Como veneno caído del cielo

La lluvia ácida es uno de los efectos más peligrosos de la contaminación del aire. Envenena mares, lagos y ríos, mata ecosistemas enteros, contamina campos, cultivos y produce efectos nocivos sobre la salud humana. ¿Es posible parar este veneno caído del cielo?

Aunque el concepto de lluvia ácida ha tomado consistencia en los últimos veinte años (se ha verificado tanto su existencia como sus efectos directos e indirectos), fue acuñado en 1852 por el químico escocés Robert Angus Smith. En aquellos años Angus Smith vivía en Manchester, una de las ciudades industriales más importantes del mundo y también una de las que más polución producían. Centrado en sus estudios de Química medioambiental, Angus Smith comprobó los efectos de la contaminación en la climatología, especialmente en las precipitaciones, comprobando que la lluvia era capaz de quemar los que habían sido verdes prados cercanos a Manchester, porque eliminaba los nutrientes que enriquecen el suelo, empobreciéndolo.

 

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A pesar de que Angus Smith lanzó la voz de alarma sobre la existencia de una lluvia ácida, y que su principal causante era la contaminación industrial, tuvo que pasar casi un siglo para que la sociedad tomara conciencia clara de este problema. A partir de los años setenta del siglo XX prácticamente todos los países del primer mundo estaban ya industrializados. La polución atmosférica comenzó a ser un problema real que preocupaba a políticos, ciudadanos y grupos ecologistas, aunque fueron los pescadores quienes dieron la voz de alarma definitiva al observar que las poblaciones de peces en los lagos se reducía drásticamente, como si el agua los matara. En los países escandinavos, los peces desaparecieron en más de 5.000 lagos, y lo mismo ocurrió en 1.200 lagos en Ontario y en más de dos centenares en Adirondack, en el estado de Nueva York. ¿Qué es lo que estaba pasando?

 

Contaminación que no entiende de barreras físicas, geográficas o políticas

Uno de los principales problemas de la lluvia ácida es que no puede frenarse porque está instalada en las nubes y, al igual que éstas, se va moviendo con las corrientes de aire. Por ejemplo, la lluvia ácida localizada en Quebec (Canadá) y en el este de EEUU tiene su origen en las actividades industriales del segundo país, mientras que la contaminación en Europa central y Gran Bretaña cae en forma de lluvia ácida en los países escandinavos. Por otra parte, Japón, otro de los lugares donde la lluvia ácida está muy presente, atribuye este problema al abuso masivo de carbón que todavía es una realidad en China. Por lo tanto, y teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, no es imprescindible que un país tenga mucha industria para que sufra la lluvia ácida.

 

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En este sentido, la lluvia ácida se convierte en un problema global, y como tal ha de ser legislado por instituciones de rango internacional. De hecho, uno de los efectos más conocidos de la polución atmosférica, junto con el calentamiento global y el efecto invernadero, es precisamente la lluvia ácida, cuyas devastadoras consecuencias han sido expuestas en foros internacionales dando lugar al Protocolo de Kioto, firmado en 1997. Anteriormente, ya se habían tomado otras medidas por parte de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), a la que pertenecen casi todos los países industrializados, y que en 1981 estudió el coste de la implantación de medidas de control. EEUU y Canadá también firmaron en 1990 un acuerdo con las mismas intenciones, la Ley de Aire Limpio. Sin embargo, parece que todas estas medidas son insuficientes: la lluvia ácida sigue siendo una realidad.

 

¿Puede frenarse la lluvia ácida?

A grandes rasgos, la lluvia ácida se forma cuando la humedad del aire se mezcla con el dióxido de carbono y los óxidos de nitrógeno que emiten las centrales eléctricas, las fábricas y los vehículos, todos ellos formados a partir de la combustión de productos derivados del petróleo. Cuando estos gases se mezclan con el vapor de agua del aire, se forma ácido sulfúrico y ácidos nítricos. Ambos ácidos se condensan en las nubes cayendo a la superficie terrestre en forma de lluvia.

 

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Los efectos de la lluvia ácida son devastadores, pero seguramente donde se hacen más evidentes es en el medio acuático, ya que provoca que el pH de los lagos y ríos tengan un nivel inferior a 6, lo que se conoce como acidificación. Esto no sólo mata peces y dificulta la vida acuática, sino que afecta también a la cadena alimentaria ocasionando la intoxicación por comer este pescado y la reducción de zooplacton, algas y plantas acuáticas. Además, el aluminio disuelto con la lluvia ácida genera daños en las branquias de los peces, que dejan de reproducirse, y altera la vida de anfibios, moluscos y crustáceos, una parte importante de la cadena alimenticia en ecosistemas acuáticos.

 

Otro de los espacios donde causa importantes alteraciones es en la vegetación, tanto en bosques como en zonas de cultivo. En los primeros, a pesar de que la lluvia ácida fertiliza el suelo con azufre y nitrógeno también se come el calcio y el magnesio, permitiendo que el aluminio sea el único mineral presente en el suelo y que las raíces de la planta lo absorban fácilmente, provocando su muerte. Respecto a los segundos, se ha demostrado que la lluvia ácida provoca una caída en el rendimiento de los cultivos, interfiriendo en aspectos tan importantes como la fecundación de las flores.

 

Además es capaz también de filtrarse en el suelo, contaminando las aguas subterráneas y corrompiendo las tuberías, que se contaminan de materiales como el aluminio, y de disolver compuestos metálicos muy tóxicos para el hombre como el plomo, el cobre o el zinc. La lluvia de ácidos incluso es capaz de erosionar materiales de construcción como el acero, la pintura o el mármol y ha sido la causa de aceleración de la corrosión de estatuas que habían permanecido impertérritas ante el paso de los años en la Acrópolis ateniense, en Italia, en España o en Japón.

 

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La pregunta que todos nos hacemos, ¿es posible frenar la lluvia ácida? La Agencia Norteamericana para el Medio Ambiente (EPA) ha realizado un informe en el que se explican algunas de las acciones que podemos llevar a cabo para frenar la lluvia ácida tanto a nivel institucional, como social y personal. Para eso los científicos recogen muestras de aire y de agua y miden sus diferentes características, especialmente su de pH y composición química, para ver su grado de acidificación, y así pueden estudiar sus efectos en materiales artificiales y dilucidar cómo podría actuar en el medio ambiente.

 

Una de las medidas que según la EPA son imprescindibles ara reducir la lluvia ácida y su impacto, es la limpieza de chimeneas, tubos de escape y el uso de depuradores y convertidores catalíticos, que impiden la llegada del dióxido de azufre (SO2) y los óxidos de nitrógeno (NOx) a la superficie. Los depuradores pueden instalarse en chimeneas y tubos de escape, mientras que los convertidores deberían ser utilizados por las fábricas.

 

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Sin embargo, el gran reto para combatir la lluvia ácida es frenar el consumo de combustibles fósiles, que son los auténticos generadores de la polución, y para ello es imprescindible el desarrollo de energías alternativas no nocivas con el medio ambiente, como la energía hidroeléctrica, la eólica o la solar.  En el caso de los automóviles y el hogar, el gas natural, las baterías y las pilas de combustible, disponibles para el funcionamiento de automóviles, ayudan a reducir la producción de contaminantes que acaban en la atmósfera.

 

El otro reto es la recuperación de los ecosistemas envenenados, pero no se trata de una tarea fácil. Los ácidos alteran la composición del terreno y de las aguas, cambiando el espacio en el que las plantas y animales pueden sobrevivir, por lo que los ecosistemas que sufren los efectos de la lluvia ácida pueden tarda muchos años en recuperarse y alcanzar su nivel de pH normal.  A pesar de todo existen métodos para que lagos y arroyos se recuperen de forma más rápida añadiéndoles una piedra caliza o cal (un compuesto básico natural) para “cancelar” la acidez. Este proceso denominado encalado se ha usado con éxito en Noruega y Suecia. Sin embargo, es un método caro que debe realizarse varias veces y que se considera un remedio a corto plazo en zonas específicas, que para nada sustituye a las campañas de reducción de la contaminación. Además, el encalado no resuelve los problemas de cambios en la composición química del terreno, ni en la salud de los bosques, ni contribuye a evitar los riesgos en la salud humana.

 

Si quieres consultar el informe de la EPA completo puedes hacer clic en este enlace: http://www.epa.gov/airmarkets/progsregs/arp/index.html

Revista Espores. La veu del Botànic

Redacción de Espores, la veu del Botànic

Revista de divulgación científica del Jardín Botánico de la Universidad de Valencia

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