Flores para la eternidad: cuando la Botánica dialoga con la memoria
Un ensayo del botánico, docente y comunicador, Jesús Izco, que nos invita a pasear de forma simbólica por los jardines funerarios mediterráneos. Eva Barreno, nos habla de esta interesante publicación, que describe como un viaje interdisciplinar a caballo entre la etnobotánica, la arqueología y el arte, para poner en valor estos espacios de patrimonio histórico.
La ciencia acostumbra a fragmentar el conocimiento en disciplinas cada vez más especializadas. Sin embargo, de vez en cuando aparece una obra capaz de tender puentes entre ámbitos aparentemente distantes y demostrar que la realidad rara vez se deja encerrar en compartimentos estancos. Ese es precisamente uno de los mayores méritos de Flores para la eternidad. Paseo simbólico por el jardín funerario (Doce Calles, 2025), del catedrático de Botánica Jesús Izco Sevillano.

A primera vista, podría parecer un libro dedicado al estudio de las plantas asociadas a los espacios funerarios. Y, en efecto, las flores, los árboles y los jardines ocupan un lugar central en sus páginas. No obstante, la obra trasciende con mucho el ámbito estrictamente botánico para adentrarse en cuestiones fundamentales de la historia de la humanidad: la memoria, el duelo, la muerte y las formas simbólicas mediante las cuales las distintas culturas han intentado dotar de sentido a la desaparición de los seres queridos.
El punto de partida es tan sencillo como sugerente: las plantas no solo forman parte del paisaje funerario, sino que constituyen un lenguaje simbólico que ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. Los hallazgos de polen en enterramientos prehistóricos, las coronas vegetales de la Antigüedad, los cipreses de los cementerios mediterráneos o las flores depositadas hoy sobre una tumba responden a una misma necesidad profundamente humana: expresar aquello que las palabras no alcanzan a decir.

Cultura y botánica funeraria
La mirada de Izco resulta especialmente valiosa, porque combina la precisión del científico con la sensibilidad del observador cultural, cualidades que reflejan su lúcida y brillante personalidad. El autor no se limita a recopilar significados simbólicos ni a reconstruir tradiciones funerarias; analiza también las especies vegetales concretas que aparecen en cementerios y monumentos funerarios, sus características biológicas, su distribución geográfica y las razones históricas que explican su asociación con determinados rituales. De este modo, la botánica se convierte en una herramienta privilegiada para comprender fenómenos sociales, religiosos y artísticos.

Uno de los aspectos más destacados de la obra es su carácter genuinamente interdisciplinar. En sus páginas convergen la historia, la arqueología, la antropología, la historia del arte, la etnobotánica y, por supuesto, la botánica. El resultado es un amplio recorrido por las culturas de la muerte desde la prehistoria hasta nuestros días, sustentado en una extensa labor de documentación y en el estudio directo de numerosos cementerios y espacios funerarios.
En este texto, Jesús Izco mantiene siempre una sólida base documental que impide asociar los resultados a interpretaciones esotéricas o simbolismos arbitrarios. Su aproximación recuerda que los símbolos no nacen de la imaginación individual, sino de procesos culturales complejos que se transmiten y transforman a lo largo del tiempo. Así, las flores aparecen como testimonios materiales de creencias, emociones y formas de entender la vida y la muerte, ligadas a las condiciones ecológicas de los hábitats en los distintos territorios.

Izco, excelente comunicador y arquitecto de puentes interdisciplinarios
Antes de terminar esta reseña, un poco de historia compartida. Durante el curso 1972-1973, Jesús Izco fue mi profesor de Geobotánica y me inició en las buenas prácticas metodológicas para la ciencia, además me transmitió su interés innato por la cultura y la divulgación rigurosa. No son solo palabras elogiosas de una discípula que le admira, y con el que mantiene conversaciones regulares, solo hay que echar un vistazo al catálogo, no exhaustivo, de libros que ha editado y en los que puede ser autor único o en colaboración con otros especialistas de campos diversos. El que primero nos impactó a los que formábamos parte del equipo de Botánica en la Facultad de Biología de la UCM, Madrid verde (1984, 530 pp.), que ganó el Premio Nacional de Publicaciones Agrarias, Pesqueras y Alimentarias, XII edición (1983), ya era una excelente declaración de su interés por la interdisciplinariedad de la Botánica, las relaciones con los medios ecológicos, la distribución territorial, el entorno cultural o el aprovechamiento tradicional de los recursos naturales. También fue un manual pionero para el desarrollo de planes de conservación de plantas y de ecosistemas en la provincia de Madrid.
Aunque, sin duda, la obra más relevante como editor y coordinador de equipos interdisciplinares son las dos ediciones del libro Botánica (Ed. McGraw-Hill/Interamericana de España: 1.ª ed. 1984; 2.ª ed. 2004, 1000 pp.), que es el tratado sobre la materia con más difusión en el mundo académico hispanohablante, porque aúna mucha información científica y cultural, de territorios europeos e iberoamericanos, precisión terminológica y excelente documentación gráfica. Jesús Izco consultó con muchos científicos, dibujantes y lingüistas, y eso ha quedado plasmado en el texto. Para recordar siempre, nuestra conversación sobre su proyecto de un futuro libro desde el Carmen de la Victoria (Universidad de Granada) contemplando también la Alhambra. En este pequeño resumen quiero resaltar que, entre otros libros, ha tratado en profundidad y extensivamente temas tan diversos como: análisis y clasificación de la vegetación, ecología vegetal, conservación de la naturaleza, historia de la ciencia Botánica, los jardines y la jardinería, nombres comunes de las plantas y toponimia de origen vegetal, entre otras temáticas.

Flores para la eternidad ofrece, en definitiva, una original historia cultural de las plantas y de su relación con el mundo funerario. Pero también constituye una reflexión sobre la capacidad de los seres humanos para convertir la naturaleza en lenguaje y para encontrar en ella imágenes que ayuden a afrontar una de las experiencias más universales y difíciles: la conciencia de la propia mortalidad.
En un momento en que la especialización académica tiende a levantar fronteras entre disciplinas, el libro de Jesús Izco demuestra que algunas de las preguntas más interesantes siguen exigiendo una mirada amplia, capaz de integrar ciencia, cultura y memoria. Y pocas metáforas resultan tan elocuentes para ello como una flor depositada, pintada o grabada sobre una tumba.



