Las malas hierbas del arte

Los objetos artísticos pueden ser algo más que un elemento meramente estético. En ocasiones sirven de soporte para el desarrollo de nuevas formas de vida que los alteran y que nos obligan a plantear soluciones científicas para conservarlo.

Los objetos artísticos y patrimoniales son capaces de actuar como sustrato para el desarrollo de organismos y microorganismos que en muchos casos producen deterioros y efectos indeseables sobre el mismo, como consecuencia de su crecimiento y metabolismo. Pero además, la gran variedad de materiales de los que se componen las obras de arte, hace que el estudio de los fenómenos de biodeterioro en estos soportes sea una tarea bastante compleja.

 

Uno de los casos más vistosos es el crecimiento de plantas vasculares en elementos arquitectónicos y yacimientos arqueológicos. Aunque en los últimos tiempos existen algunas corrientes que defienden que el desarrollo de estos organismos es parte natural del yacimiento, normalmente se tiende a eliminar o minimizar el efecto del crecimiento de la flora, de modo que nos permita realizar una interpretación correcta del área arqueológica. Sin embargo, en el caso de elementos monumentales, como son fuentes, campanarios, esculturas, claustros, etc. se tiende a la eliminación de estos elementos, con la finalidad de evitar mayores deterioros y preservar la integridad del elemento patrimonial.

 

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Desarrollo de plantas vasculares en las paredes de una fuente monumental del siglo XVI

 

En el caso de las plantas vasculares, éstas son capaces de producir roturas y fisuras en la piedra cuando sus raíces penetran entre los morteros que las unen. Así, muchas veces se produce una pérdida de cohesión del sustrato que acaba con derrumbamientos y pérdida de partes integrantes del monumento. Uno de los casos más llamativos en Valencia fue el crecimiento de una higuera (Ficus carica L.) en lo alto del campanario de la Iglesia del Carmen, y que permaneció allí hasta que se realizó la intervención de restauración del campanario hace unos años. Por otra parte, los briófitos y musgos son capaces de formar espesas capas sobre las rocas, modificando por completo su apariencia e introduciendo sus ricinas en el soporte, favoreciendo la disgregación del mismo.

 

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A la derecha, fragmento del briófito Tortula muralis encontrado sobre las rocas de un abrigo con arte rupestre observado a la lupa estereoscópica. A la izquierda, escultura "Mujer sentada" de Helena Sorolla con presencia de algas y cianobacterias. Jardín del Museo Sorolla de Madrid

 

Este crecimiento se produce cuando las condiciones ambientales son favorables para su desarrollo, como un contenido suficiente de agua, una adecuada iluminación que garantice la función fotosintética y una buena porosidad del sustrato que permita la penetración de las ricinas y raíces. Además, algunas especies pueden causar coloraciones de la piedra a través de la liberación de compuestos orgánicos. Pero desde el punto de vista de la conservación, los efectos pueden ser tanto negativos como positivos. Negativos porque se favorece el crecimiento de otros organismos y se deteriora el soporte, además del indeseable impacto estético, y positivos porque se reduce el efecto de la erosión eólica y se modifican los intercambios de sales.

 

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Pináculo que culmina una fuente monumental del siglo XVI, colonizado por líquenes y musgos

 

Pero no son las plantas los únicos organismos capaces de producir alteraciones en el soporte. Por todos es conocido el efecto de los líquenes sobre los edificios y monumentos. Gracias a su morfología, son capaces de adherirse al sustrato y permanecer en él durante extensos períodos de tiempo. En este caso, hay que sumar al daño producido por fijación del liquen al sustrato, los fenómenos bioquímicos asociados a la producción de sustancias y ácidos liquénicos, que producen pátinas coloreadas que cambian la apariencia de la obra y que en muchos casos penetran en la piedra haciendo muy difícil su completa eliminación. Como en el caso de las plantas vasculares, existen autores que defienden la acción protectora de los líquenes sobre el sustrato, reduciendo los daños que producen el agua, el viento y los contaminantes atmosféricos.

 

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Vista cenital de la barandilla del tejado en Catedral construida en el siglo XIV, el sustrato está totalmente colonizado por líquenes, musgos y vegetales superiores en el mortero

 

Por otra parte, los microorganismos siempre se encuentran recubriendo cualquier objeto y poseen un amplio potencial para deteriorar la propia obra de arte. Estamos hablando de bacterias, hongos y algas capaces de desarrollarse en superficie y producir alteraciones físico-químicas en el objeto. Las bacterias son capaces de producir costras coloreadas, pulverización y exfoliación de los materiales. Estos cambios de color pueden producirse bien por la expulsión de sustancias coloreadas o bien por reacción química de compuestos del metabolismo secundario de las bacterias, al reaccionar con elementos presentes en el sustrato.

 

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Cultivo en placa de algas procedentes de escultura situada al aire libre

 

Normalmente, es imprescindible conocer la ecología microbiana para entender los procesos de colonización de los materiales por parte de los distintos microorganismos. Así, los hongos suelen aparecer en etapas posteriores a la colonización bacteriana, puesto que como organismos heterótrofos necesitan de la presencia de materia orgánica para sobrevivir. El principal problema que plantean es su crecimiento en forma de hifas, capaces de penetrar fuertemente en el sustrato y causando graves problemas en la estructura superficial de las obras, de ahí lo complicado de su eliminación. Por otro lado, las algas y las cianobacterias se encuentran muchas veces en obras expuestas a ambientes exteriores, como es el caso de fuentes y esculturas al aire libre. Su presencia está principalmente limitada por la presencia de agua, luz y nutrientes.

 

Tradicionalmente, se ha abordado el estudio de estos fenómenos a través de la identificación de los agentes causantes del biodeterioro, a través de una unión entre la ciencia y el arte. Esta sinergia ha ido desarrollándose con los años, nutriéndose de los avances producidos en ambos campos. De forma clásica, se realizaba una identificación de los microorganismos a través del cultivo en placa y su posterior visualización al microscopio.

 

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Cultivo en placa de hongo aislado a partir de colonización en una pintura mural

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Observación al microscopio óptico del cuerpo fructífero de un hongo ambiental aislado a partir de escultura de piedra

 

Sin embargo, en la actualidad contamos con potentes herramientas para identificar estos organismos a través de técnicas de biología molecular. Con esta metodología podemos ampliar el número de microorganismos estudiados, al evitar el sesgo producido en el cultivo en placa, ya que la mayor parte de los microorganismos presentes en una muestra no son cultivables en el laboratorio. Pero además, nos permite conocer mejor cuales son los agentes involucrados en los procesos de biodeterioro, identificando con exactitud su grupo taxonómico y conociendo qué procesos metabólicos son capaces de llevar a cabo, y si afectarán o no al sustrato.

 

Pese a todo lo expuesto, no hay que olvidar que el interés actual por la eliminación de cualquier rastro biológico de la superficie de las obras no deja de ser una corriente cultural. Debemos recordar que en otros períodos históricos se hizo muy popular el gusto por las ruinas y los espacios humanos en desuso recolonizados por la naturaleza. Hay que encontrar por tanto un equilibrio entre la conservación, la estética y la apreciación cultural de las obras. Un equilibrio que es difícil de conseguir cuando se tienen solamente en cuenta aspectos subjetivos, como por ejemplo, la valoración positiva por parte de la población del hecho de que su catedral o iglesia esté repleta de líquenes o verdín, puesto que la imagen culturalmente aceptada es ésta, sin tener en cuenta los efectos perjudiciales que puede tener en el Patrimonio.

 

Desde la biología aplicada a la conservación del Patrimonio se trata de dar una visión objetiva de los problemas derivados de la acción biológica sobre las obras de arte, aportando una solución científica para su conservación así como investigar en tratamientos menos agresivos tanto para la obra como para el restaurador de obras de arte.

Luis Marco

Licenciado en Biología. Máster en Patrimonio Cultural: Identificación, análisis y gestión. Especialidad en Análisis y Ordenación del Patrimonio Paisajístico por la Universidad de Valencia. Especializándose en Biodeterioro del Patrimonio Cultural en el Instituto del Patrimonio Cultural de España.

Sitio Web: @lluismarco

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