Plantas con salero

Algunas especies se han adaptado a ambientes con elevadas concentraciones salinas. Estudiarlas supone aprender sobre sus condiciones de crecimiento y la manera de restaurarlas en zonas tan maltratadas a veces como las costas.

Hay plantas que viven en zonas donde la tierra tiene una gran cantidad de sal, y pueden adaptarse a estos suelos, sobrevivir e incluso completar su ciclo vital, son las llamadas halotolerantes. ¿Cómo lo hacen? Desarrollando múltiples capacidades que no se dan en otras especies, como por ejemplo eliminar el exceso de sal a través de poros epidérmicos que tienen en las raíces, brotes u hojas.

 

En otros casos se transforman en crasas o carnosas, acumulando agua en las vacuolas de las células de tallos u hojas, unos compartimentos cerrados por una membrana que contienen diferentes fluidos como agua o enzimas, e incluso sólidos. También pueden acumular o compartimentar la sal en ciertos órganos, como por ejemplo en sus raíces o sistema radicular. Por último, algunas plantas tienen un retraso, o paro, en la germinación al ser superado el límite máximo de salinidad.

 

Pequeñas semillas con importancia

En el banco de germoplasma del Jardín Botánico de la Universidad de Valencia se han realizado investigaciones de este tipo con el fin de saber, en determinadas especies escogidas, cual es su respuesta germinativa a diferentes factores ambientales como la sal, (NaCl) y la temperatura. Así, sabiendo el nivel de tolerancia a distintas concentraciones de sal de las especies estudiadas, obtenemos sus condiciones óptimas de germinación, y los patrones de comportamiento para realizar programas de restauración en el medio natural.

 

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Para un estudio concreto se escogieron 13 especies capaces de tolerar altas concentraciones de sal, pues viven en zonas con elevada salinidad o saladares. Provenientes de l’Albufera de Valencia y el Clot de Galvany, en la provincia de Alicante, se tuvo en cuenta su capacidad de adaptación a diferentes concentraciones para poder hacer una investigación más amplia. Algunas de las elegidas fueraon el junco, Juncus subulatus, el junco marítimo, Juncus maritimus, la lavanda marina, Limonium narbonense, el llantén marino, Plantago crassifolia, la sosa alacranera, Sarcocornia fruticosa, o los cominillos, Spergularia media.

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Spergularia media

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Plantago crassifolia


Y tras la elección de especies viene el trabajo interesante, de campo y laboratorio. Una vez recolectadas las semillas de las plantas, deben estar en un lugar donde la temperatura y la humedad relativa estén controladas, hasta alcanzar todas un nivel de humedad similar. Se sigue con el delicado proceso de limpieza con métodos unas veces mecánicos, otros manuales, pero algunas llegan a ser tan pequeñas que se necesitan tamices o pinzas.

 

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Laboratorio del Banco de Germoplasma del Botánico


Lo que no hemos de olvidar, es que estamos estudiando patrones de crecimiento para después aplicarlos in situ. Así pues, en el caso de las semillas sobrantes del estudio se introducen en cámaras con deshumidificador y aire acondicionado, para alcanzar una humedad relativa entre 10-15% y que después se puedan envasar herméticamente y se conserven a largo plazo.

 

Cómo y para qué se investiga

Cada experimento sigue un proceso distinto. En este caso se centró en tres pruebas. Un barrido con cinco valores de temperatura diferentes, entre 10 y 30ºC, para encontrar las condiciones óptimas para cada especie. También un barrido de sales a diferentes concentraciones, y una última prueba de recuperación de la germinación, para saber si las semillas no germinadas en el medio salino eran capaces de hacerlo en un medio sin sales.

 

Después el seguimiento es decisivo, así como la variabilidad de las muestras. Para cada siembra, en este caso, se realizaron cuatro réplicas, y durante 30 días hubo un control diario para comprobar la germinación, en un fotoperiodo de 12 horas de luz y 12 de oscuridad.

 

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Percentatge de germinació del test de temperatura i recuperació de la germinació d'Arthrocnemum macrostachyum

 

Así, analizando los datos obtenidos, se puede llegar a varias conclusiones, como que la distribución de las especies dentro de un saladar es el resultado de la combinación de muchos factores ambientales, siendo la germinación la primera barrera que una planta debe superar para poder instalarse en un ecosistema complejo.

 

Además se observa en la mayoría de especies un aumento en la germinación a elevadas temperaturas, y en el barrido de sales el porcentaje de germinación sufre un descenso conforme aumenta la salinidad en la solución. Por último, en la fase de recuperación se vio un aumento en la germinación en aquellas semillas que habían estado sometidas a un estrés hipersalino elevado.

 

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Suelo en malas condiciones

 

Pero dejando a un lado por un momento el laboratorio, no hay más que darse un paseo para observar que debido a actividades antrópicas, sobreexplotación de acuíferos y los sistemas de riego actuales, entre otros factores, tenemos el empeoramiento de un gran porcentaje de suelos que se están volviendo salinos, causando graves daños en el entorno. Por eso son importantes estudios como estos, que analicen la capacidad germinativa de estas plantas, según las diferentes cantidades de sal en los suelos, y así llegar a conocer cómo reaccionan, poder catalogarlas y saber dónde crecerán y se adaptarán mejor.

 

Solo así podremos realizar patrones de comportamiento y programas de restauración, y llevarlos de manera práctica al medio natural. Y por lo menos tener un camino abierto para recuperar las zonas más degradadas, y por ello, más olvidadas.

 

Mariola Monllor

Becaria en el Banco de Germoplasma del Jardín Botánico de la Universidad de Valencia. Licenciada en Ciencias Ambientales por la Universidad Politécnica

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