La llamada del silencio, el Real Jardín Botánico de Madrid reclama su lugar

A escasos metros del Museo del Prado y mirando de frente al Parque del Retiro, el RJB de Madrid - CSIC, modesto en extensión pero de sorprendente belleza, reclama la atención de los turistas en el trasiego rutinario entre dos de los principales polos de atracción de la capital.

Para el que sale del museo, el simple hecho de sentarse en un banco y entregarse a la muy recomendable tarea de escuchar el silencio en cualquiera de sus terrazas bien puede servir de merecido descanso tras el obligado y largo recorrido de pasillos entre goyas, picassos, grupos de entrañables jubilados o alborozados estudiantes. Si en cambio vienes del Retiro, embriagado por la melancolía del inevitable paseo en barca, el contrapunto puede ser la contemplación en el invernadero de exuberantes plantas tropicales imposibles de ver por estas latitudes.

 

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En cualquier época del año y especialmente ahora en primavera, este pequeño tesoro botánico, con sus cerca de cinco mil quinientas especies vivas, se ofrece al visitante como el mayor vivero de plantas de España y uno de los mayores de Europa. Su escasa superficie, de poco más de 8 hectáreas, no es óbice para que sea considerado un vergel de inmenso valor en el que fueron dejando huella desde sus comienzos a mediados del siglo XVIII los más ilustres botánicos españoles: Ruiz, Mutis, Cavanilles, Lagasca o Colmeiro prestigiaron y enriquecieron el Real Jardín con sus viajes a las Américas para el estudio de su flora. Además, los expedicionarios enviaron semillas para que fueran sembradas en los parterres del Jardín, y así, poder estudiarlas a su vuelta. Hoy en día podemos deleitarnos con ejemplos de las mismas especies cultivadas en aquellos tiempos.

 

Y es que si algo distingue a este jardín de otros es su diversidad, ya que si tenemos en cuenta que en la Península Ibérica, siendo una de las regiones con mayor variedad florística de Europa, disponemos de siete mil especies vivas, la exhibición de las más de 5000 del jardín lo sitúa por encima de algunos de sus afamados "rivales" del viejo continente muy superiores en cuanto a superficie.

 

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El jardín, además de ser una reserva sin parangón de la flora mediterránea, también puede presumir de un Herbario que alberga más un millón de ejemplares organizados de acuerdo a sistemas estandarizados de clasificación. En él, obviamente, se encuentran representados todos los grupos de plantas de la Península Ibérica, pero presenta la singularidad de completar su amplio catálogo con una gran colección de plantas iberoamericanas procedentes de las expediciones históricas.

 

La labor de los científicos del Jardín posibilita el crecimiento continuo de las colecciones del Herbario, del mismo modo que las donaciones, adquisiciones e intercambio de ejemplares con otros herbarios contribuyen también al desarrollo del mismo. Pero la tarea de los investigadores no concluye ahí, ya que el Botánico cuenta con un Banco de Germoplasma con más de 2500 semillas almacenadas en condiciones que permiten asegurar su conservación a largo plazo.

 

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Todos estos datos, de peso en el área científica pero quizá de importancia relativa para el visitante medio, no deben desviar la atención de lo que puede significar este magnífico jardín para cualquier alma distraída que cruce bajo el dieciochesco arco de la Puerta Real del arquitecto Francesco Sabatini. Y es que el Real Jardín Botánico de Madrid propone al público un elogio del paseo entendido este como un acto que se mece entre el acto físico de andar y el metafísico de dejarse llevar entre olores, sensaciones y delirios cromáticos. Su propia disposición, en tres terrazas naturales que aprovechan el desnivel del terreno invita al paseante a deambular, contemplar y relajarse.

 

En una primera instancia, la Terraza de los Cuadros, la más espaciosa de todas; en ella nos sorprenderán las colecciones de plantas ornamentales, medicinales, rosales antiguos, aromáticas, de huerta y frutales, dentro de los cuadros geométricos formados con setos de boj que rodean pequeñas fuentes en el eje central de los cuadros.

 

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En un segundo nivel, la Terraza de las Escuelas Botánicas; allí nos encontraremos con la colección taxonómica de plantas, ordenadas filogenéticamente por familias, situadas alrededor de doce fuentes y orientada para ser recorrida cronológicamente, desde las plantas más primitivas a las más evolucionadas.

 

Subiendo un poco, la Terraza del Plano de la Flor, la más elevada y un poco más reducida, de estilo romántico. Está bordeada por un emparrado de hierro forjado, construido en 1786 y que sirve de apoyo a diversas variedades de vid, algunas de ellas de edad considerable. Dividida en veinticinco figuras o arriates curvilíneos, limitados por setos de durillo, cuatro glorietas y una glorieta central con un estanque y un busto de Carlos Linneo, presenta una gran variedad de árboles y arbustos plantados sin orden aparente. En su límite este se sitúa el Pabellón Villanueva, edificado en 1781 como invernáculo, y que en la actualidad se utiliza como galería de exposiciones temporales.

 

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También destacable en esta terraza, el invernadero Graells, del siglo XIX, hogar de plantas tropicales, acuáticas y briófitas. Junto al mismo, el invernadero de Exhibición, mayor y más moderno, adecuado a tres ambientes de diferentes exigencias de temperatura y humedad, (tropical, templado y desértico).

 

Finalmente, la Terraza alta o de los Laureles, añadida como ampliación del Jardín en 2005, destinada a las colecciones especiales, y quizá injustamente más conocida que las anteriores por el mero hecho de albergar la, por otra parte interesantísima, colección de bonsáis donada por el ex presidente Felipe González.

 

Un jardín ilustrado

Si algo sorprende de este Botánico es su capacidad de trasladarnos a un espacio contemplativo, donde la belleza se asume con naturalidad en contraste con el necesario turismo trillado de consumo obligado y el sonoro bullicio de una ciudad como Madrid. Es una llamada silente para espíritus curiosos y sensibles.

 

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En este sentido debemos mencionar la singular relación que desde siempre ha mantenido el Jardín con la literatura, desde su nacimiento en plena época de la ilustración, fue fuente de inspiración y lugar de reflexión para escritores. Ya en el primer cuarto del siglo XX, figuras destacadas como Ortega y Gasset, Eugeni D'ors, José Bergamín o Juan Ramón Jiménez se reunieron allí con la excusa de homenajear al poeta Stepháne Mallarmé. Se sentaban durante cinco minutos en algún lugar del Jardín y, a continuación, escribían lo qué habían pensado durante ese tiempo.Esta iniciativa se ha realizado durante algun tiempo cada 23 de abril para celebrar el Día del Libro.

 

Queda al libre albedrío del lector seguir nuestros consejos. Para el ciudadano de Madrid; pruebe a experimentar el placer inusitado de ejercer como turista en su propia casa visitando lugares tan cercanos físicamente como lejanos en el tiempo, una oportunidad de rememorar, y redescubrir las pequeñas joyas de la gran ciudad. Para el visitante habitual; un descubrimiento, un lugar de esparcimiento fuera del circuito de entretenimiento ocioso o cultural de cada fin de semana. Y para el turista accidental; un espacio diferente, de ruptura, un lugar de contemplación, de belleza sosegada, donde el tiempo se detiene, y si se quiere, de descanso o punto y seguido entre los muchos atractivos que le ofrece la capital. Recoleto, distinguido y elegante el Real Jardín Botánico reclama su espacio en las rutas turísticas de Madrid.

Fernando Sanchis

Creativo publicitario y redactor en "La Red de Comunicación". Licenciado en Publicidad y RR.PP por la Universidad CEU San Pablo de Valencia

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