El ermitaño del pas del Segur

El fotógrafo Jaume Fuster exhibe en el Botànic sus fotos de la Serra Gelada estos meses, y aprovechamos que le tenemos cerca para que nos cuente una de las muchas historias que encierra el proceso creativo alrededor de este espectacular paisaje litoral. En esta historia hay una senda misteriosa excavada en la roca usada en el pasado y a la que ahora casi nadie recuerda cómo llegar. ¿Qué les deparará esta aventura a nuestro fotógrafo y sus entusiastas acompañantes? Una vez más, la naturaleza esconde mucho más de lo que muestra, incluso tesoros botánicos.

Llevo toda mi vida oyendo hablar del pas del Segur, una senda de paso estrecho y muy peligroso, que baja desde la cumbre de la Serra Gelada hasta el mar y que ha sido utilizada desde antaño por contrabandistas y pescadores. Desde hace quince años estoy inmerso en un proyecto para fotografiar los paisajes de la Serra Gelada y encontrar esa senda me tenía obsesionado. Durante todo este tiempo la he sobrevolado en helicóptero, he fotografiado su acantilado desde la cima y desde la mar, he huroneado en sus cuevas, caminado por sus rutas, he navegado por su costa a bordo del Marraix mil veces… y recorrer esa senda perdida me parecía como alcanzar el corazón mismo de la montaña (imagen mucho más poética que la que me trasmitió el túnel de la depuradora de aguas residuales de Benidorm, que atravesé durante de un kilómetro para hacer fotos del derramador; parte, por supuesto, menos edificante de la anatomía de la montaña).

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Antonio Folch Cucarella y Francesc Xavier Llorca Ibi repasan la toponimia a bordo del Marraix. / Jaume Fuster

 

Desde el Marraix escrutaba la pared vertical receloso, para concluir que es imposible que un ser humano baje esa majestuosa mole sin abrirse la cabeza. Y sin embargo distintos testimonios volvían una y otra vez al pas del Segur: Ramón Galiana me aseguraba en una cena de la Taula del Bon Profit tener una película de super 8 donde se veía a un grupo de personas caminar entre los estratos de la roca a más de doscientos metros de altura, Roc Gregori me contaba que algún antepasado suyo la utilizó en el tema de contrabando…

Sí, debía encontrar ese paso y, aunque tuve la tentación de mantenerme entre las sombras de la clandestinidad y la ilegalidad para homenajear y continuar con la tradición contrabandista del lugar, decidí hacer las cosas bien, y solicité un permiso a la Oficina de gestión del Parc Natural de la Serra Gelada, pues está prohibido salirse del camino señalado, está prohibido dormir…

La primera intentona la realicé con Francesc Xavier Llorca Ibi, profesor de la Universidad de Alicante que ha elaborado la toponimia de la Serra Gelada y mi cómplice en el proyecto de la Serra. Francesc había bajado por el pas del Segur, pero no recordaba exactamente dónde está la puerta de acceso al precipicio. Bajó hace años de la mano de Antonio Sáez Muñoz (1934) el dueño de la venta la Valenciana y gran aficionado a la pesca que se inició en el ritual del pas siendo un niño de nueve o diez años.

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Bajando el primer arrapaor.  A la derecha, Antonio Sáez Muñoz en la venta la Valenciana. / Jaume Fuster.

 

Como dice mi tío Jacinto, arráez de 95 años: Si vols aigua ves a la Font. De modo que busqué la fuente de la que bebió Francesc, pero me confundí de Antonio y contacté con Antonio Folch Cucarella (1943) el del Estanquet, otro pescador que, según mi tío Jacinto (como se ve, mi habitual fuente de conocimiento e información) es el que mejor conoce toda la Serra por tierra y por mar, pues también hacía pesca submarina. Con Antonio Folch navegamos con el Marraix para localizar y contrastar los lugares exactos de la toponimia que tenía recogida Francesc de Antonio Sáez. Los dos Antonios son una enciclopedia viva de la Serra Gelada: el Bot, el cantal de la Doblada, l’Estufador, la Trona, la cova de la Dona, el cantal Pla, el Cantalar, la cova de la Pila, el Cossi, la Baixaeta, el morro Bou, el morro de Sant Jordi, la cova de l’Elefant, el Jordi, la Trotxa, el Garroferet, l’Acol·loco, la Caleta, la platja de la Caleta, el Llosar, el Regueró, els Ponts, terra de la Illeta, els Blavets, la cova del Bolig, el cantal Pla, el Rompedor, el portet de Tamarit, el morro Negre…

Su control de la zona es preciso y exhaustivo: “En aquella pedra es pot dormir, allà hi ha un gotís que abans es podia beure, allà hi ha un túnel submarí, aquell despreniment de roques ho va viure el meu pare que em va explicar l'estrèpit de les roques en caure i com ho va espantar, jo dormia en aquesta altra coveta i un dia vaig arribar i s'havia enfonsat el sostre. Em podia haver caigut damunt!…”.

A sus 74 años nos invita a bajar por el pas del Segur y lo intentamos mi hermano Juan, Francesc y yo. El día de autos se lesiona una pierna (y aún así me cuesta seguirle el ritmo, pero es que nuestra tercera edad está hecha de otra pasta), no recuerda muy bien la puerta de entrada, yo me pregunto qué hace un fotógrafo como yo en un lugar como este, me entra el pánico, y finalmente abortamos (me queda la satisfacción de decir que el primero que reculó y se quedó arriba para avisar por si nos pasaba algo fue Francesc).

Recupero el contacto de Antonio Sáez que me cuenta que él también empezó muy joven y que enseñó a bajar a su padre; y que bajaban de noche, a las cuatro de la madrugada porque se está más fresquito. Iban por necesidad, para pescar y llevar algo al plato en los difíciles años cuarenta. Se llegaban a juntar más de cincuenta hombres para descender a la vez. Dice que ha bajado con las cañas de pescar, el balde, su perro, con su mujer, su hijo… También me habla de un misterioso alemán al que condujo por el pas hace muchos años y que estuvo 21 días sin comer en el acantilado.

Antonio Sáez ya no se atreve a bajar (tiene 84 años), pero me dice que él enseñó el camino a un chico hace años: José Vicente Martínez Pérez, el “Muti”, bombero de Benidorm. Finalmente organizamos otra expedición: “Muti”, Paco Albero Clemente (de AeroCinema que grabará el camino con un dron), mi hermano Juan y yo.

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José Vicente Martínez Pérez, el “Muti”, buscando la senda del pas del Segur. / Jaume Fuster

 

“Muti” abre la marcha con mucha seguridad. Yo me he dejado la cámara grande en casa por si acaso, pero llevo la pequeña para documentar la senda. Bajo todo el rato maldiciendo y mascullando, pero disimulo. Por fin encontramos la puerta al corazón de la montaña. Una pequeña repisa al borde mismo del acantilado de unos centímetros de anchura, cubierta por la vegetación. “El camino de Dios. Sólo el que salte de la cabeza del león probará su valía”. Probar mi valía, probar mi valía… aquí estoy como India Jones, haciendo el mismo acto de fe que cuando atravesaba el arco de piedra invisible para llegar al Santo Grial, pero yo pisando un yerbajo confiando en que debajo estará la piedra que me sostendrá.

Pasamos un arrapaor (una escalera vertical de piedra donde te coges con uñas y dientes) y me llaman la atención unas marcas rosas, dispuestas exactamente donde hay que poner las manos y los pies para no caer. Nos cuesta imaginar cómo pasaban ese arrapaor con los fardos con el contrabando, o con el balde y las cañas, y mi hermano muestra un repentino interés por conocer a ese perro que se paseaba por aquí.

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Muti” i Paco Albero Clemente de AeroCinema grabando el camíno con dron. / Jaume Fuster 

 

Metros más abajo encontramos una gran cueva, que Antonio Folch me decía que había sido utilizada por los contrabandistas para descansar y para vigilar a los carabineros que patrullaban por la cumbre. En ella encontramos un lecho formado por esteras de paja, bidones de agua, una silla de plástico, una vela de cera, una libreta sin nada escrito… ¡Habíamos encontrado el vivac del alemán, veinte años después! Ni que decir tiene, que para mí fue como encontrar la tumba de Tuntankamon.

Mientras, las marcas rosas nos acompañan durante todo el camino, con una precisión germánica. “Muti” decide no bajar todo el camino, porque luego hay que subir y padeceremos. Da igual, ya hemos encontrado la entrada. Y en esas estamos cuando organizamos una cuarta expedición.

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Julio Higuera fotografiando desde la cueva de los contrabandistas. / Jaume Fuster

 

Esta vez nos quedaremos a dormir en la cueva del alemán. La preparamos una noche de luna llena porque quiero hacer fotos nocturnas para captar el ambiente que vivieron los contrabandistas de la cueva hace años. Esta vez bajo con mi hermano Juan y Julio Higuera, un exalumno de fotografía aficionado a la escalada. Lo llevo de sherpa porque dudo de mi capacidad física para transportar todo el equipo fotográfico y la comida, el agua…

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Mi hermano Juan y Julio Higuera bajando del arrapaor. A la derecha, mi hermano delante de la cueva de los contrabandistas.  / Jaume Fuster

 

Intenté hacer una fotografía de cinco horas de exposición que, cuando revelé más tarde, comprobé que no había salió nada (sí, sigo disparando diapositivas y quedé fatal con mi exalumno de fotografía). A la mañana siguiente continuamos el pas donde lo dejamos con “Muti”. Subimos otro arrapaor más difícil que el primero (ese magnífico perro), y llegamos prácticamente hasta la duna fósil. Sólo nos quedó llegar hasta el mar, hasta la cueva del Bolig, que es donde tradicionalmente llegaba el camino, pero decidimos no pisar la frágil duna llena de tesoros botánicos y regresamos.

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Mi hermano Juan y yo, con todo el equipo. / Julio Higuera
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Preparando la cena. / Julio Higuera

 

Andando por la senda de vuelta me viene a la memoria otra expedición fotográfica histórica que hicimos hace más de quince años, cuando buscábamos la Linaria arabiniana, un endemismo botánico de la Serra Gelada. Era febrero, lo recuerdo perfectamente porque caímos al mar durante el desembarco y el agua estaba helada. En aquella ocasión hicimos el camino contrario, accedimos a la duna fósil escalando desde el mar. La duna fósil también acoge otras rarezas como la Biscutella marinae, la Sideritis chamaedryfolia Cav. subsp. littoralis y la Corema album, la camariña, una planta de distribución atlántica bastante rara que en el Mediterráneo está presente únicamente en la Serra Gelada, con un censo en 2016 de 11 ejemplares. ¡En todo el Mediterráneo sólo hay 11 plantas y están todas aquí! Aunque esta no es la última sorpresa que guarda la duna fósil de la Serra Gelada. Acaba de descubrirse una nueva especie para la ciencia: la Centaura aspera subsp. geladensis, subsp nov., un nuevo taxón para la Comunidad Valencia y para el mundo.

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Linaria arabiniana y otras rarezas botánicas. / Jaume Fuster

Cuando llegamos para recoger el campamento mi hermano se empeñó en limpiar toda la basura que había dejado el alemán y llenamos una enorme bolsa de plástico. Juan la arrastraba montaña arriba como si estuviera cumpliendo una penitencia, como De Niro arrastrando las armaduras en la película La Misión.

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Mi hermano Juan y Julio en la cueva de los contrabandistas. / Jaume Fuster

 

Ya en casa decidí buscar información sobre ese alemán, y volví a preguntar a Antonio Sáez. Nada, ni teléfono, ni dirección, ni recuerda su nombre, pero me recomienda que hable con una alemana, viuda de Pepe Orozco, que es la persona que se lo presentó. Resulta que me vuelvo a equivocar. Parece increíble pero en Benidorm hay dos alemanas, viudas de dos Pepe Orozco: Yuta y Marion. Finalmente hablo con Marion Grziwa (1937) por teléfono. Me parece encantadora y quiero quedar con ella para enseñarle mis fotos sobre la Serra. Marion todavía se estremece al recordar que ella también bajó por el pas a bañarse con sus cuatro hijos cuando era joven. ¡Qué responsabilidad! ¡Qué inconsciencia! Yo pienso que aquello debía de estar más concurrido que el Paseo de la Carretera; de hecho no hay pescador (ni contrabandista) de más de setenta años que no haya bajado por el dichoso pas.

Marion me cuenta que en 1997 un señor llamado Wolfgang Bars (andar de lobo en alemán) le pidió ayuda porque quería ir a un lugar, cerca del mar, aislado de la gente, para meditar durante veintiún días, sólo con agua, sin ningún alimento excepto la energía solar. Wolfgang era un hombre muy espiritual y seguía el programa de ayuno de libro Vivir de luz, de la australiana Jasmuheen: una señora que afirma que no come nada desde 1993, sólo bebe agua e infusiones de hierbas y alguna galleta ocasional. Veintiún días es el tiempo preceptivo para purificar el cuerpo y el alma; me cuenta que le explicó.

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Restos del refugio del alemán. / Jaume Fuster.

 

Y allí estuvo, de retiro espiritual, escondiéndose de los excursionistas y pintando todo el camino con un rojo brillante, que con el tiempo y el sol ha mutado en rosa. Me encantaría conocerlo y darle las gracias por guiarnos por el precipicio. Me encantaría hablar con él sobre lo que escribió en la libreta que encontramos en la cueva, preguntarle su concepción sobre el progreso, su opinión sobre el enloquecido proyecto de un teleférico que amenaza al parque, sobre cómo se puede valorar económicamente algo tan antiguo y tan raro como la duna fósil y concluir que es más barato erosionarla que desalar y aprovechar toda el agua que se tira al mar y la corta por la mitad. Quizá yo sea igual de ermitaño que aquel que meditó en el abismo durante veintiún días; aunque yo, por supuesto, declino ayunar. Marion me cuenta que algo no debió de ir demasiado bien con la depuración de Wolfgang pues volvió extenuado y medio muerto de su retiro, y por eso se dejó toda la basura que mi hermano recogió de la cueva.

En el proyecto aparecerán, finalmente, cuatro fotografías del pas del Segur, que se expondrán y publicarán en 2018. Acabo de recibir respuesta del Parque sobre el permiso para hacer las fotos. ¡Cachis!, con la ilusión que tenía yo de ser, también, un poco contrabandista.

 

 

Jaume Fuster

Fotógrafo

Formado en ciencias de la información, su pasión es la fotografía de geografías remotas y el ser humano en los grandes espacios naturales. Exposiciones como Serra Gelada. Les llums de l’abisme, Nova Zelanda, cartes des de les antípodes o Almadrava son buena prueba de ello.