Fronteras de la etnobotánica. Plantas anticonceptivas

Fronteras de la etnobotánica. Plantas anticonceptivas Ahmad Fuad Morad (Flickr)

Daniel Climent continúa llevándonos por las interesantes Fronteras de la etnobotánica, y en este camino va tirando del hilo y nos muestra los orígenes botánicos de algunos tratamientos farmacéuticos o medicinas cotidianas. Es el turno de la píldora, una revolución que separó sexualidad de reproducción, que fue todo un avance para las mujeres y el control de la natalidad, y que está basada en una planta de la familia de las dioscoreáceas. Comenzamos un nuevo hilo, ¿nos acompañáis?

Algunas moléculas han cambiado la historia de la humanidad: quinina, aspirina, cafeína, cocaína, artemisia y otras, nos han permitido hacer frente al dolor, el cansancio y los azotes infecciosos, o en otros casos nos han resuelto problemas con los cuales nuestra existencia sería bien diferente. Muchas de ellas se han conseguido gracias al estudio de prácticas ancestrales basadas en las plantas y con una metodología que podríamos denominar etnobotánica, aunque sea avant la lettre.

En el capítulos anteriores, los dedicados a TúYōuyōu, vimos como el análisis etnobotánico de textos muy antiguos abrió la puerta tanto al descubrimiento del artemisia a partir del Artemisina annua, como un nuevo enfoque en el tratamiento de la malaria, la dolencia que más muertos ha causado a lo largo del tiempo. Ahora, en las próximas entregas, dirigiremos la mirada en los inicios etnobotánicos de la píldora anticonceptiva, otro gran avance que, al separar sexualidad de reproducción, permitió que las mujeres ultrapasaran fronteras sociales que las tenían enjauladas, y que conquistaran nuevos espacios y funciones de las que todo el mundo hemos sido beneficiarios.

 

artemisina

Artemisia annua / Kristian Peters (Wikimedia).

 

El reTO del control de la nataliDaD Y lA opcióN etnobotÁnica

Empecemos por el principio. En cualquier grupo humano el control de la población para adecuarse al marco ecológico ha sido un problema recurrente. Las respuestas han sido múltiples, desde la expansión territorial (guerra, genocidio, conquista, emigración) a la promoción del celibato, el aborto o el geronticidio (eliminación deliberada, o inducción al suicidio, de los más mayores). Temas, todos esos que han sido tratados divulgativamente por autores como el antropólogo Marvin Harris (1927-2001) y el biogeógrafo y antropólogo Jared Diamond (1937-) en publicaciones como “Caníbales y reyes. Los orígenes de las culturas” (1978), “Vacas, cerdos, guerras y brujas” (1981) o “Nuestra especie” (1989), en cuanto al primero; y de Diamond “El tercer chimpancé” (1991), “Armas, gérmenes y acero” (1997), “Colapso” (2005), y “El mundo hasta ayer” (2012).

 

PORTADA MARVIN HARRIS

Una publicación del reconocido antropólogo, Marvin Harris, sobre la evolución material y cultural del ser humano. Imagen de portada 

 

Leemos, como ejemplo, este fragmento del capítulo 4 de la segunda parte del libro “Armas, gérmenes y acero”: «La residencia fija contribuye a que las poblaciones humanas sean más densas al permitir la reducción de los intervalos entre nacimientos. Una madre cazadora-recolectora que cambia de campamento sólo puede transportar a un niño, junto con sus escasas posesiones. No puede permitirse tener el hijo siguiente hasta que el vástago anterior pueda caminar con rapidez suficiente como para mantener el paso de la tribu y no quedarse atrás. En la práctica, los cazadores-recolectores nómadas espacian a sus hijos unos cuatro años mediante la amenorrea de la lactancia, la abstinencia sexual, el infanticidio y el aborto».

Si vamos todavía más allá y estudiamos la historia de las poblaciones donde las condiciones ambientales no han permitido ni siquiera la recolección, y donde para sobrevivir se ha dependido en exclusiva de la caza (o de la pesca), el precio etnoecológico a pagar para evitar un colapso poblacional ha consistido en ocasiones en limitar el número de mujeres.

Antes de continuar, sin embargo, habría que subrayar que para hacer un tratamiento apropiado de un tema tan dramático como el que vamos a presentar de poco serviría despachar la cuestión con consideraciones displicentes de carácter ético o ideológico propias de una sociedad como la nuestra, alejada de los límites de supervivencia. Dicho esto, y por mucho que ahora nos escandalice, métodos como el infanticidio femenino temprano fue una de las tácticas que se usaron para evitar la muerte de todos en sociedades enfrentadas a límites ecológicos extremos. Y hay rasgos culturales que solo se entienden como adecuación de grupos humanos al entorno que obligan a hacer determinadas cosas, bajo pena de morir los que no lo hacen; y el poner un ejemplo de grupo en el límite ecológico de subsistencia nos permitirá valorar lo que ha costado a la humanidad superar esos límites.

cazador inuit

Cazador inuit en el Ártico 

 

Así, sería un ejemplo de adaptación cultural a límites ecológicos el de los inuit (el término “esquimales” o “comedores de carne cruda”, se considera despectivo) magistralmente descritos en la película “Los dientes del diablo” — The savage innocent (Nicholas Ray, 1960); y que también tuve ocasión de imaginarme por primera vez cuando leí un libro que me regaló mi madre de pequeño, “En el país de los eternos hielos”, del misionero jesuita Segundo Llorente; más tarde volvería a bucear en el tema cuando la editorial Hermann Blume hizo un recopilatorio de artículos de antropología ecológica traducidos de la revista Scientific american y los editó como libro, “Biología y cultura”, en 1975, cuando hacía poco que acababa de empezar a dar clase a un instituto.

En una sociedad como la de los antiguos inuit, con la caza y la pesca estacional como único recurso alimentario, garantizar la renovación generacional del cazador era imprescindible para evitar la muerte de todo el grupo. Veamos algunos de los factores concomitantes. Por un lado, el grupo familiar a menudo era la única forma de agrupamiento nómada, y la esperanza de vida de un hombre inuk (singular de inuit) no era muy superior a los 30 años. Además, enseñar las técnicas de caza y pesca a un hijo, para garantizar las aportaciones de alimento al grupo, podía requerir 4-8 años de acompañar al padre a las expediciones para obtener alimento, en territorios de un radio que podía llegar a los 200 km.

Por otro lado, las características biológicas de las mujeres (menorrea, embarazo, parte, puerperio, lactancia, todas acompañadas de señales fácilmente detectables por los depredadores árticos –osos, lobos-, como la sangre, los gritos de los neonatos, la placenta, etc.) impedían que estas se dedicaron a la caza. Por ejemplo, una mujer grávida, no puede perseguir durante dos semanas, un oso polar o esperar días frente a un agujero en el hielo a la espera de capturar una foca de 100 kg, sacarla y transportarla. El hecho es que los condicionantes ecológicos obligaban a un reparto de tareas muy estricto, con las mujeres dedicadas a cuidar los hijos, adobar las pieles de los animales, confeccionar la ropa y demás ajuar doméstico, mantener el fuego y un largo etcetera cotidiano.

 

Inupiat family curtis

Familia Inupiat (Alaska, 1929). / Edward S. Curtis (Wikimedia Commons).

 

Además, para evitar un exceso de nacimientos la lactancia se prolongaba hasta los 6 años, durante los cuales la mujer no ovulaba (la hormona prolactina es anovulatoria). Si el primer parte era una niña, mantenerla viva suponía que durante 6 años no habría un nuevo nacimiento, y el padre seria 6 años más viejo; volver a tener una hija, e incluso una tercera podría hacer que el nacimiento del hijo llegara cuando el padre ya fuera tan mayor que no hubiera un apropiado relevo generacional; y sin cazadores eficientes todo el mundo moriría de hambre.

El resultado era que en muchos grupos inuit mientras no naciera un hijo macho los era imprescindible eliminar las criaturas hembras porque la madre pudiera volver a concebir pronto y con la esperanza que fuera un niño, después del cual ya podían cuidar futuras hijas. Así que en muchos casos, solo los grupos que optaron para eliminar las hijas (infanticidio femenino) mientras no naciera un hijo pudieron subsistir; en esas condiciones la selección natural condujo a un rasgo cultural tan sorprendiendo cómo reprobable para los quienes no hemos sufrido esos límites ecológicos. Así que la pervivencia de ese grupo humano quizás sería el resultado de esa práctica mientras que en otros la extinción por inanición fue el precio por no haber adoptado medidas tan drásticas; quién lo sabe. Y los intentos ideológicos –p.ej. religiosos- que confiaban al cambiarlas la manera de actuar condujeron a menudo en la muerte de los integrantes de los grupos aculturitzados, puesto que no podían sobrevivir si renunciaban a las prácticas que los habían permitido llegar a vivir en ese entorno tan limitante; porque la naturaleza “en estado puro” (si se me permite la expresión) es muy dura y solo permite sobrevivir a quienes lo ”aciertan” con su comportamiento.

En cualquier caso no estaría mal que hicimos el esfuerzo de ser compasivos y comprensivos antes de que jueces estrictos muy sentados sobre nuestra suficiencia alimentaria. Porque, de hecho, en el momento que los inuits accedieron además alimento gracias a las armas de fuego o el comercio regular, entre otras cosas, incluso los grupos más expuestos a los antiguos límites, dejaron de practicar el infanticidio femenino, el suicidio de los mayores y otras prácticas que ahora afortunadamente solo perduran en la memoria de un pasado dramático. Así, al mencionar estas adaptaciones culturales tan radicales como sorprendentes he pretendido señalar el gran valor de los progresos científico-técnicos en la regulación de la natalidad de manera menos dramática, y a los cuales no solemos dar la importancia que se merecen.

El camINO de lOs mÉtodOs anticonceptiVOS

La mayor parte de las culturas ha probado a usar controles no tan agresivos. Sería el caso de lo que genéricamente podemos denominar métodos anticonceptivos. Unos métodos que se remontan a la antigüedad más remota y que en época histórica ya se encuentran fijados por escrito en los papiros egipcios de Petri (1850 aC), de Ebers (1500 aC) y en el Talmud. Entre esos procedimientos se encuentra el uso de barreras químicas (como el vinagre in situ) o físicas (preservativos, entre otros), para impedir el contacto entre espermatozoides y óvulos, y también podríamos incluir el que figura en la Biblia en el Génesis 38, en el capítulo donde se habla de Onan y el coito interrumpido u onanismo.

 

LACTANCIA

 

Podríamos destacar también, como método anticonceptivo, el alargamiento deliberado del anovulación mediante la combinación de lactancia prolongada y porcentajes bajos de ingesta de grasa en la madre. En algunos casos, esas prácticas han sido elevadas al estatus religioso para salvaguardarlas más allá de las coyunturas particulares. Fijémonos, cuando menos, en aquello que dice el Corán (sura 46:15; traducción de Mikel de Epalza): «El embarazo y la lactancia son treinta meses»; si descontamos los nueve meses del embarazo quedan casi dos años de lactancia, mucho tiempo para los estándares actuales en los países desarrollados, pero normales en los que están en vías de desarrollo y como mecanismo tradicional para frenar excesivos crecimientos poblacionales

Sin embargo, el gran paso se dio cuando las mujeres pudieron controlar la propia fisiología reproductiva y decidir libremente, gracias a la bioquímica, si querían tener hijos o no. Y esto no se logró hasta medios del siglo XX. Y ese avance tan importante tiene su historia, parte de la cual arraiga en la etnobotánica y en el afán de esta ciencia por atravesar fronteras epistemológicas.

 

Les dioscoriÁciAs, la famIlia de lOs ÑamEs

La familia de plantas que vamos a considerar, las dioscoreáceas, está formada por unas 700 especies de plantas intertropicales; y reciben el nombre en homenaje al padre del etnobotánica medicinal, el médico greco-romano Dioscórides, del s. I d.C. Unas 600 de esas especies pertenecen al género Dioscorea, y muchas tienen tubérculos muy grandes (hasta los 30 kg) y tan feculentos que han sido y son utilizados por los humanos intertropicales como fuente de alimento; un uso vicario de lo que los cereales representan para las sociedades extra tropicales.

 

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Dioscorea alata. / Innspubnet.

 

Se trata de los ñames (Dioscorea alata, D. batatas, D. bulbifera, etc.), conocidos como camotes en México, nyams en valenciano y yams en inglés. Las Dioscorea evolucionaron independientemente en Asia, América y África tropicales, pero es en este último continente donde ha logrado la mayor importancia puesto que más de la mitad de los pobladores hacen de este tipo de boniatos el componente fundamental de la dieta. Particularmente en Nigeria, el territorio más poblado de todo África. En América tropical su cultivo se ve eclipsado por el de la mandioca o yuca, Manihot esculenta de la familia Euforbiáceas.

Pero, además de la importancia como alimento, los ñames han prestado otro gran servicio a la humanidad, el de ser intermediarios en la síntesis de hormonas sexuales sustitutivas de las humanas. Y a ese hito, que merece figurar entre las grandes epopeyas científicas, la etnobotánica contribuyó de manera decisiva. Como en el caso de la artemisia, sí, pero con algunas diferencias sustanciales que nos servirán para reflexionar sobre otra de las fuentes de la etnobotánica: la observación y análisis de una práctica cultural en la que intervenía una planta.

 

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Ñame chino, Dioscorea batatas.

 

En el primer dels casos, allò que va conduir a la identificació i aïllament del principi actiu va ser la localització bibliogràfica d’una recepta molt antiga, escrita en xinés arcaic, relativa l’ús de l’Artemisia annua para tratar el paludismo o malaria. En el asunto que ahora nos ocupará, el catalizador fue muy diferente: la observación de un procedimiento de pesca de unas poblaciones indígenas meso americanas que usaban una planta para capturar peces; a pesar de que la práctica no tenía relación directa con la sexualidad humana, manifestaba la presencia de un principio activo que podía usarse como precursor en la síntesis de aquello que se buscaba, la producción de hormonas sexuales femeninas.

Así que conoceremos una pequeña gran historia: la de los inicios, etnobotánicos, de la obtención de hormonas sexuales femeninas baratas y accesibles. Una historia que también pretende ilustrar sobre el valor dela etnobotánica como metodología para redefinir las fronteras del conocimiento. Eso sí, lo contaremos en próximos capítulos.

Daniel Climent Giner

Professor de Ciències de la Natura. Investigador i divulgador etnobotànic. Autor d'articles a Mètode i llibres d'etnobotànica. Conferenciant sobre temes de divulgació científica, etnobotànica i antropologia cultural.

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