Iresine, la planta que viste de rosa

Conocida también como 'hojas de sangre', esta especie llena de vivos colores que viran entre las tonalidades púrpuras y fuksias, llena de glamour el jardín de invierno del Botánico. Una especie tropical que se viste de gala todo el año pero que además encierran un misterio. 

Cierra los ojos e imagina una planta, ¿de qué color son sus hojas?, seguro que el verde es el primer color que te viene a la cabeza. Verde claro, verde oscuro, verde lima, verde musgo, verde esmeralda, verde oliva... podríamos hacer una carta pantone solo con los diferentes matices de verde que podemos encontrar en el mundo vegetal.

 

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O puede ser que también te hayas imaginado un paisaje otoñal y entonces hablaríamos de colores como el amarillo, el marrón o el rojo, que nos avisan de la inminente caída de la hoja, pero no son más que hojas inicialmente verdes que van perdiendo clorofila progresivamente.

 

Pero y si te contamos que en lo más profundo de los bosques tropicales de sudamérica hay un tipo de plantas que tiene al rosa y al púrpura como bandera, Son conocidas como iresine u hojas de sangre y durante el invierno destacan más que nunca en el Botánico, al escasear los vivos colores de las flores. Es por eso que las hemos elegido como protagonistas del mes de febrero ¿Te animas a conocerlas?

 

Una nota de color en tu jardín

Aunque es una especie originaria de Brasil, podemos encontrar a la Iresine herbstii cultivada en muchas partes del mundo. De hecho debe su nombre a Hermann Carl Gottlieb Herbst, director del jardín botánico de Río de Janeiro, al que quiso homenajear William Jackson Hooker, el primer director del Real Jardín Botánico de Kew, por haber introducido la especie en los jardines ingleses. Y es que su fácil multiplicación y el vivo color de su follaje perenne, la convierten en objeto de deseo para paisajistas, jardineros y aficionados a las plantas.

 

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A diferencia de sus flores estivales, que son pequeñas, de color blanco y sin demasiado valor ornamental, presenta unas vistosas hojas ovales y variegadas de color púrpura oscuro con una nerviadura bien marcada de color rosa fuksia, de manera que podemos formar densos macizos con los que romper la monotonia cromática en el jardín. Aunque también puede funcionar como trepadora adornando algun rincón especial del terreno.

 

Siempre y cuando las temperaturas sean suaves, ya que no soporta las heladas, y haya una buena iluminación, evitando la exposición directa al sol, podremos cultivarla al aire libre. Si no, siempre podremos utilizarla como planta de interior. Eso sí, en ambos casos, además de la exposición solar, el riego y la humedad ambiental se convertiran en factores clave para su buena conservación.

 

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En el exterior, el secreto es mantener siempre el sustrato húmedo pero bien drenado. Así, en los meses más calurosos habrá que aumentar la frecuencia del riego e incluso rociar diariamente con agua a la planta con la ayuda de un pulverizador. En nuestras casas lo mismo, porque también funciona en maceta, pero además evitaremos ponerla cerca de la calefacción y la situaremos siempre cerca de una ventana para que pueda tener una buena iluminación, si no podría incluso llegar a perder su particular color.

 

Crece muy rápido por lo que tendremos que abonarla de forma regular, cada 15 o 20 días si utilizamos abono líquido, y también podarla, cortando cada 2 meses las partes que hayan crecido demasiado. De esta manera favoreceremos el crecimiento y la ramificación de las hojas, y lograremos mantener la forma compacta del macizo.

 

Antocianinas, el secreto de su éxito

Flores, hojas, frutos, el color de un determinado tejido u órgano vegetal siempre va a depender de la mayor o menor concentración de un pigmento o de la combinación de varios de ellos. Los pigmentos no son más que moléculas que pueden absorber selectivamente la luz reflejando aquel color del espectro visible que no han podido absorber.

 

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La clorofila, con ese característico color verde, es el más abundante en la naturaleza. Y es que, como ya sabrás, desempeña un papel muy importante en la fotosíntesis, proceso a través del cual las plantas pueden fabricar su propio alimento. La clorofila es la encargada de captar la energía solar que transformará el agua, absorbida por la planta a través de las raíces, y el CO2, absorbido a través de los estomas de las hojas, en glucosa (el alimento) y oxígeno. A más luz, más clorofila, por eso las hojas, que pueden orientarse hacia ella, por lo general siempre serán de color verde.

 

Además de la clorofila, intervienen de forma secundaria en la fotosíntesis, otros pigmentos llamados accesorios que forman parte del complejo antena fotosintético. Las xantofilas, de color amarillo, y los carotenoides, de color amarillo-anaranjado. Los tres tipos de pigmentos se localizan en la membrana tilacoidal de los cloroplastos, pero estos dos últimos quedan enmascarados en las hojas por la gran cantidad de clorofila existente, a no ser que cambien las condiciones ambientales.

 

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En otoño, cuando la energía lumínica se reduce, baja también la concentración de clorofila y se manifiestan el resto de los pigmentos. Por eso las hojas cambian de color virando hacia el amarillo, el naranja o el rojo. Este último color es producido por las antocianinas, otro tipo de pigmentos que no intervienen en la fotosíntesis. Son hidrosolubles y se localizan en las vacuolas de las células vegetales, así que dependiendo del ph vacuolar su color variará entre el púrpura, el rojo o el azul. ¡Y sí! Son los encargados de proporcionar esas vivas tonalidades a las hojas de la iresine, nuestra planta protagonista.

 

Pero entonces, ¿eso quiere decir que no hay clorofila en las hojas de la iresine? En absoluto, sin clorofila no hay fotosíntesis y por lo tanto la planta se moriría al no poder fabricar su alimento, simplemente está enmascarada ¿Entonces por qué hay más concentración de antocianinas? Porque en determinados contextos pasa a tener un papel más importante que la clorofila. Y es que este pigmento absorbe muy bien la radiación ultravioleta, así que en condiciones de demasiada exposición se sintetiza más para proteger a las plantas de la luz del sol y de la formación de radicales libres, además de favorecer la polinización atrayendo a los insectos con esos vivos colores. Algo que encaja perfectamente en el hábitat tropical de éstas plantas.

Elisa Caballer

Licenciada en biología y ciencias ambientales. Técnico de Cultura y Comunicación al Jardí Botànic de la Universitat de València