Botánico del mes: Gerardo Stübing

Gerardo Stübing en el Jardí Botànic de la Universitat de València / Foto: Elisa Caballer Gerardo Stübing en el Jardí Botànic de la Universitat de València / Foto: Elisa Caballer

Gerardo Stübing Martínez (Valencia, 1957) es un botánico, artista plástico, investigador y farmacéutico valenciano de origen alemán. Afirma que su apellido llama la atención y es fácil de recordar pero que, por el contrario, resulta complicado de escribir para muchas personas. Licenciado y doctorado en Farmacia, hace años decidió graduarse en Bellas Artes por la Universitat Politécnica de Valencia, donde está haciendo ahora un segundo doctorado.
Profesor de Botánica desde hace más de treinta años en la Universitat de València, explica que empezó a interesarse por las plantas gracias a su padre, quien era un gran aficionado y coleccionista de cactáceas.
Actualmente combina la investigación en proyectos relacionados con la taxonomía, la gestión medioambiental, las plantas medicinales y la etnobotánica. Actualmente coordina junto a Alberto Guillén, especialista en micorrizas, un innovador proyecto sobre su uso en la mejora de cultivos. Enlaza todas estas actividades investigadoras con otros proyectos de carácter artístico y divulgativo, pero siempre guiados por su pasión: las plantas.

¿Qué te atrajo de la Botánica?

Siempre me llamó la atención el medio natural y, sobre todo, como es habitual, los animales. Por eso me planteé estudiar Biología. Pero posteriormente, como mi padre era un coleccionista aficionado de cactáceas, y tenía un jardín con una importante colección, eso me marcó. Finalmente empecé a estudiar Farmacia y allí conocí a Manuel Costa y a Juan Bautista Peris que me inocularon el virus de la botánica y ya, desde entonces, he vivido siempre pendiente de las plantas.


¿Cómo resumirías tu trayectoria profesional?

Empecé como becario en el Departamento de Botánica de la Facultad de Farmacia de Valencia e hice la tesina. Después vino la tesis y mi integración como profesor ayudante y luego ya como profesor titular en dicho departamento. A lo largo de todo ese período, aparte de las tareas docentes, durante varias décadas, me he dedicado a abrir distintas líneas de investigación. Inicialmente fue en fitosociología, posteriormente en taxonomía y luego en gestión medioambiental, etnobotánica y en plantas medicinales. Y ahora, en estos momentos, estoy en la búsqueda de integrar la botánica y el arte. Mi investigación indaga en cómo aplicar la mirada y percepción de un botánico a la creación plástica desde una perspectiva transmoderna. Creo que es un tema importante porque permite difundir el amor por las plantas en la sociedad y, por ende, ahondar en la concienciación frente a la perdida de biodiversidad y el cambio climático. Precisamente sobre eso estoy haciendo un segundo doctorado, ahora en Bellas Artes.


¿En qué consiste tu trabajo?

Actualmente, además de mantener las líneas de investigación ya mencionadas, estoy centrado en cómo proyectar todos los conocimientos que he adquirido a lo largo de estos años en el arte. Y estoy llegando a unas conclusiones interesantes porque me he dado cuenta de que la deformación profesional hace que seas capaz de ver cosas que otros no ven.

 

¿Por ejemplo?

Cuando hago una representación por distintas técnicas de una planta, si uno la ve al natural, no se fija en nada especial y piensa que es un hierbajo. En cambio, si ven la obra acabada dicen: “qué cosa más bonita”. Simplemente porque he extraído de esa planta el detalle o la perspectiva más atractiva y poco habitual. Pero también porque veo lo que hay detrás. Ahora estoy desarrollando lo que denomino “biohaikus”. Los haikus son breves poemas japoneses cuya inspiración suele ser la naturaleza pero vista por alguien que no tiene formación científico botánica. Cuando yo veo una planta estoy pensando: ¿dónde vive? ¿cómo vive? ¿por qué tiene la flor así? ¿cómo dispersa sus frutos o es polinizada? Entonces, en base a todo lo que esa imagen me transmite hago un haiku que también transmite los aspectos biológicos de esa planta en cuanto a su forma y a su relación con el medio.

 

Japón Yakushima

Gerardo Stübing en la isla japonesa de Yakushima, declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO y conocida por sus paisajes y bosques de cedros primitivos.


Como botánico y farmacéutico tu especialidad son las plantas medicinales ¿Qué te interesó de este campo de estudio?

El interés en este campo me lo despertó Juan Bautista Peris, que es mi otro gran referente en Botánica. Las plantas medicinales han jugado un papel importantísimo en la Farmacia. Eso hizo que me introdujese en ese mundo de forma que Peris y yo fuimos un poco los pioneros de la fitoterapia científica a nivel nacional. Ahora ya hay muchos otros grupos de investigación, pero hace treinta años, cuando nosotros empezamos a dar cursos de plantas medicinales desde una perspectiva seria, se puede decir que éramos los pioneros.

 

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Exposición con obras de Stübing en la Facultad de Farmacia de la Universitat de València, centro en el que da clases desde hace más de treinta años.  


¿Estás orgulloso de haber participado en algún proyecto en especial?

Hay uno al que le tengo especial cariño. Es un proyecto precisamente de plantas medicinales que desarrollamos en Cuba junto con Juan Bautista Peris, Santos Cirujano (investigador del CSIC) y Armando Urquiola (investigador y director del Jardín Botánico de Pinar del Río, Cuba), con ayudas del Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Conselleria de Educación. Básicamente, la idea era la siguiente: en Cuba existe un problema con el abastecimiento de ciertos medicamentos que se podía sustituir con plantas medicinales. Por ejemplo, a una aldea llega un señor con una conjuntivitis. Aquí, no hay problema, se le da un colirio con un antibiótico y ya está, pero allí no está disponible. ¿Qué se puede hacer? Se puede tratar esa conjuntivitis con una infusión a base de plantas de la zona. Nosotros hicimos una software ligado a una base de datos con localizaciones, fotografías e indicaciones de composiciones enfocada a su uso en atención primaria, de tal manera que un médico podía introducir en el programa la ubicación y qué problema tenía el paciente, y automáticamente se le mostraba qué plantas de su entorno podía utilizar y de qué manera. Fue un proyecto que se avanzó hasta un 80 % de su ejecución pero, a mediados de los 90, debido a otros planteamientos políticos en España, se cortó la financiación.

 

¿Has conocido a personas interesantes gracias a tu trabajo?

Sí, la verdad es que los botánicos son personas interesantes o, por lo menos, diferentes de lo habitual. Y todos compartimos una sensibilidad especial. Aunque a veces se puedan establecer enemistades momentáneas por determinadas circunstancias, ante una planta todos reaccionamos igual y hay una especie de empatía.

 

Jardín Botánico Madrid Obra Cavanilles

En la imagen, durante la exposición 'Cavanilles/Stübing. Un camino, dos miradas' que se pudo ver en el Real Jardín Botánico de Madrid, en 2016


Hablando de esa sensibilidad, tú tienes esa doble faceta de botánico e investigador y, además, esa parte más creativa. ¿cómo empezaste en el arte? ¿con la fotografía?

Sí, yo inicialmente utilicé la fotografía como medio de documentación. Tengo publicados varios libros con centenares de fotografías, todo con fotografía analógica, que han sido durante mucho tiempo la referencia gráfica en la Comunidad Valenciana. Luego se puede decir que la abandoné, me dediqué a otras cosas y ahora la he retomado como medio de creación artística, de forma que va más allá de la fotografía. Actualmente estoy trabajando sobre todo en técnicas de fotografía del siglo XIX pero aplicadas con la tecnología del siglo XXI. Pasé por una primera fase artística centrada en la “pintura” y ahora he ido evolucionando a este tipo de fotografía.

 

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En el Parque del Gran Cañón (Colorado, EEUU). 

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Monument Valley en Arizona (EEUU).


Un contexto estético en el que la naturaleza sigue siendo tu fuente de inspiración básica.

Siempre. De hecho, tengo ya una percepción deformada y voy siempre mirando las plantas, incluso en la ciudad. Y es que cada vez veo que tienen más de lo que la gente aparentemente ve. Por ejemplo, si tú le haces un dibujo a una persona con unas líneas y unas curvas, probablemente verá el busto de un hombre o de una mujer. Si haces esos simples trazos pero a partir de una planta, si la ve un botánico te dice hasta la especie. En cambio, lo ve otra persona y dice: “no sé lo que es”.


¿Qué crees que te aporta esa dualidad botánico-artista?

Para mí, evidentemente, dedicarme al arte centrado en las plantas no hubiese sido posible sin partir de esa formación botánica. Yo he sido una persona muy germánica y pragmática y he pensado que, en ciencia, todo lo que no fuese para obtener resultados, no servía para nada. Lo del arte lo veía más como un divertimento. Pero creo que eso era fruto de la juventud, porque luego evolucionas y te das cuenta de que es un error garrafal, que arte y ciencia son muy parecidos aunque con algunas diferencias, como que el arte es más libre, necesita menos medios y es más inmediato. A mí, como soy muy impaciente, eso me viene muy bien. Primero, porque no dependo de nadie. En arte, si tienes la suerte, como en mi caso, de tener una profesión que te da de comer, puedes ser libre. Si tuviéramos una mentalidad más artística seríamos más productivos, más efectivos resolviendo problemas, la sociedad funcionaría mejor y viviríamos más felices. La filosofía y el arte son posiblemente las disciplinas que más se deberían potenciar en una sociedad que quiera llegar a unas cuotas de bienestar y de desarrollo adecuados. Pero además, esa proyección artística, en mi caso, permite despertar la sensibilidad hacia la naturaleza, que es precisamente el proyecto artístico científico que tengo en estos momentos en marcha.

 

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Exposición de Gerardo Stübing "Biomorfías" en el Jardí Botànic de la Universitat de València.

Expo Jardín Botánico Valencia

La muestra "Biomorfías" pudo verse en la Sala Hort de Tramoieres del Botànic de enero a marzo de 2014.

 

¿Qué proyecto es?

El de “Joies botàniques de la Ribera” donde precisamente nos centramos en destacar la biodiversidad de nuestro entorno a través de las plantas y el riesgo en el que se encuentra esta biodiversidad. Este es un proyecto comisariado por Aureli Domenech y Tono Herrero, en el que participan la Mancomunitat de la Ribera, la Universitat de València a través del Vicerrectorado de Proyección Territorial y Sociedad, y la Conselleria de Agricultura, Medio Ambiente, Cambio Climático y Desarrollo Rural.
En el proyecto hemos seleccionado 35 plantas de la Ribera, unas muy raras, otras en peligro de extinción, otras comunes… y las hemos representado mediante fotografía alternativa. Cada planta lleva una ficha incorporada con un código QR con el que se puede acceder a la información. La pieza central se llama Mayo de 2050 y es un calendario de ese mes y año, que pretende mostar la problemática de la pérdida de biodiversidad y nuestro papel activo, muchas veces inconscientemente, en ella. En cada casilla se representa una planta. Al lado hay una urna donde la gente vota cuatro de esas plantas porque, según las previsiones, es el número proporcional de las especies vegetales seleccionadas que habrán desaparecido en 2050 si no ponemos remedio. Así, simbólicamente, con el hecho de escoger una papeleta y meterla en la urna, mostramos que a través de nuestros actos estamos eligiendo salvar o acabar con determinadas especies.

 

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Pieza Mayo de 2050, en la exposición "Joies botàniques de la Ribera" en Sumacàrcer (València).


¿Cómo piensas que ha cambiado tu trabajo con los años?

Nosotros hemos pasado de la botánica tradicional en la que yo me formé, florística fundamentalmente, a una botánica en la que el empuje de la biología molecular y de los nuevos avances científicos es innegable. Ahora creo que estamos volviendo otra vez al punto justo porque durante un tiempo lo que no era biología molecular se despreciaba. Y poco a poco, se ha visto que la gente con conocimientos florísticos está desapareciendo y no hay sustitución. Y aunque haya muchos programas y apps para determinar las plantas, a la hora de la verdad, ante una planta difícil, o coges a un buen florista o no puedes determinarla y eso requiere una formación de muchos años. Evidentemente, no estoy diciendo que el 80% de los esfuerzos de la botánica tengan que centrarse en estas disciplinas más antiguas, pero sí que tiene que haber un 10% o un 20% de esos recursos que mantengan viva esa formación porque es imprescindible, es necesaria.


Después de años de profesor ¿animas a los estudiantes a que se dediquen a lo mismo que tú?

Es que en estos momentos, insisto, la botánica está un poco de capa caída aunque esto cambiará, estoy seguro. En cualquier caso, actualmente las decisiones formativas tienen que tomarse teniendo muy en cuenta aspectos vocacionales ya que las salidas profesionales no están garantizadas en ningún caso. Así que si te gusta algo … hazlo.

¿Qué futuro le auguras?

A corto plazo le auguro un futuro difícil, aunque a causa del cambio climático y de la necesidad de preservar la biodiversidad se está volviendo a despertar la sensibilidad por este tipo de disciplinas. Y eso creo que puede hacer que la botánica tradicional, incorporando todos estos nuevos conocimientos, vuelva a ocupar el lugar que le corresponde.


¿Cuáles son las habilidades imprescindibles en tu trabajo?

Imaginación, creatividad y trabajo, mucho trabajo.


De todas las especies vegetales con las que trabajas ¿cuál dirías que es tu favorita y por qué?

Es que realmente me gustan todas. Lo digo en serio. Además, depende del momento. Inicialmente, las observaba desde el punto de vista de la rareza o del posible aporte que te podía hacer para una publicación. Ese era el interés, pero ahora las observo simplemente por lo que transmiten, por su potencial estético-plástico. Otra cosa importante es que hay que “quitarles el color”. Para poder apreciar una planta hay que olvidarse del color porque eso te lleva automáticamente a la flor y a los tópicos que tenemos establecidos.


Parece arriesgado quitarle el color.

Qué va, es espectacular. Ves formas, estructuras, fractales… te enamora. Tú ves una hoja marchita, incluso podrida en el suelo, con distintos colores, con unas hifas o con un hongo que está desarrollándose y es un micromundo vivo con unas formas preciosas… pero tienes que abstraerte del concepto de la rosa y el clavel, que es en lo que todos pensamos.


¿A qué botánico o botánica te hubiera gustado conocer en persona?

Posiblemente a Heinrich Moritz Willkomm porque el Prodromus Florae Hispanicae lo hemos utilizado muchos como libro de cabecera, a la hora de determinar, antes de que estuviera Flora Europea. Es apasionante y te hace preguntarte ¿cómo es posible que se hiciese esto con los medios que se tenían antes?

 

¿Qué es lo primero que haces al entrar en tu despacho?

Depende del día. Antes, he de reconocerlo, lo primero que hacía era encender el ordenador y ahora es enchufar el móvil y verlo. Pero eso lo hago en casa, antes de salir así que cuando llego al despacho, como ya tengo toda la información, me puedo tomar un café. Pero no tengo costumbres muy fijas.

¿Qué salvarías de tu despacho en caso de incendio?

Las diapositivas. Tengo muchas 30.000 o más.

 

¿Cuál es la parte más farragosa de tu trabajo y la más gratificante?

La verdad es que mi trabajo es fantástico. Por supuesto que he pasado épocas malas, pero lo miro en perspectiva y me considero un privilegiado. Me gusta dar clases, me gusta lo que hago en la parte artística… Me quedo como estoy.

Revista Espores. La veu del Botànic

Redacción de Espores, la veu del Botànic

Revista de divulgación científica del Jardín Botánico de la Universidad de Valencia

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