¿Qué nos dicen las plantas? Una botánica sugerente
Las plantas, nuestras hermosas compañeras de planeta, protagonizan una de las mayores contradicciones de la naturaleza: nos fascinan, les hacemos fotos, no podríamos vivir sin tenerlas a nuestro alrededor y, sin embargo, actuamos como si fueran un simple decorado la mayoría del tiempo, perpetuando una ceguera vegetal que se estudia desde hace décadas. En espores os presentamos un libro que las reivindica como aliadas milenarias, constructoras de civilizaciones, maestras de la química y guardianas de la biodiversidad, y que nos invita a detenernos, observar y escuchar lo que el reino vegetal lleva siglos intentando contarnos.
Existe una paradoja curiosa en nuestra relación con las plantas: las vemos a diario, nos las comemos, nos curan, decoran nuestras ciudades, sin embargo rara vez les prestamos atención. El libro ¿Qué nos dicen las plantas? Una botánica sugerente (edUPV, 2026), de los botánicos Gerardo Stübing Martínez, Enrique Sanchis Duato y Juan Bautista Peris Gisbert, llega precisamente para remediar esa invisibilidad, y justo por eso no es un manual universitario al uso ni una enciclopedia de curiosidades. Como señala César Blanché, catedrático de Botánica de la Universitat de Barcelona en el prólogo de la obra, se trata de “un acto de resistencia inteligente contra la invisibilidad de lo verde”, una invitación a recuperar el diálogo entre la ciencia rigurosa y la experiencia sensorial.
El libro conecta con la tradición de la obra Botánica pintoresca de Pius Font i Quer, pero actualiza el discurso incorporando la etnobotánica, la fitoquímica moderna y la dimensión cultural de las plantas en toda su amplitud. Se articula en cuatro bloques temáticos perfectamente diferenciados: la vida de las plantas, las plantas medicinales y tóxicas, botánica para el paladar y, finalmente, las curiosidades botánicas. Cada ensayo puede leerse de forma autónoma, como una ventana temática, o en conjunto, formando un mosaico coherente sobre el universo vegetal. Las fotografías, de extraordinaria calidad técnica y tomadas en su mayor parte por los propios autores, no son decorativas: actúan como puerta de entrada al conocimiento científico, siguiendo la corriente del ecocriticismo visual.
Cómo viven las plantas: estrategias de supervivencia
En la primera sección del libro se desmonta la imagen estática y pasiva de las plantas para mostrarlas como lo que realmente son: organismos que afrontan entornos extremos con soluciones evolutivas sorprendentes. Uno de los capítulos más evocadores trata sobre las plantas mediterráneas. La «mediterraneidad», como la llaman los autores, es mucho más que un tipo de clima: es una forma de vida que se repite en cinco regiones del planeta. Encinas, lentiscos y jaras en la cuenca mediterránea; chamizos y manzanitas en el chaparral californiano; quillajales y boldo en Chile; eucaliptos y banksias en Australia; y proteas y brezos en el fynbos sudafricano.
Todas estas plantas, sin estar emparentadas entre sí, han llegado a soluciones muy similares para afrontar veranos largos, secos y calurosos: hojas pequeñas y coriáceas (esclerofilia), cutículas cerosas para reducir la transpiración, raíces profundas o extensas, aceites esenciales que también funcionan como defensa química frente a herbívoros, y capacidad de rebrotar tras el fuego. Este fenómeno se denomina convergencia adaptativa y es uno de los ejemplos más elocuentes de cómo la presión del ambiente moldea la forma de los seres vivos.
Por su parte, las plantas desérticas llevan estas estrategias al extremo. Bajo el término xerófitas, se agrupan especies con un extraordinario repertorio de adaptaciones morfológicas, fisiológicas y ecológicas: sistemas radiculares que se extienden horizontalmente para captar el agua de lluvias esporádicas, o raíces pivotantes que descienden decenas de metros hasta los acuíferos subterráneos —el mezquite (Prosopis glandulosa) puede llegar a los 50-60 metros de profundidad—; hojas reducidas a espinas para minimizar la pérdida de agua; y tallos verdes que realizan la fotosíntesis, como ocurre en los cactus columnares del desierto de Sonora. La convergencia vuelve a aparecer aquí: los cactus americanos y las euforbias africanas han desarrollado formas casi idénticas pese a pertenecer a familias completamente distintas.

Otros capítulos exploran la relación entre flores y polinizadores como paradigma de coevolución: una negociación compleja de señales visuales y químicas, recompensas y trampas, donde cada parte ha ajustado su comportamiento al de la otra durante millones de años. Y no falta el capítulo dedicado a las llamadas “malas hierbas”, un término que se invita a cuestionar. Lejos de ser simples competidoras de los cultivos, muchas plantas arvenses protegen el suelo de la erosión, fijan nitrógeno, atraen polinizadores y sirven de refugio para insectos depredadores que controlan las plagas agrícolas.


Plantas medicinales y tóxicas: entre el remedio y el veneno
Y pasamos a recorrer el largo camino que une los remedios tradicionales con la fitoterapia actual, subrayando una idea central: muchas moléculas clave de la farmacología moderna tienen su origen en el reino vegetal. Pongamos el conocido ejemplo de la aspirina. Todo empezó en las riberas de los ríos, donde los sauces del género Salix y la ulmaria o reina de los prados (Filipendula ulmaria) han crecido desde siempre junto a las fiebres y los dolores reumáticos de quienes vivían a su vera. El faraón Ramsés II ya usaba infusiones de hojas de sauce para tratar su gingivitis, y Hipócrates recomendaba masticar hojas de sauce en el siglo V a.C.
Pero el salto decisivo llegó el 10 de agosto de 1897, cuando el químico de Bayer Felix Hoffmann sintetizó ácido acetilsalicílico puro y estable. El nombre “aspirina” deriva, precisamente, de la acetilación (a), el género Spiraea de la ulmaria (spir) y la terminación farmacéutica (ina). La ulmaria presenta además la ventaja de no causar los irritantes gástricos de la aspirina sintética, ya que sus derivados salicilados se acompañan de taninos y flavonoides protectores de la mucosa.
Las plantas adaptógenas e inmunoestimulantes ocupan otro capítulo de especial interés. La equinácea (Echinacea purpurea), el ginseng coreano (Panax ginseng) con sus ginsenósidos, la ashwagandha o ginseng indio (Withania somnifera) con sus withanólidos, o la rodiola (Rhodiola rosea) son algunos de los ejemplos analizados con rigor. Y se insiste en algo que a menudo se olvida: “natural” no es sinónimo de “inocuo”, por lo que las plantas medicinales nunca deben sustituir la atención médica profesional, sino actuar como herramientas de apoyo complementarias al tratamiento médico.

Cómo no, en este sentido las plantas tóxicas completan el paisaje. La cicuta mayor (Conium maculatum), fácilmente confundible con el perejil, pasó a la historia como instrumento de la condena de Sócrates en el año 399 a.C.; sin embargo, los estudios toxicológicos modernos cuestionan el relato platónico idealizado de una muerte serena, ya que la intoxicación provoca en realidad temblores, parestesias y alucinaciones antes de la parálisis. La belladona (Atropa bella-donna), el acónito (Aconitum napellus), el estramonio (Datura stramonium) y la mandrágora (Mandragora officinarum) se suman a un inventario que ilustra hasta qué punto las plantas han estado presentes tanto en la cura como en el daño a lo largo de la historia. La máxima de Paracelso, citada por los autores, lo resume con precisión: “entre el veneno y el remedio media la dosis”.

Botánica para el paladar: cuando la cocina se convierte en territorio vegetal
Y si seguimos con la lectura entraremos en nuestra cocina con ojos botánicos, entendiendo cada plato como un cruce de historias evolutivas, rutas comerciales y saberes tradicionales. Los cereales, protagonistas del capítulo de apertura, no son simples alimentos básicos: son arquitectos de civilizaciones. Su domesticación, iniciada hace unos 10.000 años en el creciente fértil, permitió la sedentarización de las comunidades humanas y el desarrollo de las primeras ciudades. La dieta mediterránea, reconocida hoy tanto por su valor patrimonial como por sus beneficios para la salud, se ofrece como un viaje milenario donde trigo, vid, olivo, legumbres y hortalizas dibujan una identidad culinaria única. Y la paella valenciana se interpreta como una síntesis excepcional: en un solo plato se condensan el arroz traído por los árabes, los frijoles y garrofons de las huertas levantinas, el pimentón llegado de América y las hierbas aromáticas mediterráneas. Un rito culinario que articula identidades, paisajes y biodiversidad.

También se trata el exotismo frutal, que ilustra la velocidad con que el mercado europeo ha incorporado mangos, chirimoyas, maracuyás y pitahayas de regiones tropicales, transformando paisajes agrarios enteros en pocas décadas. Y se sigue con los ensayos sobre plantas que sorprenden al paladar, como la “fruta milagrosa” que vuelve dulces los ácidos, el jambu, que provoca cosquilleos eléctricos en la boca, o la lima caviar con sus pequeñas perlas cítricas, todas ellas revelan hasta qué punto la fisiología vegetal puede reescribir la experiencia del sabor.
Curiosidades botánicas: de la magia a la tecnología
El recorrido por toda la riqueza y los valores del mundo vegetal va haciéndose más interesante hasta llegar al cuarto bloque del libro, quizá el más sorprendente pues explora nuestra relación con las plantas desde perspectivas filosóficas, históricas, artísticas y tecnológicas. Como en el caso de la Teoría de las Signaturas, surgida en la Edad Media y el Renacimiento, que sostenía que Dios había marcado en las plantas señales de sus virtudes terapéuticas: una planta con hojas con forma de corazón beneficiaría al corazón; una con forma de hígado, como la hepática (Hepatica nobilis), curaría los males hepáticos. Aunque hoy nos parece ingenua, esta teoría integraba observación, filosofía y magia, y de ella derivaron numerosas supersticiones que siguen presentes en la cultura popular. La nuez, cuyo cotiledón recuerda sorprendentemente los pliegues del cerebro, es un ejemplo paradójico: la signatura era pseudocientífica, pero la nuez es efectivamente rica en ácidos grasos omega-3 que benefician la salud cerebral.

En cuanto a la tulipomanía del siglo XVII en los Países Bajos, representa el primer ejemplo documentado de burbuja especulativa en la historia económica moderna. Un único bulbo de tulipán llegó a valer más que una mansión en Ámsterdam, mostrando cómo la belleza vegetal puede convertirse en motor de comportamientos financieros irracionales. Y el capítulo sobre las hojas como inspiración para los paneles solares del futuro anticipa el papel que la biomimética vegetal puede tener en la transición energética: la geometría fractal de las hojas y su eficiencia fotosintética están inspirando nuevos diseños de captación solar.
Una obra de divulgación rigurosa
¿Qué nos dicen las plantas? es, en palabras de Santos Cirujano, presidente de la Fundación Global Nature, “una herramienta esencial de excelente divulgación” que tiene como objetivo que el lector se sumerja en el mundo increíble de las plantas con flores. Y lo consigue sin renunciar al rigor: las especies se identifican mediante su nombre científico normalizado según Plants of the World Online (POWO), y el texto se apoya en el conocimiento botánico actual.
En tiempos de crisis climática y pérdida acelerada de biodiversidad, entender las plantas no es un lujo intelectual: es una necesidad práctica y un imperativo ético. Este libro es una contribución valiosa para contar lo que el reino vegetal lleva siglos diciéndonos, y una lectura imprescindible para quienes estén dispuestos a escucharle.
Nota: artículo escrito en colaboración con otros dos autores del libro, Enrique Sanchís y Juan Bautista Peris.

Bibliografia
Stübing Martínez, Gerardo; Sanchis Duato, Enrique y Peris Gisbert, Juan Bautista. ¿Qué nos dicen las plantas? Una botánica sugerente. edUPV (Editorial Universitat Politècnica de València). 2026.



