PERSÉFONE, DEL NARCISO A LA GRANADA

Hay una explicación mitológica de la división del año en dos estaciones, la belleza y pasiones de algunos dioses están implicados. Descubre esta preciosa leyenda que habla también del vínculo de nuestras celebraciones con la naturaleza

Narciso era muy bello. Tan bello que un día, mientras acompañaba a Eco por los bosques de la montaña Helicó, al mirarse en las tranquilas aguas de un estanque se enamoró de sí mismo; o, mejor dicho, lo hizo de aquella encantadora imagen reflejada en el hídrico espejo. Pero, ¡ay!, cuando trataba de acariciarla, la imagen desaparecía abruptamente alterada por las olas que había generado.

 

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Eco y Narciso (1903), del pintor prerafaelita John William Waterhouse

 

Incapaz de soportar el hecho de poder ver y a la vez no poder poseer aquel reflejo que irresistiblemente lo atraía, y víctima de su enloquecido delirio, Narciso fue languideciendo hasta morir. Y allí donde su cuerpo exánime se fundió con la madre Tierra, los dioses hicieron crecer –Ovidi dixit- la flor de olor dulce y penetrando que hoy en día conocemos con el nombre del joven, narciso (Narcissus sp).

 

Tan bella es la flor que, en el momento que el infernal Hades salió a la superficie montado en un carro para raptar su sobrina Perséfone, esta no se enteró absorta como estaba en la contemplación de un narciso. O, quizás tendríamos que decirlo mejor, narcotitzada por su suave y embriagador aroma.

 

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Proserpina recogiendo narcisos (1912), de John William Waterhouse, a la izquierda. El rapto de Perséfone, de Giovanni Caselli, en el libro Gods, men and monsters from the Greek Myths, a la derecha

 

La madre de Perséfone, Deméter, diosa de la naturaleza cultivada, herida por la perversidad de Hades y dolida por la neutral complicidad de Zeus, dejó de velar por los campos hasta que el primero de entre los Olímpicos no permitiera el regreso de Perséfone. Flores, frutos y entonces fueron marchitándose, cayendo y escondiéndose dentro de la tierra, que se cerraba firmemente detrás ellos cómo si de un caparazón se tratara, mientras se hacía tan dura e inviolable al arado cómo a los ruegos y las lágrimas de los humanos.

 

Sentada al templo de Eleusis sobre un fondo de carmesinas amapolas, la diosa decidió esperar que los humanos murieron de inanición; y de este modo conseguir que sus desleales germanos-dioses probaron el agrio sabor de no volver a recibir nunca más el humo de los sacrificios a que los humanos los tenían acostumbrados.

 

Zeus, reticente a liberar Perséfone por miedo a enojar Hades y a la vez deseoso de recibir los homenajes de unos humanos abocados al hambre por la negligencia de Deméter, aceptó finalmente; pero impuso una condición: que al volver a la superficie, Perséfone no trajera nada del mundo sótano. Mientras firmaba el pacto, el dios del inframundo insinuó una sonrisa misteriosa en su tenebrosa faz, y decidió entregar la cautiva después de invitar a un paseo reconciliador por los cuidadosos jardines de su reino.

 

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Proserpina (Perséfone; 1877), del pintor prerafaelita Dante Gabriel Rossetti

 

Junto al trono de Hades, un árbol lucía su rojo flamígero en los pétalos de las flores y en los grandes de sus incorruptibles frutos, el granado. Mientras paseaba, Hades arrancó una granada y ofreció unos granos a la hija de la divina enojada. Tres agarró Perséfone y se los puso a la boca, distraída como estaba al tratar de contener los latidos de su corazón a medida que divisaba el final de su forzado aposento.

 

Su madre, ansiosa, le hizo una pregunta cuando acabó de cubrirla con las dichosas lágrimas derramadas en abundancia al verla resucitar:

- ¿Has comido algo, del lugar de donde vendes? Empalidecida por la respuesta, Deméter, a quien los romanos denominaban Ceras, explicó sano hija las consecuencias de los granos de granado tragados: tres meses al año tendría que volver con Hades mientras el mundo sería mundo y los humanos mortales.

 

Y a pesar de saber el triste destino que tres meses al año tendría el mundo, los cereales, los frutos de Ceres, empezaron a crecer vigorosamente al paso de la diosa y sano hija mientras el borde del camino se ornaba de flores de todo tipo y los árboles se cubrían de follaje protector. Pero también, invariablemente, meses más tarde, una vez pasados cuarenta días después de que la oscuridad y la luz compartan equitativamente el día en el equinoccio del otoño, la tierra, el cielo, nosotros, nos sumergimos en la estación del "mal tiempo".

 

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Paisaje otoñal de bosque caducifolio

 

Y el uno de noviembre, cuarenta días después del equinoccial veintidós de septiembre, nos despedimos no tan sólo de Deméter, sino de todas las divinidades que han mantenido viva la vida, viva la naturaleza, y nos sumergimos en el submundo del frío y la oscuridad, en el mundo de los difuntos. Así que lo celebramos, con una conmemoración que cómo tantas otras, pretende evitar una ruptura de los vínculos que los humanos mantenemos con la naturaleza, a pesar de que sea bajo una forma “aparentemente” religiosa.

Y digo “aparentemente” porque muchas de las actuales festividades cristianas no son sino una suplantación de fiestas mucho más antiguas que tratan de establecer puentes (mágicos, rituales, utilitarios...) entre nosotros y la naturaleza de la que formamos parte. En ese sentido, la marginalización de determinadas fiestas presuntamente “religiosas” es una apuesta tan inapropiada como el tratar de vivir de espaldas a una naturaleza a la que estamos más re-ligados (re-ligio > religión) de lo que a menudo se nos hace creer. En nuestro caso, esa relación ha sido mistificada por siglos de adoctrinamiento cristiano, adulterador, sí, pero quizás menos pernicioso que las actuales modas suplantadoras, banalizadoras, de los rituales conmemorativos de las pautas de la natura.

 

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Zorro oliendo un narciso

 

Así que, quizás, la mejor contribución a un reenfoque cívico-cultural de determinadas fiestas sea recuperar su sentido primigenio, integrador y potenciador de la relación entre naturaleza y cultura. Una de las bases ineludibles de un planteamiento sostenibilista de cualquier sociedad que entienda que la relación de los humanos con su medio natural no puede basarse en la ignorancia, la destrucción ni el desprecio. Y sí, especialmente, en el reconocimiento –culto, sensato, estimador- de los vínculos que tenemos con los ciclos naturales y con la salud del medio del que formamos parte.

Daniel Climent Giner

Professor de Ciències de la Natura. Investigador i divulgador etnobotànic. Autor d'articles a Mètode i llibres d'etnobotànica. Conferenciant sobre temes de divulgació científica, etnobotànica i antropologia cultural.

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