Poesia botánica en Diania

Panorámica desde la cima del Montgó Panorámica desde la cima del Montgó

La semana pasada os hablábamos de Joan Pellicer, de cómo amó la botánica y la supo transmitir, participando también de la conservación de nuestro patrimonio etnobotánico. Ahora os hacemos un repaso por su obra y su vida mediática, y las trabas con las que se encontró, y descubriréis por qué se ganó a todo aquel que le siguió.


Pellicer Guía. La primera trilogía: Diània

Afortunadamente, y a pesar de que Joan ya no puede acompañarnos físicamente, gran parte de su legado divulgativo podemos encontrarlo en la serie formada por la trilogía inicial formada por Meravelles de Diània, De la Mariola a la mar y Herbari Breu de la Safor. Así, los libros estaban dedicados a las tierras que poéticamente denominaba Diània, latitudinalmente limitada por la Marina Baixa y la Safor, y desde el mar hasta las comarcas del Alcoià y el Comtat. Unos espacios florísticos, paisajísticos, y también humanizados, de este pequeño trocito del planeta Tierra que nos ha tocado cuidar. Cruce de morfologías representativas del País Valenciano y de la Mediterránea y de un mar y de una cultura que canta a la vida cada día y que percibimos en el evocador poema que abre un de sus libros: “Oh, com estime la terra, les estacions, l’aire, totes les coses i tot allò que viu, com ho estime!”

 

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En Meravelles de Diània (2002) Pellicer se nos mostraba como un conocedor excepcional de ese tipo de rombo encabalgado sobre la vocación mediterránea del sistema bético, intrincada orografía a través de la cual nos orientaba por la ruta de los árboles gigantes, de las fuentes y de las ermitas, desde Mariola hasta las Agujas de la Serrella. O nos alentaba a atravesar las angosturas de la Penya Forata -de Aitana- i de casi homónima de la Foradada -de la Vall de Gallinera. Y a coronar la cumbre del Montgó, o conquistar la Nevera del Benicadell, fortalecidas el alma y el corazón por la promesa de paisajes irrepetibles.

 

Pero si es el fondo de los valles y los cursos de los ríos lo que más nos gusta, podemos seguir otra ruta, la que describía en De la Mariola a la mar (1997); y deleitados por su rumor acompañar al río Serpis desde el Alcoià y el Comtat hasta la Safor. Un río que ha sido la fuerza motriz de las fábricas del Molinar o del Barxell, a la vez que potente creador de fértiles limos por los bordes y la desembocadura. Río Blanco para el Islam, río de Alcoy o Serpis para los cristianos, pero en cualquier caso, y más allá del nombre, un río de medida humana, de bordes paseables, disfrutables, comibles. Un río ornado por los restos del bellísimo bosque fluvial o de ribera, de una alameda con paréntesis de adelfas y de cañas, de tamarindos y de arrayanes, de sargas, almeces y chopos, de juncos, eneas, y lirios amarillos. Y punteado y musicado por ranas y sapos, abejaruco y martines pescadores, oropéndola y ruiseñores. Pero también un río irregular, imprevisible, indómito, inconstante, como todos los mediterráneos. Y, ¡ay!, cloaca de la que nos dolemos todos aquellos que, como el maestro Espriu en el Ensayo de cántico al templo, “estimem amb un desesperat dolor aquesta nostra pobra, bruta, trista, dissortada pàtria”.

 

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Río Serpis


Más adelante, cuando el río se vuelve más plácido, Pellicer nos espera con el Herbario breve de la Safor (1991) para acompañarnos en un sereno paseo por los caminos de huertas y lomas, la red viaria y afectiva que configura la trama peripatètica de su comarca, como me comentaba en una de las primeras relaciones epistolares que tuvimos: “En cuanto a mi “Herbario breve de la Safor” se trata de un trabajo de pura divulgación sin más pretensión que mostrar un ramo de plantas nuestras, cincuenta y una concretamente, con la dignidad que se merecen valiéndome de mis anotaciones de campo, de las conversaciones, entrevistas y de los mejores libros y leyendas; [...]. Creo que puede ser una herramienta útil para iniciarse en nuestras plantas medicinales y una continuación del libro de mi estimado paisano Josep Mascarell y Gosp, “Muntanyisme i plantes medicinals”. Si consigue comunicar un solo un poco de interés por nuestras flores, me considero pagado”.

 

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Thymus piperella, la pimentera. Endemismo diánico


Una comarca y un pueblo, el suyo, recreado con idéntico aprecio en Bellreguard, verd esguard (1994). Un libro que, como otros, tuve ocasión de presentar en respuesta agradecida a la confianza que me mostraba, reflejada a palabras que me dirigía, y que reproduzco para mostrar las dificultades por las que pasaba a la hora de editar: “Cordial amigo Climent: Aquí estoy otra vez, Daniel, pidiéndote un nuevo pero ya casi viejo favor: que vengas, si puedes y quieres, en la Safor allá por el equinoccio del otoño, a presentar este pequeño y último trabajo mío sobre caminos, paisajes y villajes diánicos. Las condiciones en que me ha tocado trabajar han sido infernales debido a la frialdad y la carencia de fe de quienes los tocaría flamear de amor y cuidado por nuestra gente, nuestra tierra, nuestra cultura y nuestra lengua, pero, a la postre, el resultado se acerca al que me proponía: invitar con sencillez y sinceridad a nuestros buenos paisanos a conocer nuestra tierra y nuestra sierra, nuestro país, a ellos mismos”


Pellicer Botánico y etnobotánico. La segunda trilogía: el costumari

Años más tarde, el maestro nos volvió a hacer partícipes de su penetrante y lúcido estilo con un nuevo libro, Flora pintoresca del País Valencià (1999), obra de divulgación por la cual desfilan muchas de las más preciadas perlas de nuestro manto vegetal, desde los helechos antiguos y curanderos hasta las imaginativas y seductoras orquídeas, los preciosos endemismos y otras maravillas florísticas de nuestro País.

 

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Su mirada botánica, y sobre todo etnobotánica, logró un gran nivel con el Costumari Botènico (2000-2004), una trilogía estimulada por el éxito del primer volumen, ganador del primer premio “Bernat Capó” concedido por la antigua Bancaja. Visto en conjunto, el Costumari se nos revela como un compendio muy articulado de fragmentos que hablan de plantas y a la vez de gente, expresado con una sensibilidad por las raíces de la sabiduría popular digna de elogio. Una sensibilidad que tanto echamos a faltar en nuestro País, que de estar poblado por más Joans Pellicers y por gente que hubiera leído sus libros, probablemente estaría menos maltratado del que está, más amado de lo que lo es.

 

Desgraciadamente Pellicer ya no está entre nosotros y continuar escribiendo acontece un tipo de deuda cívica para mantener vivo su recuerdo. E incitar a leerlo a quienes todavía no lo han hecho. Sus libros no tan sólo nos enseñan a percibir la Naturaleza a través de la Cultura, sino que tienen un valor añadido: son un bálsamo para el espíritu. Porque llega un momento en qué a pesar de que las certidumbres se reducen, el corazón se ensancha y la memoria nos urge a la recuperación, a menudo a través de la lectura, de los paraísos que temíamos perdidos.

 

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Y utilizados como “gafas”, sus libros mejoran la visión que tenemos de las múltiples bellezas de las plantas; y las ornan con palabras cálidas que reflejan desde los afectos a los recelos más atávicos, tanto a través del contenido como de la forma. Contenido que nos hace conocer, y reconocer, nuestro patrimonio natural y cultural. Un patrimonio que tradicionalmente se había articulado en nuestro País tan espléndidamente como lo describe Joan al hablar de la huerta: “espacio de paz y de trabajo en el cual se hermanan el hombre y la tierra, la fuerza y la inteligencia, la vida humana y la silvestre ”. 



Pellicer era capaz de presentarnos sin aristas lo que tradicionalmente y académicamente había acontecido separado; y articulaba botánica, antropología, mitología, geografía y literatura en un todo armónico que nos hace acceder al conocimiento de la mano del aprecio por la tierra, por la lengua, por la gente. Los suyos son libros que hablan de plantas. Pero no son tan sólo libros de plantas. También hablan de paisajes. Paisajes naturales y a la vez humanizados en la medida que nuestros antepasados los crearon buscando simbiosis armónicas con el medio.


Y hablan de personas. De las personas que han asumido voluntariamente la tarea de recopilar, ordenar, grabar en la memoria todo aquello que nos ha posibilitado llegar a ser lo que somos. Gente, la nuestra, que había participado, con las manos, la mente y el corazón en la transformación del paisaje de una manera gradual y quizás por eso escasamente violentadora. Y que llegado el momento nos han ofrecido, gratuitamente, amablemente, el tesoro de sus conocimientos. Unos conocimientos que, ¡ay!, frecuentemente no se valoran en la medida en que no están escritos o que no forman parte de los currículums académicos ni de la “cultura” mercantilizada.

 

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Porque a menudo no somos conscientes del hecho que hemos vivido rodeados de personas que son depositarios de unos saberes articulados que sintetizan las investigaciones de quienes nos precedieron, los éxitos y los fracasos para conseguir equilibrios vitales entre ellos y con la madre Naturaleza. Depositarios por lo tanto de todo un rescoldo de conocimientos cubiertos por una fina capa de ceniza que esconde un fuego de antigua sabiduría. Potenciales autores de un conjunto de libros valiosísimos que desgraciadamente todavía no han sido escritos, y que sin poetas y científicos como Joan Pellicer nunca lo hubieran sido.


El Costumari también se caracteriza por un marcado afán por compartir el conocimiento y el aprecio por las plantas que había adquirido, entre otras maneras, conversando con aquellas personas. Y Joan lo compartía con todos nosotros mediante la divulgación etnobotánica presentando el conocimiento de los usos y pautas culturales relacionadas con las plantas: medicinales, culinarios, textiles, mágicos…; unos conocimientos que hunden las raíces en el más profundo de la historia de la humanidad. Una Etnobotánica en que, según nos decía, el prefijo etno- “hace referencia no solamente a la recuperación de la medicina popular y por lo tanto de la fitoterapia popular, sino a todos los usos de las plantas, desde los agrícolas, los relacionados con la construcción tradicional, los textiles, de artesanía... incluso los que entran dentro de la rondallística popular, las festividades religiosas tradicionales y la literatura actual o tradicional también ".


Etnobotánica, divulgación, y en catalán

Pero juntar etnobotánica y divulgación, y además en catalán y desde un compromiso firme de defensa del territorio, hacía muy difícil la tarea de Joan Pellicer. Los estamentos consolidados - políticos, universitarios, culturales… - difícilmente aceptan personas diletantes que con su ejemplo muestran la posibilidad de transversalidades que les resultan incómodas; y menos todavía, que no se dejan seducir por los cantos de sirena que prometen favores a cambio de silencios. Joan Pellicer, pero, persistía y mejoraba su buen quehacer; y esto a pesar de estar poco considerado por los botánicos que desprecian la etnobotánica, por los científicos que recelan de la divulgación, por los gestores culturales que tienen el valenciano como una molestia que tienen que aguantar, e incluso por los responsables económicos de los programas televisivos que, a pesar del éxito de audiencia, le pagaban cantidades irrisorias por no decir humillantes.

 

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Ahora bien, la defensa enconada de nuestra lengua, el cuidado exquisito con que la trataba y la mejoraba, el incremento de lectores que suponían sus libros, o sus aportaciones léxicas y estilísticas tampoco eran suficientes para otro grupo que teóricamente tendría que estar a favor de la difusión del patrimonio lingüístico. Me refiero a aquellos estamentos que intentan monopolizar el valenciano (o el catalán, tanto da) pero que sistemáticamente ignoran aquello que, hecho en catalán-valenciano, no es estrictamente “literatura”. Una múltiple conjunción que dificultaba – que dificulta -    enormemente no tan sólo la divulgación etnobotánica en valenciano, sino que a Joan Pellicer, sin más recursos económicos que los derivados de su afán, le hacía sufrir intensamente.


Aún así, Joan poseía un afán indomable, intenso, para divulgar la íntima relación entre los ámbitos cultural, lingüístico y natural: con la voz y las manos nos invitaba a participar en la fiesta de la etnobotánica, con independencia de títulos o de escalafones, y nos hacía ver cosas que sin su ayuda no habríamos visto nunca: esa flor bellísima de nombre encantador y propiedades entre mágicas y medicinales; o esa roca hecha de leyenda pétrea y a la vez sutil; o aquella pequeña ermita cargada de historia y de trabajo;...

 

Pellicer televisivo y conferenciante

Joan Pellicer cultivaba, con la pasión y el gusto de un jardinero, el noble arte de transmitir el conocimiento y el aprecio por las cosas. Una transmisión tan diversa como los escenarios donde actuaba, a menudo poblados de un conglomerado de edades, vivencias y profesiones diferentes, pero unidos por el interés de conocer aquello que decía “el hombre de las plantas; sí, el de Punt 2”. Porque era difícil encontrar a gente interesada por nuestra naturaleza que no conociera a ese prolífico conferenciante, guía televisivo y peripatético, médico, escritor, etnobotánico y, en el sentido más ancho y digno, maestro. Sí, maestro de múltiples conversaciones, paseos y cursos; cómo los que impartía en la Universidad de Verano, en Cocentaina, o a la Universidad Popular de Gandia.

 

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Además, literarias infusiones de plantas enriquecían la sección “Botènica estimada” de la revista “Mètode”, en la cual Joan colaboraba. Joan era un conferenciante incansable, conocedor como pocos de nuestro país y con una extraordinaria capacidad divulgadora fruto de la adecuada combinación de depurada erudición, aprecio por aquello que se explicaba, y uso preciso y poético de la propia lengua. En definitiva, un maestro caleidoscópico que a través de sus programas, libros y artículos te mostraba un mundo donde se sucedían, tan gustosa como inesperadamente, mil y una facetas de la naturaleza. 

Porque
era un artista que no tan sólo conseguía conjugar armónicamente el mundo de los sentimientos y el de la razón, el de la poesía y el de la ciencia, sino que transmitía empáticamente el deseo de establecer entre ellos una sinergia mutuamente enriquecedora. La forma de transmisión quizás más fecunda era la que Joan vehiculaba, a través de las conferencias y de la televisión, para llegar a otra gente que difícilmente leería sus libros y artículos pero que se veía reflejada en los paisajes, la palabra y los gestos de Joan Pellicer. Unos paisajes, gestos y palabras que multiplicaban su impacto en la medida que la relación que establecía Joan con las cámaras acontecía particularmente fácil, fructífera y mutuamente potenciadora. 

 

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Una relación que durante algunos años cuajó en productos televisivos de calidad, tanto en Gandia Televisión como en los ocho años que duró la relación con lo programa “Medi ambient” de Punt 2 y la posterior, y más corta, Remeis al rebost, con Oriana Brunori y Natxo Alapont. Dentro de Medi ambient Joan Pellicer se encargaba de la sección Les nostres plantes, donde llegó a describir televisivamente dos centenares de especies del catálogo florístico valenciano. Una sección el nombre de la cual representa para mí algo muy especial en la medida que, con ese nombre, Joan rendía homenaje ―como me dijo en muchas ocasiones― a mi primer libro, “Les nostres plantes” .


Gracias a los trabajos de Joan Pellicer y Bataller, tanto los bibliográficos como los televisivos, el etnobotánico ha llegado al gran público como una muy trabada, fragante, armoniosa y dichosa síntesis de los diferentes tipos de riqueza que una sociedad puede sentirse orgullosa de poseer: la material, la cultural y la natural. Y creo que cuando Joan escribía, o cuando hablaba a la cámara o a la gente, las marcas que los hechos habían impreso en su memoria se transformaban en signos de juventud mientras formaba oraciones de una poesía inteligente que escondía un rescoldo capaz de hacer brotar el fuego del aprecio por el propio País, y a la vez estimular los sentidos para saborear mejor el mundo que nos rodea.


Pellicer, prosa y poesía

Y cuando llegue la hora en qué casi nadie reconozca nuestras huellas, quizás alguien encontrará en sus páginas una idea de la naturaleza, tangible y a la vez poética de este mundo. Porque también hay que aproximarse poéticamente a la Naturaleza. Y Joan hacía poesía cuando escribía. A la hora de ofrecernos lo que había recogido y aprendido, Pellicer se nos revelaba como un orfebre del lenguaje: aún incluso manteniéndose fiel a las expresiones, giros idiomáticos y términos empleados por los entrevistados, lo acompañaba de un léxico y una sintaxis remirados, mimados, y pulcros, que conectaban imperceptiblemente el rigor académico y el saber popular.

 

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Y poesía, también, capaz de educar los ojos para que puedan registrar todos los matices cromáticos de la puesta del sol; un oído afinado para analizar los rumores de las hojas al ser agitadas por el viento de levante; un olfato capaz de percibir los aromas de las flores que, encapsulados por la noche, se liberan por la mañana frescos y húmedos; un gusto continuamente enriquecido por las depuradas combinaciones de los productos que acordamos con la Naturaleza; una piel capaz de erizarse al notar la proximidad de esa lluvia que tanto deseamos que nos acaricie.

 

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Todo lo demás es ruido. Y no tendríamos que consentir que el ruido nos ensordezca ni que nos haga ignorar la memoria viva colectiva con la cual Joan trataba de extender un puente de papel entre nosotros y la Naturaleza, entre el presente y el futuro, porque en un mañana lejano alguien de nuestros descendientes pueda saber que existió un hoy del cual él es en gran parte el fruto. Porque sólo de un pasado que es presente y futuro a la vez y en nosotros, vale la pena llevar recuento: una primavera paseada entre los bancales en flor, la cálida sensación de la amistad, el placer de leer un buen libro, la compañía de una buena música, un crepúsculo al lado de la mar, un beso por el cual nos sentiríamos capaces de subir a la cumbre del Puig Campana, el olor perdurable de un momento feliz y, en definitiva, cuanta belleza nos fue transmitida por quienes nos precedieron para evitar que nos sintiéramos solos o que acabábamos de empezar. O, sencillamente, para sacar lo mejor de nosotros mismo.


Segundo extracto del artículo publicado, en primera versión, el verano de 2009 en la revista Sarrià de la Asociación de estudios de la Marina Baixa.

Daniel Climent Giner

Professor de Ciències de la Natura. Investigador i divulgador etnobotànic. Autor d'articles a Mètode i llibres d'etnobotànica. Conferenciant sobre temes de divulgació científica, etnobotànica i antropologia cultural.

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