La espiral del bosque valenciano (II)

La espiral del bosque valenciano (II) Desiré Morales (Wikimedia)

Qué consecuencias tienen los incendios para los bosques valencianos, aquellos que se han ido desdibujando con el paso del tiempo. O cómo se puede hacer la prevención, si son coherentes las repoblaciones que hacemos... Son algunas de las preguntas que quedaron pendientes en la primera parte de La espiral del bosque valenciano. En esta segunda parte, José Aparici continúa el debate que abrió sobre si nuestros bosques bordean el precipicio, el punto de no retorno.

No podemos minimizar una realidad imperante: hay que decir basta y exigir hablar de una política forestal transversal, valiente y ambiciosa. Ambiciosa no se refiere a prostituir más nuestro bosque, convertido en un parque temático, especulativo de usar y tirar; sino buscar una solución más útil, más ejemplar y sobre todo, más barata, que tiene que pasar por potenciar una opinión ciudadana más documentada, más sensible, más exigente y, también, más crítica con la gestión forestal.

¡Un bosque es mucho más que un puñado de árboles! Y bajo esa premisa, una norma escrita con letras muy grandes tiene que dejar muy claro que ninguna de las actuaciones que hacemos en el bosque, bien sea como explotación y goce de los recursos naturales (agricultura, ganadería, turismo rural, extracciones...), bien sea como medida de gestión medioambiental (prevención de incendios, repoblaciones...), nunca tiene que tener como efecto la desprotección y alteración edáfica (relativa al suelo). Pero, ¿esto se cumple?

A menudo, la misma administración pública es la promotora de la financiación o de la ejecución de intervenciones que dañan el suelo y la cubierta vegetal. Sea dentro o cerca de un espacio natural valioso, ¿se adecúa correctamente el paso de carreteras, líneas eléctricas, la ubicación de parques eólicos, urbanizaciones? Pues no, y no ocurre ni una, ni dos veces, ¡está ocurriendo sistemáticamente!

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Reivindicaciones sociales de la plataforma contra los polémicos corredores de alta tensión en las sierras de las comarcas valencianas centrales. / Cremantsensefils.

 

La pérdida del suelo, preludio de la desertificación

Grande parte de los biólogos comparten la opinión de que el efecto más grave, y de más alcance, de la degradación del bosque o, más bien dicho, de la cubierta vegetal natural, es la pérdida del suelo: la erosión. Como el techo de cualquier domicilio, el suelo es el componente básico del ecosistema forestal. Si no hay suelo, no puede haber ni vegetación, ni fauna, ni nada. Sin suelo lo único que tenemos es un desierto. Además, la desaparición del suelo es irreversible. Si lo perdemos, lo perdemos por siempre jamás. La porosidad de un suelo fértil es sinónimo de fijación de las plantas, de obtención de agua y sales minerales, de respiración de las raíces, de llenado de los acuíferos por la infiltración y circulación del agua de lluvia...

La interacción que establece el suelo con la vegetación es sumamente íntima, dependiente. Además de la vegetación, también la fauna y los microorganismos aportan materia orgánica al suelo, la cual al descomponerse, origina un humus que permite a las partículas minerales del suelo formar una red porosa, resistente. La cubierta vegetal, la hojarasca o las raíces son el escudo de protección, de retención del suelo, puesto que impiden que la fuerza de la lluvia o del viento destroce la estructura del suelo, arranque partículas y se las lleve vertiente abajo. De este modo, cuando el manto protector de la vegetación es incompleto, como unas gotas de ácido en nuestra piel, la lluvia desencadena un efecto erosivo violento, y la destrucción del suelo será una realidad.

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Erosión edáfica. 

 

 

Desgraciadamente, la erosión aumenta en zonas con pendiente y bajo un régimen de precipitaciones irregulares como ocurre en nuestro territorio, donde llueve con poca frecuencia a lo largo del año y tienen lugar muchas veces episodios breves de grandes cantidades de agua. En estas condiciones, si no hay una buena cubierta vegetal protectora, y teniendo en cuenta la composición del suelo, toneladas y toneladas anuales de materia mineral pasan a formar parte de lenguas salvajes, de crecidas catastróficas de agua roja, que acabarán en poco tiempo en el fondo de ríos, pantanos y mares. Si la desprotección y pérdida de suelo fértil causada por la falta de vegetación se repite muy a menudo, el agua se infiltra poco, puesto que los poros están taponados por la lluvia y, por lo tanto, los acuíferos no se recargan. Pero ese no es el final inmediato, sino la incapacidad de la recolonización vegetal.

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Desbordamiento y consecuente erosión del río Algar (Callosa d'en Sarrià, Alicante) debido a las lluvias torrenciales de una gota fría otoñal. / David Revenga (diarioinformacion.com)

 

Aflora el concepto de desertificación. A pesar del clima y del resto de condiciones naturales, un rico y variado ecosistema da paso la expansión de características similares al desierto causadas por la mano del hombre, fundamentalmente por la deforestación, en lugares donde se ha hecho desaparecer el suelo de manera irreversible por una mala gestión. (La palabra desertización, en cambio, se refiere al proceso natural de formación de desiertos).

Dicho esto, el territorio valenciano está ubicado dentro de las áreas europeas con un elevado riesgo de desertificación. No quiere decir que estemos ya en el desierto, pero es un serio, peligroso aviso de que podríamos convertir nuestra casa en un desierto si no cambiamos los impactos que ejercemos sobre nuestro medio ambiente. No nos vale echar la culpa al clima mediterráneo que tenemos o a las pendientes bastante acusadas de nuestro paisaje; la erosión tendrá un papel residual sólo si preservamos la cubierta vegetal.

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Los extensos campos valencianos de viña nos muestran los caminos que nos conducen hacia la desertificación creciente de nuestro paisaje.. / Juan Emilio Prades Bel (Wikimedia).


Hay que insistir en aquello de cubierta vegetal completa. Un bosque en el que se ha eliminado el matorral protege poco el suelo. De aquí nace el fenómeno asociado a una gestión medioambiental enfangada: la distorsión de la limpieza del bosque. Algunos bosques “limpios” tienen la apariencia de un campo de cultivo, con sólo pinares y poca vegetación arbustiva debajo. No hay que repetir el incremento de la vulnerabilidad del suelo a la desprotección y a la erosión en este caso, ¿no crees? Ya abrí una incomodidad ignorada en la primera parte del artículo, ¿por qué despreciar tanto los arbustos? Por muchos motivos son valiosos, a veces, tanto o más que los árboles. El camino está claro, conservar el ecosistema completo.

 

El infierno de los incendios

Somos conscientes de que la extensión quemada depende mucho de las condiciones meteorológicas y de los dispositivos de lucha contra los incendios. En las últimas décadas hemos vivido un tira y afloja, un frecuente desequilibrio en la administración pública entre los recursos económicos invertidos en medios aéreos y terrestres frente a la respuesta y coordinación de las primeras actuaciones de las brigadas forestales. Por lo tanto, unos pocos errores a la hora de afrontar el fuego o un incendio en plena ponientada pueden disparar las cifras de superficie quemada, aunque la mayor parte de los incendios se hayan dominado con facilidad.

Sin duda, el infierno en el territorio valenciano tiene fecha: verano del 1994. Ostenta el recuerdo de terreno calcinado. En aquel fatídico año, una catástrofe medioambiental recorrió casi todos los países mediterráneos, que coincidió con unas condiciones climatológicas extremas. Y es que desde la década de los 70, en el territorio valenciano la magnitud de los incendios forestales ha sido un contraste: periodos de pocas extensiones quemadas, seguidos de años muy malos. Hay que ser muy prudentes en la lucha contra el fuego, a la hora de predecir mejoras y cifras favorables. La frecuencia de incendios continúa siendo muy elevada y este hecho significa que la prevención sigue fallando, a pesar de los últimos avances.

La única causa estrictamente natural de los incendios forestales son los rayos pero el 90% son de origen humano a causa, tristemente, de negligencias, como prácticas imprudentes en agricultura, ganadería y fuegos encendidos relacionados con actividades recreativas en el bosque. A pesar de que es muy lamentable, esto tiene una lectura positiva: gran parte de los incendios se podrían evitar y se tienen que evitar a través del endurecimiento del incumplimiento de acciones de riesgo en lugares y momentos inadecuados.

Y no nos olvidemos del papel de los pirómanos, bien sea por desequilibrio mental, por simple placer o bien para obtener oscuros beneficios. Quizás la atribución de los incendios a pirómanos sea tranquilizadora para la sociedad y la administración, porque resulta más difícil pensar que la mayor parte de los fuegos los originan personas como nosotros, por no prestar suficiente atención y por la escasez de medidas de regulación de usos, disuasión o vigilancia.

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El P.N de la Sierra Calderona ha vivido el último gran incendio del verano de 2017. / Jose Plasencia (Infopalancia.com)

 

¿Prevención que acaba en infierno?

En cuanto a la prevención de los incendios, desde la administración hay que reorientar unos criterios y actuaciones de por sí poco efectivos y con graves impactos ambientales, que son una herencia del pasado, de una gestión forestal insostenible y que infravalora la degradación vinculada a la erosión. Gran parte de los recursos económicos se dedican a una mal llamada “silvicultura preventiva”. No tienen nada que ver con la verdadera prevención del fuego y tienen unos graves impactos en la naturaleza, a veces superiores al mismo incendio. Y es que con la excusa de la prevención, se abren o se amplían caminos forestales que no hacen nada para prevenir el fuego; al contrario, facilitan la penetración con vehículo al bosque, se incrementa la contaminación, los daños y el riesgo de incendio. Los bordes de caminos y pistas forestales, origen de muchos incendios, eliminación de gran cantidad de vegetación, impacto paisajístico o incremento de la erosión edáfica…


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Impacto de un cortafuego en una vertiente de pinares. / Flickr

 

También en nombre de la prevención, se han llevado a cabo auténticas salvajadas cómo son las conocidas “limpiezas” de sotobosque y los falsos “cortafuegos”. Ninguna de las dos actuaciones garantiza, ni mucho menos, que no habrá incendios, sino que incrementan la inflamabilidad forestal debido a los montones de leña seca que permanecen durante meses alrededor de zonas “limpiadas” o en los “cortafuegos”. Además, poco tiempo después de eliminar vegetación arbustiva, aparece de nuevo, normalmente más seca e inflamable que la que se ha eliminado anteriormente. Con esta forma de actuar, no se deja avanzar la vegetación hacia etapas más maduras del bosque, que son las menos inflamables y degradadas.

Ni una planificación de una red completa de cortafuegos puede minimizar la fragmentación de miles de hectáreas de vegetación boscosa, ni puede evitar que los sobrepasen a gran velocidad grandes o pequeñas ventadas de fuego. Por mucho que nos esforcemos, siempre habrá material vegetal que se pueda quemar. Sí, un bosque quemado y un impacto negativo paisajístico se puede recuperar, pero erradicar la cubierta vegetal e, incluso, el riesgo de perder el suelo fértil es muy lenta, imposible en muchos casos.

Hay dos tipos de destrucción forestal: la originada por los incendios, y la originada por las medidas supuestamente preventivas, que puede ser mayor y, lo peor, permanente. Lo que ocurre es que a ojos de la sociedad, la prevención se simplifica a limpieza. Pensamiento exportado del mundo agrario, un enfrentamiento entre vegetales buenos (los cultivos) y los indeseables (las malas hierbas).

¿Se puede aplicar esa visión en un bosque mediterráneo, recordando el papel ecológico esencial de la vegetación arbustiva? La prevención no tiene nada que ver con la eliminación de la vegetación que se pretende salvar. Esto sería como retirar los cuadros de los museos para evitar que los roben. Está claro, si no hay cuadros no los robarán, pero tampoco tendremos museo. Dicho esto, si en realidad lo que se pretende es generar discontinuidades vegetales para facilitar la extinción (una cosa muy distinta a la prevención) habría que optar por medidas de menor impacto y más económicas: ¿y si se potencia el labrado de bancales abandonados, dispuestos en terrazas agrícolas de vertientes? Actualmente, los cortafuegos naturales pero su mantenimiento dependerá del ritmo de despoblamiento y falta generacional de los pueblos de interior.

¿Cuál es la verdadera prevención? Evitar encender fuego en zonas de bosque y que este pueda acabar convirtiéndose en un incendio. Esto implica endurecimiento de la regulación de usos en áreas forestales, incremento de la vigilancia y detección de incendios incipientes; como también, formación, información y disuasión. Son actuaciones que cuestan menos que las intervenciones de “silvicultura preventiva” y que sirven, además, para evitar otros daños en el bosque.

 

Repoblaciones forestales: un trauma ausente de sentido común

En general, la opinión pública y los medios centran erróneamente el debate al aspecto cuantitativo de las repoblaciones forestales: “se repuebla demasiado poco”, y esto estimula promesas electorales irrealizables de repoblar grandes extensiones forestales en plazos cortos. Como pasa siempre en ecología, importa más la calidad que no la cantidad: lo más determinante es que las repoblaciones sean correctas. Respetar al máximo el ecosistema y no dañar el suelo fértil ni la vegetación existente, puesto que en muchos casos la vegetación natural se regenera de manera espontánea y gratuita. Y es que la regla de oro en cuanto a la regeneración del bosque es no interferir en la recuperación natural y, en todo caso, ayudarla.

Muchas repoblaciones en todo el territorio valenciano han tenido efectos devastadores, ni rastro de los efectos beneficiosos que se presumen. ¿Por qué eliminamos los bosques originarios de carrascas u otras especies potenciales para plantar pinos? ¿Por qué con el fin de plantar unas plántulas de pinos que no siempre prosperan, se destroza la preexistente y valiosa cubierta arbustiva con maquinaria pesada? ¿Realmente es necesario usar técnicas de remoción, excavación, alteración profunda del suelo hasta modificar radicalmente la vertiente de una sierra? Respecto a las herramientas ligeras, ¿prevalece que su uso encarece o que minimizan los perjuicios en la composición del suelo y la vegetación de este? ¿Somos conscientes de que en vez de ir adelante en la sucesión ecológica, de la madurez de la sierra, se va hacia atrás y con despilfarro de mucho dinero? Es más, ¿estudiamos previamente y en detalle cuáles son las especies que hay que emplear en los programas de repoblación?

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El uso de maquinaría pesada en las repoblaciones de vertientes debe de ser una práctica limitada y focalizada.

 

En las repoblaciones del siglo pasado, básicamente se usaban el pino ródeno y el pino carrasco e, incluso, exóticas como los eucaliptos (sí, el polvorín de los mortíferos incendios que han asolado Portugal y Galicia). Más que avanzar en la gestión medioambiental, aunque hay planos oficiales recientes que hablan de más de cuarenta especies que se podrían emplear, la realidad es que en la mayoría de los casos se realizan monocultivos de pinos. Los pinos no protegen suficientemente el suelo de la erosión y son muy inflamables debido a que poseen hojas con poco contenido hídrico y resinas muy combustibles. Al incendiarse mueren y no rebrotan. No se trata de satanizar los pinares, pero ¿hay algún motivo para repoblar mayoritariamente con pinos? ¿Ahorrar dinero a expensas de mayor vulnerabilidad cuando llegan las llamas? Pues no es el camino. Si un incendio afecta a pinos repoblados en los primeros quince años, todavía no tendrán piñones preparados para germinar y, de nuevo, despilfarro de dinero público. Mantos monoespecíficos de pinos, todos alineados, todos igualitos, todos de la misma edad y sí, todos más propensos a condiciones climatológicas adversas, a plagas forestales como la procesionaria o el escarabajo de los brotes de los pinos, Tomicus piniperda. Y es que muchos conocerán la derrota de pinos carrascos en todo el territorio valenciano en los últimos años.9 Repoblación de pinos panoramio 1

Repoblación de pinos / Panoramio (Wikimedia).

 

En definitiva, si el objetivo de las repoblaciones es la regeneración del bosque, no tienen ningún sentido ni los monocultivos de pinos ni el uso desproporcionado de maquinaria pesada, excepto casos puntuales. Como alternativa, hay que emplear una diversidad de especies arbóreas y arbustivas, todas ellas autóctonas y que correspondan a la vegetación potencial de la zona de repoblación. Eso sí, conviene que sean especies rebrotadoras y, una vez arraigadas en la montaña, aunque se queme reiteradamente la repoblación, la vegetación rebrotará vigorosa. Pecará de ser una estrategia que necesita mucho tiempo, pero más segura, más respetuosa y, lo más importante, el bosque se reconstruirá por sí mismo. ¿Por qué no profundizar en la aplicación de casos prácticos y con resultados eficientes, sin ninguna contrapartida ecológica?

 

¿Hay esperanza para el asediado bosque valenciano?

La gente más adulta diría que hace cien años, en el territorio valenciano, sería muy difícil desarrollar una gestión forestal con convencidos principios ecológicos, no sólo porque en aquel momento no existía esta preocupación, sino porque el bosque era una fuente de recursos indispensables y hacían muy complicado cohesionar preservación y extracción forestal. Ahora las cosas han cambiado. Menor presión de explotación del bosque, menor infravaloración de los beneficios ecológicos, aumento de las ayudas en torno a la conservación de la biodiversidad, interés por conocer y estudiar el bosque desde la rica flora y la fauna hasta el patrimonio arquitectónico y antropológico asociado, por el turismo rural y los beneficios económicos que comporta. A pesar de esto, vivimos engullidos en una verdadera paradoja.

Vivimos la paradoja que la administración pública emplea un lenguaje y una posición ecológica, pero es incapaz de frenar los procesos de degradación y de ni siquiera emplear rigurosamente las herramientas de que dispone: mecanismos de evaluación de impacto ambiental, instrumentos de ordenación del territorio y la restringida aportación de recursos económicos. Las posibilidades realistas de conservación las tenemos, pero también es cierto que las presiones agresivas se multiplican a una velocidad y una intensidad sin precedentes.

Conocimientos científicos, actuaciones ejemplares a seguir y sensibilización encabezada por colectivos comarcales existen. El problema es que sólo se exprimen una y otra vez después de cada episodio de shock postincendio. Hay que implicar más a la sociedad, abrir puertas a la participación ciudadana, y los sectores más concienciados y comprometidos en la defensa de la natura pueden tener un esencial papel en la transmisión de valores críticos y en examinar con lupa lo que ocurre en el bosque, en nuestro entorno forestal.


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Una entidad valenciana e histórica como Acción Ecologista Agró promueve un consolidado y variado programa de educación ambiental, donde destaca la restauración paisajística. / Revista Espores.

Es un hecho. La gestión forestal valenciana no se ha modernizado apreciablemente en las últimas décadas, vive en un continuo “quiero pero no puedo” y puede convertirse más en un problema que en una solución para el bosque. Por eso, hace falta suficiente determinación política, y forzada por la sociedad, de cambiar nuestra manera de interactuar con el bosque. No se trata de que nos coja un ataque para declarar protegido todo el espacio, sino interiorizar la prioridad ecológica y plantear un modelo de conservación del bosque adaptado al siglo XXI, donde confluyen ciertos usos tradicionales y nuevos bajo una regulación territorial estricta. Por eso, es un deber moral que se haya abierto la puerta a la refundación de la Ley Forestal Valenciana de 1993. Esta no puede ser complaciente y maquillada por la administración de turno; tiene que optar por una fundamentación más sostenible y adaptada a las especificidades ambientales y socioeconómicas valencianas. En esto, las universidades y los centros de investigación científica tienen y tendrán mucho que decir para afrontar, por fin y con éxito, la cuestión última y clave de este artículo: ¿en qué hemos convertido el bosque valenciano?

José Aparici

Graduado en Ciencias Biológicas por la UV y alumno de máster de Ecología Avanzada
He aprendido y crecido en diveros departamentos del Jardí Botànic, entre otras instituciones públicas. Me fascina el voluntariado medioambiental, la psicología, la historia, la natación y, entre nosotros, me sorprende como asciende el agua por capilaridad a lo largo de los troncos monumentales.