George Bentham, un joven inglés se convierte en botánico (Pirineos, 1825)

George Bentham, un joven inglés se convierte en botánico (Pirineos, 1825) Ladera norte de la sierra del Cadí. / © Arxiu del Parc Natural del Cadí-Moixeró

El nombre de George Bentham nos puede remitir a los orígenes del herbario de Kew, al cual cedió casi 100.000 ejemplares, o al sistema Bentham y Hooker, patrón de ordenación en el s. XX de muchos de los herbarios más importantes. En este artículo, sin embargo, Joan Pedrol, que inicia la serie de artículos Viajes (de) botánicos, nos lleva hasta la expedición de Bentham por los Pirineos, en 1825, un viaje que convertiría a este joven inglés en un auténtico y riguroso botánico.

A comienzos del siglo XIX el conocimiento botánico de los Pirineos ya tenía un nivel considerable. Las exploraciones de Antoine Gouan (1733-1821), el abad Pourret (1754-1818) y A.P. de Candolle (1778-1841), además de los trabajos del barón de Lapeyrouse (1744-1818) y su red de colaboradores, permitían formarse una buena idea de la flora pirenaica. Además, el catálogo de Lapeyrouse, el Histoire abrégée... de 1813, a pesar de los numerosos errores, ya había sido corregido en el último volumen de la tercera edición de la Flore Française por De Candolle. Pero al mismo tiempo, los Pirineos eran unas montañas bastante extensas como para poder hacer nuevos descubrimientos. Así, no es extraño que los pasos de un joven inglés, residente en Montpellier, y que hacía pocos años que se interesaba por la botánica, se  encaminaran.

George Bentham (1800-1884) es uno de los botánicos más importantes del siglo XIX y su influencia llega casi hasta finales del XX. Era de familia acomodada –el padre era militar e ingeniero naval y el tío, Jeremy Bentham, el famoso filósofo y jurista–, educado en casa por sus padres, en buena parte autodidacta, con intereses intelectuales muy amplios –matemáticas, teología, filosofía, lógica...– y extraordinariamente dotado para los idiomas –se dice que a los siete años ya hablaba cuatro lenguas. La madre, Mary Sophia Bentham, tenía entre sus múltiples intereses la botánica, que parece ser inculcó al hijo. Con 20 años, cuando la familia reside en Montpellier, George descubre las claves dicotómicas de la Flore Française de J.B. de Lamarck y A.P. de Candolle y la atracción por la botánica ya no lo abandonó nunca. Al principio parece que su interés por las plantas era puramente "mecánico", a fin de comprobar el funcionamiento de las claves, pero pronto su objetivo cambia a encontrar el ajuste de los diferentes grupos de plantas en un orden natural en el que creía que estaban ordenadas; sin embargo, hacia el final de su vida parece que aceptó la teoría darwinista de la evolución, aunque no se refleja en sus escritos.

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A la izquierda, retrato de G. Bentham de joven. / Kew Gardens. A la derecha, portada de Catalogue des plantes indigènes des Pyrénées et du Bas Languedoc. / Biblioteca Digital RJB.

 

En 1823 se  va a Londres, establece contacto con los círculos botánicos de la capital y prepara una expedición a los Pirineos para 1824, que finalmente se tendrá que aplazar para verano de 1825. Aquel año, en compañía del escocés George Arnott Walker-Arnott (1799-1868) –con quien ya había herborizado en 1823 por los alrededores de Montpellier– y de los franceses Esprit Requien (1788-1851) de Aviñón y Urbain Audibert (1791-1846) de Tarascon –que  participaron las primeras seis semanas– recorren durante tres meses los Pirineos orientales y centrales. Salen de Montpellier el 17 de mayo y pasan por Narbona, Perpiñán, la costa del Rosselló entre Colliure y Banyuls, y llegan hasta Barcelona, donde están cuatro días y herborizan en Montjuic y en Sarriá –y, con gran pena, por no poder ir a Montserrat. Vuelven a Perpiñán y continúan por Arles y Prats de Molló y, a través del Canigó, llegan hasta Prades, donde se quedan cuatro días. Desde aquí los franceses regresan a casa. Ya solos, Bentham y Walker-Arnott continúan hasta Montlluís, donde establecen la base logística en la Cabanassa. Suben por el valle de Eina hasta el collado de Núria, bajan al santuario y vuelven a Montlluís. Continúan hacia la aduana de Bourg-Madame y llegan a la Seu, donde se quedan cuatro días y ascienden al Cadí. Después suben hacia Andorra y pernoctan en Sant Julià y en Andorra la Vella, desde donde ascienden al Port Negre y vuelven a la capital. Continúan hacia Soldeu y salen de Andorra por el puerto de Pimorent y vuelven por el valle de Querol a Bourg-Madame y Montlluís. Desde aquí siguen el valle del Aude, suben el puerto de Palheràs y continúan por Ax, Foix y Saint-Girons. Atraviesan las montañas de la Crabère hasta Melles, y continúan por Saint-Béat hasta Banhères, desde donde se acercan hasta los valles de Benasque –bajan hasta el pueblo– y de Esquierry. Desde ahí se dirigen hacia Bagnères de Bigorre, Tolosa y regresan a Montpellier el 19 de agosto.

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Serra del Cadí. / © Arxiu del Parc Natural del Cadí-Moixeró.

 

Uno de los motivos confesos de la redacción del viaje es que sirva para futuras expediciones botánicas por los Pirineos. De hecho, en las páginas finales da toda una serie de consejos logísticos –aprovisionamientos de víveres y papel, guías, alojamientos, dinero... – y recomienda variaciones sobre el itinerario que ellos habían hecho. Aún así, la lectura es amena y llena de descripciones variadas, detalles y anécdotas de los territorios por donde pasan. Relata las visitas a los principales botánicos de los lugares por donde van: el doctor Joan Francesc Bahí (1775-1841) en Barcelona, y los botánicos franceses todavía vivos que habían ayudado Lapeyrouse: B. Xatart (1774-1846) de Prats de Molló, J. Coder (1778-1841) de Prada y Marchand hijo, de Saint-Béat. Las peripecias también abundan: carencia de abastecimiento de víveres o de alojamiento, guías poco preparados, caminos malogrados o directamente inexistentes, la experiencia de dormir una noche en Soldeu o el singular encuentro con el sacerdote de Queralbs en el valle de Núria, de lectura muy recomendada. También es interesante la visión que da de Barcelona, la Seu o el valle de Andorra –y en este caso también las disquisiciones que hace sobre la idiosincrasia de los andorranos–, los controles aduaneros o algunas noticias sobre la reciente Guerra de la Regencia de Urgell. La visión del territorio que rezuma es la de un país seguro para los viajeros –en la Seu hay todavía un destacamento francés, probablemente una de las últimas guarniciones de los Cien Mil Hijos de San Luís– pero con grandes diferencias entre el norte y el sur en cuanto a desarrollo e infraestructuras.

En el viaje de los Pirineos recolectaron 32.000 muestras de unas 1.200 especies. El catálogo, la primera obra botánica del autor –con los musgos determinados por Walker-Arnott–, se publicó el octubre del año siguiente, y ya  aparece el que sería uno de sus rasgos diferenciales como autor: no dar nada por bueno que no se haya comprobado previamente, citando siempre las fuentes y las localidades de origen de las plantas. De hecho, otro de los objetivos del viaje era confirmar la purga que A.P. de Candolle había hecho de la obra de Lapeyrouse; por eso, las facilidades que le dan Xatart, Coder y Marchand para estudiar sus herbarios o las indicaciones para ir hasta las localidades clásicas son importantes y muy agradecidas. Hay que remarcar la primordial colaboración del hijo de Lapeyrouse, Isidore, que le da pleno acceso al herbario de su padre para estudiarlo.

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Arundo altissima [actualmente se considera sinónimo de Phragmites australis subsp. chrysantha], que Bentham describió del litoral del Rosselló. / J. Pedrol.

 

En cuanto a los Pirineos, esta obra de juventud representa el primer intento de un catálogo exhaustivo de un trozo de la cordillera. La rigurosidad –nunca aceptó una cita ajena que no hubiera comprobado personalmente en campo o en herbario– y el gran prestigio que adquirió el autor con el tiempo, hizo que muchos de los botánicos que se  acercaron más tarde siguieran muy fielmente sus recomendaciones. En parte por eso, muchos valles pirenaicos muy interesantes quedaron inexplorados botánicamente durante mucho  tiempo.

Más tarde, en 1833, George Bentham heredó el patrimonio del padre y del tío y esto le permitió dedicarse casi a tiempo completo a la botánica. El año 1853 cedió los cerca de 100.000 ejemplares de su herbario a los Royal Botanic Gardens de Kew donde, junto con el herbario de William Jackson Hooker (1785-1865), forman la base del herbario de Kew, hoy en día uno de los más grandes del mundo, con más de 7 millones de pliegos. Aquel año se integró también en el equipo de Kew y empezó a trabajar cinco días en la semana, hasta su muerte. Aunque antes ya había publicado monografías importantes sobre varias familias, muchas de ellas como parte del Prodromus... de los De Candolle, ahora terminará obras capitales: la primera flora de una parte de China –Flora Hongkongensis (1861)–, la primera flora de un continente –Flora Australiensis (1863-1878), más de 8.000 especies en 7 volúmenes– y, sobre todo, Genera Plantarum (1862-1883), en colaboración con Joseph Dalton Hooker (1817-1911), donde agrupa más de 97.000 especies en unos 7.500 géneros y 200 familias y que representa el gran sistema de clasificación natural de las plantas con semillas, la culminación de los trabajos de Jussieu y A.P. de Candolle. El llamado sistema de Bentham y Hooker ha sido el patrón de ordenación de muchos de los herbarios más importantes del mundo a lo largo del siglo XX. Y por lo menos 4 géneros de plantas, aceptados actualmente, corresponden a epónimos creados en su honor.

En el herbario de Kew se  conserva todavía el ejemplar que  cosecharon de Orchis globosa L. [actualmente Traunsteinera globosa (L.) Rchb.]. La especie no se ha vuelto a encotnrar desde entonces y representa el único testigo de la presencia de esta orquídea en los Pirineos. Yo, personalmente, si hacia mediados de julio estoy cerca del puerto de Palheràs, procuro acercarme  y dar una vuelta. La esperanza de reencontrarla, a pesar de todo, ¡todavía existe!

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Pliego original de Traunsteinera globosa recolectada por G. Bentham, conservado en el herbario de Kew. / Flora Iberica. A la derecha, Traunsteinera globosa en estado silvestre. / Thomas Mathis (Wikimedia Commons).

A pesar de que Bentham ya no publicó ninguna obra más específicamente pirenaica, sí que volvió a los Pirineos y estuvo en la parte de los Pirineos centrales donde no había llegado en 1825. Hay constancia de qué visitó el valle de Aussau en 1838, de donde describió Lithospermum gastonii, dedicado al pastor-botánico Pierrine Gaston-Sacaze (1797-1893), probablemente el primer guía botánico de los Pirineos y de quién Bentham, en el protólogo de dicha planta,  dice: “[...] ubi detexit et cum cl. Benth. legit ingeniosus et indefessus pastor nomine Petr. Gaston.”.

George A. Walker-Arnott, por su parte, también publicó, en inglés, su relato de una parte del viaje, aunque, desgraciadamente, tan solo llega hasta la salida de Andorra. Apareció en la revista The Edinburgh New Philosophical Journal, por partes, entre los años 1826 y 1829. El relato es más botánico, con numerosas disquisiciones sobre taxonomía, y se ocupa menos de los detalles. ¡Pero este ya es otro viaje (de) botánico!

 

George Bentham. Notice sur un voyage botanique fait dans les Pyrénées pendant l’été de 1825. p. 16-55. In: G. Bentham (1826). Catalogue des plantes indigènes des Pyrénées et du Bas Languedoc. Paris, chez Madame Huzard Imprimateur. 165 p. [Disponible en Biblioteca digital del RJB y en Gallica]

Primera edición del texto por Edith Castells.

 

Joan Pedrol

Botánico. Profesor titular de la Universidad de Lleida

Interesado en sistemática, taxonomía y corología de plantas vasculares, pero también en (re)descubrir los caminos, vivencias y paisajes que amantes de la botánica han pisado antes.

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