L’Albufera, historia de una complicidad

Lago de l'Albufera. Valencia Lago de l'Albufera. Valencia

El Botánico acoge, los próximos 25 y 26 de noviembre, el simposio El Parc Natural de l’Albufera, ara, para conmemorar los 30 años de la declaración del parque y hablar de su situación actual. Repasemos con diferentes y ricas anécdotas algunas partes de su historia para conocerla un poco mejor y pensar bien su homenaje.

Hace casi quince años, en un encuentro casual, felicité a Vicente Fullana por su nombramiento como Presidente de la Junta Rectora de l’Albufera. Bromeé con la caída en picado de su carrera, tras sus incontables cargos relevantes en lo público, para terminar en ese, no remunerado y al que tan poca atención se presta.

 

Hombre y Naturaleza, luchas, tregua y alianzas

Valenciano como yo, me dijo que, por el contrario, le gustaría, antes de morir, hacer todo lo que estuviera en su mano para salvar l’Albufera, y ese sería su mejor remuneración: haberse sentido útil en ese reto. Le prometí coger el testigo y meses después teníamos en marcha el estudio más ambicioso que hasta entonces el Ministerio de Medio Ambiente había nunca dedicado específicamente al Medio Ambiente. ¿Paradójico?


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En 202 tomos quedó ese estudio tres años después, lleno de inventarios de datos, cálculos, modelos hidráulicos, químicos y biológicos. De esos miles de páginas, la que recuerdo con más orgullo es la del prólogo que tuve que hacer para la compilación de poemas de Ibn Jafaya, el poeta valenciano del s. XI, que constituyó el tomo “n más uno”, el que elegimos como colofón al estudio.

 

“... a brisa s ́esgolava
sobre les aigües de l ́Albufera;
les flors de taronger, com argent florien,
i l ́ocas fluïa, dorat, en l ́horiso..”

 

Cuando la Comisión Europea aún no había pregonado la imperiosa necesidad de la participación de la sociedad civil en los proyectos, pese al compromiso de la Agenda 21 de Rio 1992, comprendimos la necesidad de generar una propuesta consensuada por el máximo de posiciones, sensibilidades, experiencias y disciplinas, todas de la sociedad valenciana. La participación fue un freno al principio, encontrando barreras, posiciones irreconciliables, algunas inconfesables, contradicciones y posiciones confusas que parecieron imposibilitar el avance.

 

Pero alguna cigüeña de l’Albufera engendró y dio a luz a una idea madre: el consenso de que nuestra meta sería recuperar una nueva realidad en l’Albufera con la calidad ecológica que disfrutaba en los años 60. El por qué será, seguro, objeto de un artículo específico, me comprometo a ello. Fue un debate de personas, no el resultado técnico de un estudio o la aplicación de una doctrina sesuda y académica. Tanto la visión de nuestros ancestros musulmanes sobre el Xuquer y l’Albufera, como la de nuestros coetáneos en esos comités de expertos heterogéneos, han sido para mí los principales pilares para la comprensión del reto y ambos descansan sobre la dicotomía hombre-naturaleza.

 

Una breve historia, o no tan breve

Ya lo sabía, dirá el lector. Pero por si acaso, recordemos qué es esa laguna que tenemos junto a la ciudad de Valencia, que queda abrazada y compartida por dos ríos, Turia y Júcar, cuyos efluvios penetran en ella y que forman un triángulo amoroso, como todos, llenos de disputas, rencores, traiciones, pero también de placeres.

 

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Cultivo de arroz

 

Romanos y árabes desarrollaron regadíos a su alrededor, dejando evolucionar esa “al-buhayra” o mar menor, en árabe. La bahía salada poco profunda iba recibiendo sedimentos de los barrancos vecinos, rellenando lentamente su fondo, mientras las corrientes marinas iban creando la restinga que la aislaba del mar con bárbaras arenas, procedentes, cómo no, del norte. Sus aguas someras y saladas constituyeron el ecosistema que añoraron y cantaron Ibn Jafaya por el sur y Al-Russafí por el norte hace mil años.

 

Nos daba abundante pesca y acceso navegable a los pueblos a su alrededor, a Balansiya incluida junto al palacio de verano del rey moro, que imitaba al jardín del Califa de Damasco y del que tomó el nombre de el “Russaf”, en la actual Ruzafa. Fue tras la ampliación de la Acequia Real del Júcar hacia el norte, ya en época cristiana, cuando los sobrantes de los regadíos comenzaron a alimentar la laguna salada con agua, ahora dulce, del Xuquer. La colonización agrícola de su perímetro no fue fácil antes de cerrarse definitivamente la restinga y regularse la salida al mar en las golas mediante compuertas, dando lugar a un lago de agua dulce, dócil con las prácticas agrícolas y la extensión del arrozal. La pesca cambió a la de agua dulce, la flora hizo lo mismo, las aves encontraron otro ecosistema diferente y quizás cambiaron de hábitos, de trayectos en sus viajes al África, otras la eligieron para criar,.. y nació otro ecosistema. Bello sin duda, valioso también, como su antecesor, pero artificial.


Las tierras dejaron de recibir sal y la colonización se aceleró en tiempos de aquella España paupérrima que perdía sus colonias. El tío Paloma y sus paisanos ganaron arrozal a la joven laguna que lucía hermosa y pero que quedó desnuda en su hermosura. El manglar que la vestía dio paso al campo de cultivo que se hizo dueño hasta de su orilla, alimentando a los valencianos y a quienes quisieron comprar su producto estrella: el arroz de la paella valenciana.
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Garzas que plantas lirios

 

Pero el Turia sorprendió a la Balansiya cristiana que había demolido su muralla, esa que durante siglos la protegía de riadas más que de ejércitos. La última gran inundación del 57, que cubrió toda la ciudad menos el barrio donde se ubicó el templo romano, la mezquita y la catedral, puso sobre la mesa varias opciones para sacar al río de la ciudad con quien había convivido más de veinte siglos. La solución sur fue la elegida; era la que menos iba a molestar al desarrollo urbanístico y económico de la ciudad. L’Horta Nord era más rica, ofrecía mejores condiciones para construir, con suelos más firmes, sin humedales insalubres con suelos de turba como ese fangal del sur, ese sin futuro, l’Albufera.

 

Pero el hombre no sabe predecir su propio comportamiento. El nuevo cauce, con sus autopistas, facilitó el acceso y el rápido desarrollo urbano e industrial de l’horta Sud, en detrimento de su hermana del norte. Vinieron emigrantes de las cuencas altas del Turia y del Júcar y la poblaron a un ritmo vertiginoso, uniendo desde Sedaví hasta Silla en un único conglomerado urbano. Vertidos domésticos e industriales aumentaban más rápido que se arbitraba el saneamiento necesario. Falló el pronóstico y Valencia creció hacia el sur. L’Albufera fue envenenándose en esos primeros años 70 y entró en coma súbitamente en 1973. Murió su zooplancton y se convirtió en un lago trófico, moribundo.


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Un oasis en medio de la Albufera. Imagen del Facebook de El Tancat de la Pipa

 

No fue una mala noticia. A los que sois más jóvenes os sorprenderá que hasta primeros de los 80 se potenciaba la desecación de humedales mediante programas del IRYDA, zonas detestables, origen de molestias, pero también de enfermedades. En el siglo XX había paludismo (malaria) en Valencia y en el año 1973 la Confederación Hidrográfica del Júcar puso en marcha el plan CLOCOL de lucha contra el cólera, sí el cólera, en Valencia. Recuerdo mi visita de estudio a las obras de desecación del marjal de Pego-Oliva que orgullosos nos mostraron.

 

Poca atención mereció nuestra laguna enferma, salvo la de algún intelectual aislado sin audiencia. Tuvo que cambiar la sociedad, el hombre, para que ya en 1986, se reconocieran sus méritos para ser Parque Natural, hecho que celebramos este año. Las sufridas aves que la visitaban reclamaron igualmente su título como humedal RAMSAR tres años después. Los dos títulos y alguno más posterior (ZEPA, LIC,..), le dieron nobleza pero no le dieron realmente fortuna, al menos de forma inmediata.

 

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El hombre la había creado tal y como es, el hombre la había envenenado, la había olvidado, pero en ese tiempo había seguido pescando, cultivando, regulando su nivel, visitándola los fines de semana, ubicando autocines, discotecas, hoteles, apartamentos, restaurantes, mientras algún despistado la navegaba en barca de percha viendo divertido como las carpas saltaban a su paso creyendo un saludo alegre lo que era un desesperado salto buscando en la atmósfera el oxígeno que ya no encontraban en esa agua verde y opaca. De ese “coma” había que sacarla, era nuestro reto, ya en el siglo XXI, trescientos años después de haberla sometido y recreado.

 

El reto

Es hora de celebrar el título de Parque Natural. Hubo que esperar a un gobierno valenciano para ello. Treinta años con la copa en la vitrina, pero l’Albufera sigue en la UCI. Alguna noticia de una efímera transparencia o la aparición de algo de vegetación macrófita nos exalta. ¡Eureka! Como cuando ese enfermo de la UVI mueve un párpado. No está todo perdido, el tratamiento va por buen camino. ¿La veremos pronto en reanimación? ¿Y para cuando de alta?

 

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Cuando mi gran amigo Miguel Mondría y yo mismo redactamos las “Bases para la rehabilitación de l’Albufera” no pretendíamos grabar unas tablas de piedra para siempre con los mandamientos a seguir por todos los agentes involucrados. Era un principio y con ello nos conformábamos. Han pasado doce años y se han seguido algunas de sus principales propuestas, se ha concienciado la administración, llegó la directiva marco europea, pero ¡falta tanto por hacer!

 

Pescadores y agricultores tradicionales, cazadores, zonas urbanas e industrias al oeste e intereses turísticos al este, demandas de agua lejanas de los ríos, presupuestos para saneamiento limitados, necesidades crecientes de transporte, un pujante puerto vecino y la propia ciudad de Valencia la ahogan. Mientras, administraciones locales, autonómicas, nacionales, colectivos ciudadanos, ONGs y regantes, cada uno con su propia visión, tira de la cuerda en una dirección.

 

¿Qué dirección será la correcta? Depende adónde queramos ir y por dónde queremos llegar. Es hora de recapitular y poner de nuevo las preguntas sobre la mesa. Hace doce años consensuamos unas bases de partida. Se ha recorrido un camino, no estamos en el mismo sitio. Algunos síntomas apuntan a que puede haber optimismo.

 

En su 30 cumpleaños, ese Parque Natural, que fue artificial, nos convoca a los valencianos a discutir, confrontar ideas, valorar propuestas y sobre todo establecer las preguntas que ha de responder cada una de las instituciones involucradas en la toma de decisiones, ya sean aisladas o conjuntas. ¿Qué urbanismo es compatible con la sostenibilidad del parque? ¿Cómo hemos de adaptar las infraestructuras? ¿Qué calidad de las aguas que entran al lago hay que alcanzar? ¿Cuánta agua necesita y de dónde? ¿Cómo ayudar a recuperar la biodiversidad? ¿Qué prácticas agrícolas, pesqueras y cinegéticas son sostenibles? ¿Qué usos comprometen su futuro? Son muchas las incógnitas y mucho el trabajo por hacer.

 

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Simposio el Parc Natural de l'Albufera, ara

 

Una oportunidad única de expresarse como valenciano interesado en cuidar ese paraíso semiurbano que nos dieron nuestros antepasados, es participar en el Simposio PNA2016 de forma activa, creativa y responsable. Será en el Botánico muy pronto, el 25 y 26 de noviembre.

 

Mientras, alguna gineta temerosa, una garza real y un samaruc, y ¿por qué no nuestros hijos?, cruzarán los dedos para que seamos capaces de ponernos de acuerdo para ayudar a la naturaleza a recuperar las condiciones en que vivieron sus abuelos en ese entorno que ellos no han podido conocer. Todavía.

 

Enrique Cifres, Doctor Ingeniero, valenciano y comprometido con l’Albufera

 

Enrique Cifres

Doctor ingeniero, profesor de Ingeniería Hidráulica y Medio. Dirigió el proyecto Estudio para el desarrollo Sostenible de l’Albufera de Valencia
Aficionado a la música, filósofo ignorado y adivinador de futuro, aunque ¡no acierto ni una! Desde la ventana del cuarto en el que nací en mi casa veía todos los días el invernadero del botánico. Cuarto de España de Kárate en 1978, miembro de la Tuna de la UPV y casi-fundador del Grupo de Espeleología del Centre Excursionista de València