asociación cultural de símbolo romántico y atención tan solo a una figura femenina (¿es porque sabemos que son más guapas que nosotros?). Pero sí creo que no deberíamos cortarlas.

Hoy sabemos que cortar las flores es malo para la planta porque le impide reproducirse y perjudica el ecosistema. Además, como no tienen raíces, las flores cortadas comienzan a morir poco a poco. Si lo miramos así, no parece tan buena idea como símbolo de amor.
Me parece mucho más original y mejor regalar la planta entera, o darle semillas plantadas que supongan una sorpresa para quien las tenga que cuidar. Y seguramente pasará ese tiempo pensando en ti.
Es lo que pasa, por ejemplo, con las orquídeas, pero no producen néctar. Alternativas autóctonas que sí lo hacen son la rosa, la margarita y la violeta. Y otras exóticas (pero no invasoras) que lo producen poco son la begonia, el ciclamen, el pensamiento, y el geranio.
Cómo convertir una rosa en un rosal
Pero siempre hay soluciones para todo, y si te regalan rosas y las quieres más tiempo puedes intentar reproducir un rosal por esquejes. Hay diferentes formas, pero te recomiendo reutilizar una botella de plástico para crear un invernadero. Con unas sencillas instrucciones puede lograrse.
Primero de todo hay que cortar la flor y las hojas para evitar la evapotranspiración, y después preparar tallos de unos 15-20 cm de longitud con un corte horizontal en la base, y en la parte superior otro en diagonal para conseguir más superficie de absorción e impedir que se acumule demasiada agua. Y hay que hacerlo siempre por encima de una yema.
Hay que sumergir la parte inferior de los tallos, donde apuntan las espinas, opuesto a la dirección de los brotes, unas 1-2 semanas en agua limpia a temperatura ambiente, cambiándola cada 48 horas. Después las plantaremos en un suelo fértil y las dejaremos en un lugar sombreado.
Seguiremos colocando una botella de plástico invertida que las cubra en el interior y se mantengan la temperatura y la humedad. Finalmente, en cuanto al riego, solo será necesario mantener la humedad del suelo sin que llegue a encharcarse.

La probabilidad de enraizamiento es del 30 al 50%, en unas tres semanas. Es más fácil si los tallos son gruesos porque tienen más energía, y es importante que el lugar sea fresco y que drene bien. Si brota, los rosales prefieren después varias horas de luz diarias, pero mejor no al mediodía, porque es cuando el sol es más intenso y puede quemarlas.
Darle vida a un regalo y cuidar de él cambia el mensaje y la emoción. Citando el secreto que el zorro le confió al Principito en la novela de Exupéry: «Lo esencial es invisible a los ojos; solo se ve bien con el corazón», «Es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que hace que sea tan importante», y «Eres responsable para siempre de lo que has domesticado».

Conclusión y cierre
Así pues, sea cual sea el tipo de amor y el motivo del regalo: familiar, amistoso, erótico, romántico, desinteresado…, puedes contribuir a que la planta se reproduzca mejor, dé lugar a más flores y eso mejore también la estética y la ecología de tu entorno.

¿Y tú, a qué flores te animas a ayudar? ¿Comenzarías con alguna en tu balcón?
Como dijo el poeta, hace más de 2000 años: Omnia vincit amor, et nos cedamus amori!




