Botánica del mes: Gloria Martínez-Sagarra

Este mes tenemos el placer de entrevistar a Gloria Martínez-Sagarra, una botánica apasionada que nos hará coger la lupa para contemplar detalles que pueden pasar desapercibidos. Desde sus primeras incursiones en el campo junto a su padre hasta su labor como investigadora y docente, Gloria nos acerca a su universo vegetal. Además, nos revela cómo su amor por la botánica la ha llevado a explorar montañas, participar en proyectos como Flora ibérica e incluso a mantener una relación de amor-odio con las gramíneas, el grupo de plantas con el que más conecta.
¿Qué te atrajo de la Botánica?
Siempre me han fascinado las plantas, y creo que en esto tuvo mucho que ver mi padre. Con él hice mi primer “herbario” cuando tenía cinco o seis años, y fue quien me enseñó los primeros nombres científicos de algunas especies comunes. Aún recuerdo la ilusión de salir al campo e ir reconociéndolas por mí misma. Mientras otros compañeros se entretenían observando los “bichos”, yo lo hacía con las plantas, esos seres inmóviles, capaces de adaptarse a los lugares más insospechados y con una gran variedad de colores y formas (si eras capaz de apreciarlas).
Sin embargo, fue ya durante el segundo curso de la carrera, en la asignatura de Botánica, cuando realmente se despertó mi interés por el estudio de las plantas. Me gustaba tanto que solía ir a la biblioteca en busca de libros para profundizar algunos temas. Todos estos conocimientos los pude afianzar en el Máster en Biodiversidad de la UAM. Éramos tan solo tres personas en el itinerario vegetal (la Botánica arrasando entre alumnado…), así que eran casi como unas clases prácticas particulares. Ahí fue cuando realmente me di cuenta de que quería dedicarme a la Botánica en mi carrera profesional. También fue el momento en el tuve que empezar a definir qué grupo de plantas me interesaba más. Aunque me gustaban todos, siempre he sentido predilección por aquellos que suelen pasar más desapercibidos, como los briófitos o las gramíneas, grupo este último en el que acabé trabajando. Lo interesante de estos grupos es que, aunque a simple vista pueden parecer muy similares, cuando los observas con detalle descubres una diversidad sorprendente.

¿Nos podrías resumir tu trayectoria profesional?
Estudié Biología en la Universidad Autónoma de Madrid y mi primer contacto con la investigación fue gracias a una beca de colaboración en el Departamento de Botánica. Después de la Licenciatura realicé un Máster de Biodiversidad y, de forma paralela, obtuve una Ayuda para la investigación que me permitió trabajar en la identificación e informatización de especímenes de herbario. Poco después de terminar el Máster, en 2013, conseguí una Ayuda FPI con la que realicé mi doctorado en la Universidad de Córdoba en el marco del proyecto Flora iberica, y que tenía como objetivo el estudio taxonómico de un grupo del género Festuca (Poaceae). Seguí vinculada a este proyecto como investigadora hasta 2021 y, durante todo este tiempo, puede visitar muchos herbarios peninsulares, como por ejemplo el de Coímbra, donde se conserva la colección más importante de Willkomm, además de realizar varias estancias para ampliar mis conocimientos en técnicas moleculares y citogenéticas. Durante estos años también participé en muchas campañas de campo, sobre todo a zonas de montaña del territorio peninsular, lo que me permitió conocer mejor esta flora. A finales de 2021 me incorporé a la Unidad de Coordinación de GBIF España, donde trabajé como coordinadora de proyectos y participé en el desarrollo de estándares sobre información de especies, sin dejar de colaborar en proyectos de investigación con la Universidad de Córdoba.
En cuanto al presente, a finales de 2024 he regresado a la Universidad de Córdoba con una plaza de Profesora Ayudante Doctora, donde ejerzo como investigadora y docente del área de Botánica.

¿En qué consiste tu día a día profesional?
Mi día a día de trabajo es muy variado, y esa es una de las cosas que más disfruto de esta profesión. Buena parte de mi tiempo lo dedico a preparar e impartir clases. La docencia es una experiencia muy enriquecedora porque, además de contribuir a la formación de los estudiantes, me permite seguir aprendiendo y estar al tanto de los avances más recientes en Botánica. También sigo inmersa en la investigación, retomando proyectos y líneas de trabajo en taxonomía de gramíneas, flora regional y conservación que habían quedado en pausa.
Uno de los aspectos que más me gustan de esta profesión es la variedad de entornos en los que trabajo. Un día puedo estar en el despacho leyendo artículos o analizando datos, otro en el laboratorio con muestras, y al siguiente recorriendo una montaña en plena campaña de recolección. Lo que mucha gente no imagina es todo lo que implica recolectar muestras o buscar especies raras. A veces hay que recorrer muchos kilómetros por carreteras complicadas hasta llegar a sitios remotos, y luego caminar campo a través cargando con todo tipo de archiperres (cuaderno de campo, sobres, bolsas, azadilla, cámara de fotos…) porque, claro, las plantas no siempre aparecen donde uno espera. Luego llega el turno de organizar y prensar el material, a veces ya de noche y sin más luz que la de una linterna frontal. Y, por supuesto, todo el trabajo posterior en el laboratorio. Estos días son los más intensos, pero también más enriquecedores porque, además de disfrutar de paisajes únicos, dan una visión más amplia y puedo ver con mis propios ojos lo que he leído en los libros.

¿Estás orgullosa de haber participado en algún proyecto o descubrimiento en especial?
Me siento orgullosa de haber participado en Flora iberica, un proyecto científico de gran envergadura cuyo objetivo fue recoger y estudiar la taxonomía de todas las especies de plantas vasculares (pteridófitos, gimnospermas y angiospermas) que crecen espontáneamente en la península ibérica. Me uní en su última etapa, entre 2013 y 2021, para colaborar en el volumen XIX, dedicado a las gramíneas. Me alegra haber aportado mi granito de arena en un proyecto que involucró a más de 250 investigadores de 72 instituciones y que contó con financiación ininterrumpida desde 1980 hasta 2021.
También he descrito dos nuevas especies de Festuca endémicas de la península ibérica (Festuca greuteri y Festuca devesae). El descubrimiento de nuevas especies es siempre emocionante, pero en el contexto actual de cambio global se vuelve todavía más relevante. Creo que estas aportaciones son clave para mejorar el conocimiento de la biodiversidad y su conservación.

¿Qué importancia tienen este tipo de proyectos para la sociedad en general?
Del proyecto Flora iberica deriva la que se considera la primera flora moderna de la península ibérica, una obra homónima compuesta por nada más y nada menos que 21 volúmenes. Esta obra posiblemente sea la más importante de la botánica española y refleja la increíble riqueza florística de nuestro territorio, con un total de 6.120 especies (6.926 taxones considerando las subespecies) pertenecientes a 1.262 géneros y 189 familias de plantas vasculares.
Aunque algunos grupos han sufrido cambios taxonómicos y nomenclaturales -hay que tener en cuenta que muchos volúmenes se elaboraron hace más de 30 años-, sigue siendo la referencia principal para el estudio de la flora ibérica. Cualquier estudio sobre las plantas vasculares de la península ibérica recurre a esta obra como base para la identificación de especies. Además, proporciona datos sobre la distribución, ecología, número cromosómico y época de floración de las especies, lo que la convierte en una herramienta fundamental no solo para científicos, sino también para gestores ambientales, estudiantes y cualquier persona interesada en la botánica.
¿Qué relación tienes con el Jardí Botànic UV y con su personal?
Tuve la oportunidad de realizar una estancia breve en el Jardí Botànic UV en el año 2020, en el laboratorio del Dr. Josep Rosselló, para extraer ADN de algunas muestras de plantas. Durante ese tiempo, también visité el Herbario VAL y conocí a Xuso Riera y Javier Fabado, quienes amablemente me facilitaron el material de Festuca. Siempre que visito un herbario, no puedo evitar revisar el material de este género, ¡es una deformación profesional! Lamentablemente, mi estancia se vio interrumpida por el COVID, pero sigo en contacto con el personal del herbario y espero poder retomar la revisión de esos pliegos pendientes.

¿Cómo animarías a los actuales estudiantes de biología para se dedicaran a lo mismo que tú? ¿Qué les hace falta?
Les intentaría transmitir el interés y la curiosidad por las plantas, entendiendo la Botánica como una puerta abierta para conectarse de manera directa con la naturaleza y los fenómenos que ocurren en ella. Estudiar plantas no solo es conocerlas, sino entender dónde viven, cómo se adaptan a su entorno y qué papel juegan en él.
¿Cómo valoras la situación laboral del sector?
La situación laboral en ciencia es bastante compleja en España. La inversión sigue siendo precaria, y ya es raro no conocer a alguien que haya tenido que emigrar en busca de mejores condiciones. Al ser una profesión tan vocacional, parece que se da por hecho que trabajar “en lo nuestro” es un privilegio per se. Lo curioso es que, para llegar a este punto, se exigen buenos expedientes, publicaciones y méritos de todo tipo… Solo quienes han estado cerca de la carrera científica saben lo que realmente implica: perseverancia, dedicación y una carrera de obstáculos para alcanzar a algo mínimamente estable. A pesar de todo, en mi caso, creo que el esfuerzo ha valido la pena.
¿Cuál es la habilidad imprescindible para tu trabajo?
La capacidad de observación, la curiosidad y la paciencia forman una tríada imprescindible en el trabajo botánico. La investigación botánica no da respuestas inmediatas, a menudo se necesita tiempo, no solo para recopilar datos, sino también para analizarlos y llegar a conclusiones. Además, el pensamiento crítico, que es clave para avanzar en la ciencia.

¿Te consideras discípula de algún botánico o botànica en especial?
Me considero discípula del profesor Juan Antonio Devesa, catedrático de la Universidad de Córdoba y director de mi Tesis Doctoral. Ha sido una persona fundamental en mi formación botánica y gran parte de lo que sé de plantas se lo debo a él. No solo he aprendido mucho de su manera de entender esta disciplina, sino también de su rigor científico, su generosidad en compartir su conocimiento, su pasión por este trabajo y la forma en que aborda cualquier reto.
¿Cómo imaginas a los futuros botánicos o botánicas?
Como una rara avis. Los estudiantes universitarios apasionados por la botánica que llegan a nuestras aulas no son muchos, y de ellos, no todos convertirán esa pasión en su profesión. Imagino a los futuros botánicos como especialistas en grupos y campos muy concretos, o centrados en el análisis de datos a gran escala. No sé en qué medida se irá desplazando el uso de la lupa por el móvil y el campo por el ordenador, pero lo que sí creo es que, cada vez más, la colaboración con entusiastas y aficionados jugará un papel clave en la investigación botánica.

¿Qué época de la Botánica te hubiera gustado vivir y por qué?
Me hubiera gustado vivir en la primera mitad del siglo XIX -dejando de lado otros factores-, pues fue un período de gran actividad botánica en la península ibérica, cuando los botánicos comenzaron a explorar y documentar sistemáticamente la flora de este territorio. Destaco las figuras de algunos botánicos extranjeros que vinieron atraídos por su diversidad florística y recorrieron la península durante varios años, como Boissier, quien difundió la riqueza florística del sur peninsular, o Willkomm, a quien debemos la primera flora completa de la España peninsular y Baleares. El trabajo de estos pioneros no solo permitió ampliar el conocimiento sobre las plantas autóctonas, sino que también contribuyeron a los primeros herbarios y colecciones científicas, que aún hoy son fundamentales en la botánica, y cuyos pliegos -algunos- han pasado por mis manos.
¿A qué botánico o botánica te hubiera gustado conocer en persona?
Son varios los botánicos a los que me hubiera gustado conocer, pero uno que siempre me ha llamado la atención es Carlos Pau (1857-1937), farmacéutico segorbino. Mi interés por este botánico se remonta a la carrera, cuando una de mis profesoras me recomendó la lectura de sus Gazapos Botánicos cazados en las obras de Don Miguel Colmeiro (1891). Reconozco que disfruté mucho de esta obra, rigurosa y con gran conocimiento botánico, pero también combativa y llena de frases cáusticas como crítica a los enfoques superficiales y pretenciosos en ciencia.

¿Qué herramientas necesitas para tu trabajo?
En mi día a día, la lupa y el micrómetro son imprescindibles para identificar cualquier espécimen, y el microscopio lo necesito para observar los cortes anatómicos de las hojas de Festuca, un carácter que es indispensable para identificar la mayoría de las especies del género. Unido a lo anterior está todo el material de disección, como pinzas, lanceta y punzón, así como cuchillas de afeitar de doble filo, que ya cada vez me cuesta más encontrar, pero que son perfectas para realizar los cortes a mano alzada. No faltan tampoco los utensilios para herborizar plantas, almohadillas para el secado y la prensa. También en algunas de mis investigaciones he utilizado técnicas moleculares en estudios de filogenia y citogenética. Y, por supuesto, ordenador y softwares necesarios para los análisis.
¿Cuál es la parte que menos te gusta de tu trabajo y la más gratificante?
Lo que menos me gusta es la burocracia, con la que he comenzado a lidiar ahora. Sin embargo, hay muchos aspectos gratificantes, como saber que mi trabajo contribuye al conocimiento científico y al entendimiento de la diversidad vegetal de nuestro territorio, aprender algo nuevo cada día y poder compartirlo con los alumnos. También valoro mucho la colaboración con otros investigadores, visitar otros grupos y laboratorios, conocer nuevas técnicas y, en definitiva, intercambiar ideas y aprender de ellos.

¿Eres alérgica a alguna planta? ¿Al polen?
Soy alérgica al polen de gramíneas, algo que no deja de ser irónico porque mi trayectoria científica se ha centrado en el estudio de estas plantas. Recuerdo alguno que otra salida de campo que me dejó literalmente sin aliento. Así, puedo decir que lo mío con este grupo es una relación de amor-odio, y no solo por lo difíciles que son de identificar.
¿Tienes una planta o un paisaje favorito?
Me encantan los paisajes de alta montaña y su tipo de flora. En la península ibérica hay una muy buena representación de estos paisajes y no podría elegir tan solo uno. Me gustan desde los calcáreos del Pirineo aragonés hasta los ácidos del Sistema Central, pero mis favoritos quizás sean los del sureste ibérico, tanto por su riqueza florística y endemicidad como por su geología, además de que son los que más he explorado y nunca dejan de sorprenderme.



