¿Una ciudad alumbrada por algas?

Bio Intelligent Quotient, BIQ, es un claro ejemplo de arquitectura sostenible. Ubicado en Hamburgo, este edificio utiliza algas que dan luz, calor y además permiten ahorrar energía. ¿Una excentricidad? En realidad se trata de una apuesta por utilizar los recursos de forma más inteligente.

A lo largo de la historia el hombre ha ido incrementando su dependencia energética. Iluminación, calefacción, refrigeración, cocción de alimentos, transporte, comunicación. Sólo cuando sufrimos un corte de luz o cuando estamos perdidos en medio de la nada somos conscientes de que, en nuestro día a día, incluso las acciones más pequeñas están ligadas a la energía. Ante esta dependencia también surge una necesidad imperante de buscar fuentes alternativas, sostenibles, que no se agoten y que no produzcan efectos nocivos en el medio ambiente. Muchas veces la respuesta a nuestras búsquedas están en la propia naturaleza. Sólo hay que saber girar el prisma para ver la solución de una forma efectiva.


Como ya sabemos, hay veces que la naturaleza brilla con luz propia. Y no por su magnitud, sabiduría o perfecto engranaje. Brilla porque algunas bacterias, hongos, gusanos, moluscos, crustáceos, insectos o peces generan luz propia. Esta capacidad de emitir luz que tienen algunos seres vivos se denomina bioluminiscencia y viene determinada por la quimioluminiscencia (cuando la luz se produce como reacción de dos sustancias químicas), la fosforescencia (cuando el organismo es capaz de absorber energía y almacenarla para emitirla posteriormente en forma de radiación ) y la fluorescencia (cuando ese organismo es capaz absorber energía en forma de radiaciones electromagnéticas y después emitir parte de esta energía en forma de radiación en una longitud de onda diferente). A este último caso nos referimos cuando hablamos de plantas que son capaces de producir energía y luz, entre ellas, las algas. Y concretamente, la Synechocystis PCC 6803, un alga capaz de recargarse con la luz.

 

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En noviembre de 2012, un grupo de estudiantes creó la lámpara biológica Luxila, que funcionaba utilizando como base estas algas. La lámpara se recargaba con la propia fotosíntesis natural de la planta, es decir, por el día las algas recibían la luz solar y producían el sustrato suficiente para que la lámpara brillara la noche siguiente. La gran ventaja de este proyecto es que únicamente requiere de luz solar para alimentarse. Por otra parte el problema de este prototipo es que la emisión de luz está relacionada intrínsecamente con los ciclos circadianos del alga, es decir, que la bioluminiscencia se produce sólo después del ocaso y la lámpara se enciende sola, de forma automática.

 

Energía verde del futuro

Esta lámpara es un ejemplo de cómo usar las algas para crear luz en tu hogar. Pero, ¿qué pasa si estas algas se utilizan para alumbrar una ciudad entera? ¿Podríamos alumbrar edificios o calles únicamente con algas? ¿Y si además de ahorrar energía estuviéramos ayudando a salvar el medio ambiente? Esta es la propuesta que desde hace unos años defiende el bioquímico francés Pierre Calleja, quien está convencido de que las algas marinas son la energía verde del futuro.

 

Pierre Calleja es el fundador de Fermentalg, una compañía de biotecnología industrial especializada en la producción de compuestos químicos a partir de microalgas y que actualmente centra parte de su trabajo en conseguir ciudades con neutralidad de carbono. El año pasado Calleja introdujo un revolucionario sistema de iluminación para estacionamientos, calles y otros paisajes urbanos. A simple vista, lo que se ven son grandes lámparas de agua de color verde ubicadas en medio de las calles. Pocos sabían, al principio, que con estas lámparas no sólo se conseguía iluminación sino que también se estaba limpiando el medio ambiente.

 

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En estos grandes tubos de color verde pálido diseñados por la empresa de Calleja se arremolinan algas. Estos organismos habitan el planeta desde hace más de cuatro mil millones de años y usarlos como fuente de energía, lejos de ser una locura, parece una decisión de lo más lógica. Las algas absorben la luz a largo del día y durante el proceso de la fotosíntesis se carga una batería autónoma que emite energía por las noches. Pero eso no es todo. La principal ventaja de usar estos organismos es que producen oxígeno y además atrapan el CO2, lo que podría servir para limpiar el aire y combatir el calentamiento global. Según los estudios realizados la capacidad de estas algas para depurar CO2 es muy elevada, entre 150 y 200 veces mayor que la de un árbol. Estas algas son capaces de absorber hasta una tonelada de CO2 al año, es decir, que atrapan en un año la misma cantidad de dióxido de carbono que un árbol a lo largo de toda su vida.

 

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El bioquímico francés sostiene además que estas lámparas son versátiles y que pueden usarse en estacionamientos subterráneos y parques, asegurando que ésta es, sin duda, gran revolución energética del futuro: “Tendremos estas microalgas en todos lados, en bioplásticos, en los teléfonos móviles, en cosméticos para la piel, como medicinas o como un combustible”.

 

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BIQ, el primer edificio iluminado con algas

El caso de Calleja no es único. Científicos de Stanford han desarrollado un nanoelectrodo de oro especialmente diseñado para sondear el interior de las células de las algas. Los nanoelectrodos se empujan suavemente a través de las membranas de las células y, después, se recogen los electrones que habían sido activados por la luz de las algas. Los investigadores fueron capaces de generar una pequeña corriente eléctrica. ¿Estamos hablando del principio de una nueva fuente de energía? Lo cierto es que las teorías sobre las algas que dan luz ya se han llevado a la práctica y el mejor ejemplo es Bio Intelligent Quotient, un edificio inaugurado el pasado mes de marzo en Alemania.

 

El BIQ es un edificio proyectado y construido por el Estudio SC Strategic Science Consultants and Splitterwerk Architects. Las comenzaron en el año 2011 y dos años después ya es una realidad. Tiene 15 apartamentos y una fachada de lo más curiosa: el edificio está cubierto por paneles de color verde. Estos paneles son, en realidad, grandes peceras donde viven las algas procedentes del cercano río Elba que suministran parte de la energía del edificio. Mediante un sistema inteligente de control y distribución, se inyectan nutrientes y dióxido de carbono a las algas para activar su funcionamiento. Este mismo sistema hace que cuando la proporción de algas es demasiado grande se retiren las que sobran. Por supuesto, estas algas no se tiran, se transfieren a otro tanque para procesarlas y transformarlas en biomasa. Así, durante el caluroso verano las peceras sirven con aislante contra el calor y, durante el invierno, los excedentes de las mismas acumulados durante todo el año se usan para generar biomasa con la que alimentar el sistema de calefacción del edificio.

 

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Desde el punto de vista energético este edificio es muy eficiente. Las algas son capaces de autoabastecerse aunque requieran un control mínimo y se comportan como placas solares acumuladoras de energía. Desde un punto de vista urbano, el atractivo también es considerable. Para evitar que las algas mueran por sobreexposición a la luz el agua se bombea constantemente con fuerza, logrando que cada microalga se exponga de forma mínima al sol. Por eso, al contemplar el edificio lo que se ve es una gran corriente de agua y algas que ofrece un espectáculo cambiante y llamativo. Tan llamativo que este gran proyecto se convirtió en uno de los grandes atractivos de la Exposición Internacional de Edificaciones de Hamburgo celebrada el pasado mes de marzo. Otro tema aparte es su rentabilidad. El BIQ ha costado cinco millones de euros, una cifra nada despreciable. Sin embargo, sus diseñadores sostienen que las ventajas y el ahorro es muy amplio y que, de hecho, cuanto mayor sea la fachada, mayor será el beneficio en relación con la inversión. De momento, hablamos de un prototipo. Eso sí, un prototipo llevado a cabo con éxito.

 

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